Cinefórum CDXXIV: «Las guerreras k-pop»
En Mansfield 66/67 nos asomamos al borde de lo maldito: la actriz que pudo hacer sombra a Marilyn coqueteaba con Anton LaVey y lo demoníaco para impulsar su carrera, pero moría decapitada en un terrible accidente. Su sacrificio se convirtió en testigo de una feminidad triturada por el espectáculo y sus fábulas más tóxicas. Esta semana cambiamos el altar del Hollywood clásico por el fandom del siglo XXI: en Las guerreras k-pop los demonios siguen ahí, convertidos en metáfora de todo lo que las estrellas se dejan en el camino para sostener una imagen pública sin que la persona privada se deshaga. El bien y el mal, yin y yang, pero en clave pop coreografiado: el monstruo emerge desde Oriente y eso, lejos de obstaculizar su éxito global, lo acelera.
Detrás de las luces de neón se esconde una historia curiosa de la industria del cine. La película, dirigida por Chris Appelhans y Maggie Kang, es una creación original de Sony Pictures Animation, pero terminó siendo distribuida por Netflix. El acuerdo se firmó con la producción todavía en marcha, y eso dejó a Sony sin las ganancias del bombazo mundial provocado por la reina de las plataformas. ¿Habría alcanzado K-Pop Demon Hunters el mismo éxito sin Netflix? Seguramente no, pero lo cierto es que tras gastarse casi 100 millones en la producción, Sony acabó malvendiendo el título y todos sus derechos asociados a uno de sus competidores. Para Netflix, la película es el estreno más visto del año; para millones de espectadores de todo el mundo, es mucho más: música, merchandising y hasta reestrenos y despieces con subtítulos especiales para que el público pueda cantar los grandes hits de la película (sing-along). La historia de las reinas ficticias del K-pop (a las que, por cierto, ponen voz cantantes que no pudieron llegar a serlo en el mundo 1.0) ha sido uno de los grandes terremotos de la animación y de la industria cinematográfica del año.
El punto de partida de la cinta no podría ser más sencillo ni estar más testado: un girl group con nombre propio diseñado en un laboratorio (HUNTR/X) está formado por tres cazadoras de demonios que por el día llenan escenarios y de noche mantienen a raya a las fuerzas del mal. Los demonios, hartos de que el hype por las chicas colme las almas de sus potenciales víctimas (esto es interesante) deciden contraatacar: fundan entonces los Saja Boys, un boy group que plantea un desafío a las protagonistas tanto en las listas del Billboard como en los duelos a primera sangre. Si aliñamos el conjunto con un gato-tigre-espectral que funciona (a las mil maravillas) como alivio cómico y gag recurrente, ya tenemos lista la receta para el éxito. Tanto, que en realidad no hace falta salirse del guion establecido: hace tiempo que en el cine juvenil comercial (y especialmente en las películas de animación) son los arquetipos de los personajes los que desafían lo establecido y pretenden suponer una novedad. El desarrollo de la trama que se plantea a su alrededor podría predecirlo hasta el más joven de sus espectadores.
Como decíamos, no es un plato sin tradición previa. Este es el reciclaje, más o menos consciente, de formatos con los que probablemente se educaron culturalmente guionistas y productores como los de esta película: Sailor Moon (sororidad, magia, transformación, uniforme) y Buffy, cazavampiros (la doble vida, la popularidad y el monstruo como metáfora), aterrizan aquí en el siglo XXI y se globalizan (todavía más) para el mundo. La película habla de redes, contratos legales, salud mental, vínculos entre chicas (y entre chicas y chicos)… y lo hace sin sermonear al espectador, que así se siente libre para tararear el enésimo estribillo. Es la fusión de la animación japonesa y el pop coreano conquistando el mundo gracias al mensaje (y la red de distribución) norteamericanos. Puro siglo XXI desde el sofá de casa.

Porque está, por supuesto, la dimensión del fenómeno. No es solo que Netflix coronase la película como el producto del año, sino que su banda sonora comenzó a escalar en las listas hasta que los grupos ficticios de la película llegaron a dominar los grandes éxitos además del streaming. HUNTR/X y Saja Boys suman decenas de millones de oyentes mensuales en sus perfiles de Spotify, Apple Music y Amazon Music e incluso (al menos en EEUU) sus escuchas llegaron a superar los mayores picos históricos de los pesos pesados del K-pop. El marketing transmedia parece haber alcanzado su quintaesencia con esta película: las canciones funcionan por sí solas, los vídeos cortos corren como la pólvora a través de las aplicaciones, los personajes secundarios han conquistado el merchandising y la difusión del fandom retroalimenta los números verdes. Mientras tanto EEUU recoge beneficios, pero es inevitable pensar en el desplazamiento progresivo del centro cultural hacia otros lugares del mundo. K-Pop Demon Hunters es un producto, pero también es síntoma: es el éxito colosal de una vieja fábula de chicas y demonios. Pero entre las luces, las espadas y el precio del éxito, esta película nos dice también algo reconocible sobre el mundo actual.
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