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Cinefórum CDXXV: «Asesinato en el Orient Express»

 

Qué alegría da volver a ver clásicos que se encontraban difuminados en la memoria y disfrutarlos como la primera vez. Aunque, siendo honestos hablo por mí… pero supongo que le pasa a mucha gente: hay algunas películas que viéndolas en la infancia su recuerdo está tan desvanecido y diluido que verlas de nuevo es volver a descubrirlas en su esplendor. Ni que decir tiene que uno ha cambiado tanto en estos años que no es ya interesante solo ver la película, sino apreciar la propia metamorfosis ante una misma obra de arte. Pero vamos al tema: la película que nos ocupa no es otra que el clasicazo Asesinato en el Orient Express, en la versión de 1974 dirigida por Sidney Lumet.

Dignísima adaptación de la novela homónima de Agatha Christie, la historia nos sitúa en un lujoso  ferrocarril en el que un adinerado hombre de negocios es asesinado misteriosamente. Mientras que el tren se atasca en mitad de las montañas balcánicas por una gran tormenta de nieve, los pasajeros se verán sometidos a la investigación del personaje por antonomasia de la dama del misterio: Hercule Poirot, interpretado magistralmente, aunque en ocasiones excesivo, por Albert Finney.

Ante Poirot, cuya bigotuda palidez resulta exagerada, desfila un caleidoscópico elenco de pintorescos personajes sin relación aparente entre ellos. En el casting figuran iconos como Lauren Bacall, un joven Sean Connery o una veterana Ingrid Bergman que sería oscarizada por su papel como mejor actriz de reparto.

EMI Films, G.W. Films Limited. Distribuidora: Paramount Pictures.

El carácter cerrado y casi claustrofóbico de la situación, tanto del tren en la tormenta como de los propios personajes aislados en minúsculos compartimentos y vagones, favorece una tensión in crescendo y una teatralización en la que los actores veteranos brillan con la luz propia de películas pretéritas. De hecho, en cierta manera Asesinato en el Orient Express es una de esas películas atemporal (e intertemporal, si se me permite la expresión), quizá de ahí la frescura con la que todavía ahora, ya a punto de entrar en el segundo cuarto del siglo XXI (Ay Dios…), podemos disfrutarla.

Para los afortunados que lleguen a este clásico sin tener ni idea de su desenlace, verán atónitos cómo todo los engranajes se mueven con rigor y exactitud de relojero dando las campanadas en el momento oportuno. Lo mismo ocurrirá para aquellos que, como yo, teníamos el relato demasiado hundido y emborronado en el pozo de la memoria. Algo bueno tiene la amnesia…

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