Quizás este sea el camino más sencillo, o más tramposo, con el que nunca se han encadenado dos películas en este cineforum, asociando un Oriente Express con otro. Posiblemente para el placer de visiones sería mejor seguir con la siguiente película protagonizada por el célebre detective belga, la Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 1978, John Guillermin) en la que Peter Ustinov tomaba el relevo de Albert Finney en el papel del detective, o incluso la adaptación de 2010 como parte, o anexo, de la serie televisiva protagonizada por David Suchet (para muchos el verdadero Poirot canónico audiovisual); pero por aportar algo de riesgo a nuestro salto he pensado mejor en hacer uno más amplio, hasta 2017, y revisitar la versión que ese año dirigió y protagonizó Kenneth Branagh.
Como director, este ha demostrado una alternancia entre proyectos que parecen más personales y que le mantienen como un cineasta de cierto prestigio (recordemos la serie de premios y nominaciones recibidas por su Belfast de 2022) y su participación en películas enmarcadas en alguna de esas grandes marcas que caracterizan el cine contemporáneo (Thor, Cenicienta), más alejadas de su personalidad y que resuelve con mayor o menor fortuna, artística y comercial. En el caso de Asesinato en el Orient Express resulta más fácil situarlo entre las segundas que entre las primeras, aunque su identidad fuertemente británica y su conexión literaria quizás la coloquen como un híbrido entre ambas.
En principio su estilo, a menudo teatral, parece perfecto para un whodunit en un espacio cerrado como el tren, en el que Lumet (también formado en el teatro) había demostrado las posibilidades de una dirección centrada en los actores y en composiciones complejas, con multitud de personajes en escena. Pero en la cinta, tal y como la encontramos, estas fortalezas brillan más raramente de lo que desearíamos y demasiado a menudo se ve superada por la exageración melodramática y la necesidad de acción, movimiento y explicaciones redundantes. Aún así algunas escenas funcionan por sí mismas (entre otras el interrogatorio a Masterman, Derek Jacobi, o la escena de la revelación y confrontación final planteada casi como un cuadro viviente de la última cena), pero quedan perdidas en un producto general disperso, narrativamente apresurado y confuso.
En cuanto a la historia, con un guion escrito por el irregular Michael Green (bregado en la televisión y con créditos en cine que incluyen películas de superhéroes como el fracaso sonado de Linterna Verde y la reconocida Logan), se hace necesario actualizar algunos elementos, enfrentándose sobre todo a un gran problema: el final que constituye la identidad característica de este caso. El giro de tuerca, la vuelta sorprendente, que nos pilló por sorpresa al ver la película de Sidney Lumet o al leer el libro, quizás resulte demasiado conocido, demasiado imitado y reutilizado para resultar tan impactante. Por ello parece que se hace necesario añadir algunos nuevos componentes al relato, algunas nuevas tramas, o giros sobre las antiguas, que puedan seguir sorprendiendo al espectador que ya sabe el final. Un cambio importante respecto a la obra de Christie es, curiosamente, un enfoque mayor en Poirot, y especialmente el conflicto interno del protagonista; siguiendo las escuelas de guion, lo hace remarcando un arco de personaje del que carece el libro e incluso añadiendo un pasado trágico (del que nos darán más detalles, igualmente innecesarios, en la segunda cinta).
Lo mismo se puede decir del lenguaje visual. Los gustos han cambiado mucho en los años transcurridos entre ambas versiones, y el uso deliberado de la planos fijos y secuencias largas de Lumet podrían resultar aburridos en nuestra época hipercinética. Por ello, una y otra vez, esta versión se esfuerza en buscar excusas no solo para el corte y el montaje acelerado, si no también para sacar a los personajes de los confines del tren (aunque sea mediante el uso de paisajes generados por ordenador), e incluso para ofrecer algunas escenas de acción verdaderamente superfluas.
El diseño de producción es, por otra parte, un punto fuerte del film, con un diseño de vestuario y, sobre todo, de escenario en la recreación de la locomotora y los vagones del tren realmente magníficos. Todo ello acentuado por una cinematografía de colores vívidos y gran definición de imagen, gracias al trabajo del director de fotografía Haris Zambarloukos (habitual del cine de Branagh) y el uso de película de 65mm (con la que el director norirlandés no había trabajado desde el Hamlet de 1992).
En cuanto al amplio reparto, cabe mencionar que Derek Jacobi o Judi Dench ceden parte de su prestigio shakespeariano; Johnny Depp, Willem Dafoe o Michelle Peiffer claramente aportan a la veteranía en Hollywood; Olivia Colman, justo en la transición entre su reconocimiento televisivo (y británico) y su carrera más cinematográfica (e internacional), ofrece solidez; mientras que la joven Daisy Ridley cuenta con su fama (aunque también su injusta demonización) por participar en la polémica trilogía secuela de Star Wars (entonces entre su segundo y tercer film). La presencia de actores no solo británicos y americanos, si no también otros como la española Penélope Cruz o el ruso Sergei Polunin colaboran en el ambiente de exotismo que permea especialmente los primeros momentos del viaje.

Así, una cosa que ha quedado demostrada una y otra vez en este tipo de películas es que el reparto coral de estrellas que deben interpretar a los sospechosos es uno de sus pilares fundamentales, incluso más que la elección del actor que encarnará al detective mismo. Y en esta primera entrega, algo que no logrará en la muy inferior Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 2022, Kenneth Branagh), la combinación seleccionada resulta prometedora, con nombres y rostros fácilmente reconocibles, pero algo pobre en el resultado final. Por otro lado, Branagh encarnando a Poirot resulta una decisión sorprendente, teniendo en cuenta la descripción del personaje literario y sus antecedentes en pantalla. Ni físicamente, ni anímicamente, parece alinearse con lo esperado y puede que sea su papel el que más iras a atraído de los fans.
Este Asesinato en el Orient Express se convierte de esta manera en un artefacto de belleza formal, decisiones narrativas extrañas y actores (extremadamente competentes en su mayoría) en demasiadas ocasiones teniendo que ceder ante aquellas, para dar un resultado irregular, decepcionante para los talentos implicados y las posibilidades abiertas. No obstante, pese a una respuesta crítica tibia sí consiguió ser un éxito de público, cumpliendo además el sueño de toda productora reciente: el de poner en marcha una franquicia (compuesta por ahora de esta y dos películas más, pero con promesa de nuevas continuaciones en el futuro) que pudiera seguir con nuevas aventuras de Poirot atrayendo al público regularmente a las salas.
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