Cinefórum CDXXX: «La última sesión de Freud»
Haciendo malabares una vez más para conectar con la anterior película de nuestro ciclo, A tiempo completo (À plein temps), nos caemos de bruces ante otra película con la que a priori aquella no comparte gran cosa; sin embargo, a la semejanza entre ambas se le puede sacar buen jugo. Exprimamos por tanto la cuestión.
La última sesión de Freud se presenta como una pieza cinematográfica que, aun nacida del teatro, logra desplegar una profundidad emocional y filosófica que trasciende su aparente modestia formal. La película convierte un hipotético encuentro intelectual entre Sigmund Freud y y el escritor C. S. Lewis en un duelo de almas, donde cada argumento se transforma en un filo que corta y una grieta que deja pasar la luz.
Su vínculo con el cine social francés podría emerger no tanto por la estética (más próxima aquí al academicismo británico) como por la manera en que aborda la tensión entre individuo y sociedad. Aquí lo íntimo es un campo de batalla donde chocan fuerzas históricas: la inminencia de la Segunda Guerra Mundial, el avance de un pensamiento moderno que cuestiona viejas certezas, y la fragilidad humana ante un destino que siempre parece decidido por otros. La película observa estas tensiones con la serenidad de un documentalista y la densidad moral del drama europeo.
La puesta en escena funciona como un laboratorio psicológico: la cámara, contenida y ligeramente inquisitiva, recuerda a ese cine francés que convierte la quietud del encuadre en un espejo social. Freud (un Anthony Hopkins maravillosamente caracterizado) aparece como un viejo faro corroído por las tormentas y por el pesimismo del exilio ante un mundo que se desmorona pero al que aún busca iluminar. Lewis (Mathew Goode) se empeña por su parte en remodelar la costa del pensamiento y aguanta los envites de su contendiente. El diálogo entre ambos no es sólo un debate intelectual: es una erosión lenta, un combate de mareas entre tradición y renovación.

Pese a su origen anglosajón, la película comparte con el cine social francés esa convicción de que el verdadero drama humano no estalla en las plazas, sino en las habitaciones pequeñas. Allí, entre libros, cigarros y confesiones a media voz, se revelan las fisuras de un mundo que avanza hacia la catástrofe sin renunciar a la esperanza. Por otro lado, los flashbacks y una trama secundaria familiar, aligeran la carga de unos interiores por los que transitan unos personajes azorados por una inquietud filosófica y existencial.
En definitiva, La última sesión de Freud es un recordatorio de que el cine, como la terapia, puede ser una linterna en medio del caos: pequeña, sí, pero capaz de iluminar todo aquello que preferiríamos no mirar.
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