Cinefórum CDXXXI: «La rueda celeste»

La psicoterapia de La última sesión de Freud y la importancia que el autor daba a la interpretación de los sueños son una presencia constante en la historia intelectual del siglo XX. De los peligros de ambas, y de los riesgos de soñar, nos habla también la película que nos ocupa. La rueda celeste (The Lathe of Heaven, 1980, David Loxton, Fred Barzyk) es un encomiable telefilm, limitado por las posibilidades técnicas y presupuestarias, y basado en la novela del mismo título de Ursula K. LeGuin publicada en 1971.
En la película conocemos al joven y nervioso George Orr (Bruce Davison) que, en un futuro distópico apenas sugerido, parece obsesionado con evitar tener ninguna clase de sueño durante la noche. Esta obsesión le lleva a abusar de varias medicinas restringidas, lo que llama la atención de las autoridades. Estas deciden que debe recibir tratamiento a manos del Dr. William Haber (Kevin Conway) y su innovadora técnica para visualizar el contenido de los sueños.
Tras una visita tensa y nerviosa descubrimos el motivo del extraño comportamiento de George: afirma que sus sueños y sus pesadillas tienen el poder de alterar la realidad y, temeroso de causar inadvertidamente algún daño, utiliza las drogas para dormir sin soñar. En un principio el psiquiatra se muestra escéptico y más cuando su paciente afirma que dichas alteraciones se producen de forma retroactiva, como si siempre hubiera sido así. El mismo problema tiene para convencer a la abogada del Estado Heather LeLache (Margaret Avery), pero entre ambos nace una atracción que se revelará fundamental en la conclusión de la historia.
Sin embargo, cuando finalmente el doctor Haber descubre la verdad de los extraños poderes de su paciente, decide utilizar estos para salvar el mundo mediante sugestiones hipnóticas y una serie de máquinas que emplea para dirigir los sueños de George en la dirección que él desee. Sin embargo, repetidamente, vemos cómo las manipulaciones descuidadas o simplistas de la realidad, en vez de dar paso al paraíso que el psiquiatra afirma crear, van conduciendo a una distopía cada vez más oscura. Con una tendencia a la ironía cósmica que parece heredada ya de la legendaria La pata de mono de W. W. Jacobs, todos los cambios salen mal o resultan en consecuencias inesperadas, peores que el mal que pretendían erradicar.
Cada vez más desesperado, cada vez más incapaz de controlar los cambios que el despiadado médico sigue forzando sobre su poder, George intentará sucesivamente escapar, luchar contra su captor y dejarse llevar, pero todo parece en vano. En un mundo casi despoblado, donde una invasión alienígena parece haber trastocado todo sentido de la lógica, la pregunta sigue en el aire: ¿por qué tiene George este poder? ¿Y qué debería hacer con él?
Ursula K. Le Guin (1929-2018) es todavía una de las autoras más influyentes e importantes de la historia de la ciencia ficción (y de la fantasía, con la nunca suficientemente reivindicada saga de Terramar), con un acercamiento plenamente político, de corte anarquista, y un enfoque feminista y antirracista. Sistemáticamente, al contrario que otros autores con una ideología política clara, evita las soluciones fáciles a los problemas de sus mundos y ofrece al mismo tiempo algunas de las sociedades más originales y diferentes dentro del género. Aunque sus libros no suelen destacar por los descubrimientos tecnológicos o los avances científicos, suelen tener un marcado contenido ético, muy influido por ideas taoístas. Es precisamente de un texto taoísta, aunque aparentemente con una traducción errónea, de donde toma el libro en el que se inspira esta película su título, aparentemente desconcertante.
El torno de los cielos es una obra con algunos rasgos fuera de las coordenadas más habituales de su autora; ella misma afirmaba que estaba influida por la obra de Philip K. Dick (otro autor que a menudo trata sobre semirrealidades y enfrentamientos mentales complejos) y también puede verse cierta influencia de la fundacional Matadero 5 de Kurt Vonnegut (si no por otra cosa, al menos en sus alienígenas). Es una obra profundamente literaria y repleta de referencias textuales y formales, precisamente el tipo de texto que se ha demostrado repetidamente difícil de adaptar a la narración audiovisual.
Es una verdadera pena que la única copia de la película, la edición realizada en DVD ya en los 2000, tenga la baja calidad que tiene. Como muchas producciones televisivas del pasado, especialmente aquellas para las que no había verdadera idea de que pudieran ser vistas fuera de su emisión inicial (y reemisiones hasta 1988, en la PBS), el material visual y sonoro original ha perdido mucha calidad, provocando en algunas escenas halos y aberraciones cromáticas que, aunque ocasionalmente dan a la historia un toque (precisamente) onírico, desvirtúan el esforzado trabajo por recrear, con un presupuesto limitado, las ambiciosas ideas del texto.
Al frente de la producción nos encontramos con dos veteranos y respetados profesionales televisivos, David Loxton y Fred Barzyk, que saben sacar partido con los escasos materiales de los que disponen. Un ejemplo de esa inteligencia para aprovechar al máximo las ideas y el dinero es el punto fundamental del argumento en el que George provoca (inadvertida y bienintencionadamente, por orden del doctor Haber) la muerte de la mayor parte de la humanidad. En vez de intentar rodar masas de gente o los devastadores efectos directos de su desaparición, aprovechan la lógica de los sueños para crear una escena poética y simbólica en que los comensales van desapareciendo de una mesa de banquete. Aunque otras soluciones no son tan imaginativas ni tan efectivas (por ejemplo, el diseño de los alienígenas y sus naves resulta algo torpe), consiguen solventar con elegancia un texto muy difícil sin que les tiemble la mano para confiar en la inteligencia del espectador.
Los actores, el trío protagonista que domina básicamente en solitario la mayor parte del metraje, también se enfrentan a dificultades inherentes al texto; entre ellas, la de presentar favorablemente a un protagonista que resulta a menudo demasiado tímido y pasivo y a un antagonista que, con la mejor de las intenciones, provoca algunos de los mayores desastres imaginables sin dejar de ser carismático y hasta simpático. La tercera en discordia, Avery, debe por su parte dar entidad a un personaje que aparece y desaparece de la trama quizás con demasiada brusquedad.
Una película para ver, no ignorando sus defectos, sino confrontándolos favorablemente con sus virtudes. Cuando el esfuerzo es tan grande y los puntos positivos tan numerosos, negarse a ver más allá de las limitaciones evidentes resulta en perder lo que más se echa en falta en el audiovisual actual (con contadas excepciones): el valor de contar historias difíciles con todos los medios de los que se disponga, pero sobre todo con imaginación e inventiva.
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