En lo que viene siendo la diletancia cultural, hay pocos conceptos más deplorables que el de placer culpable. Traducción del inglés guilty pleasure, la expresión, además de estar cargada de esnobismo apocalíptico, denota una falta de madurez intelectual apabullante. Si empiezas a peinar canas y sigues pidiendo perdón por las manifestaciones culturales que te hacen feliz, lo menos que te mereces es seguir con las gafas de pasta metidas en el culo.
Con esta amistosa declaración de intenciones damos la bienvenida a Un niño grande (About a boy, 2002), película cuyo disfrute debería hacer explotar cualquier esfínter obstruido por el remordimiento pedante, y cinta que enlazamos, por arte de birlibirloque, con nuestra anterior invitada del cinefórum. Porque si aquella era una incómoda obra de culto, experimental y de bajo presupuesto, esta puede considerarse su opuesto: el sumum de la película convencional y amable para todos los públicos.
A lomos del éxito de la adaptación de Alta fidelidad de Nick Hornby (Stephen Frears, 2000), Paul y Chris Weitz decidieron llevar a la gran pantalla dos años más tarde la tercera novela del escritor londinense; una comedia con toques de drama ligero y enredo romántico protagonizada por Will Freeman, treintañero con complejo de Peter Pan y sin responsabilidades que comienza una singular amistad con un chico de doce años. En lo que hoy parece una decisión obvia pero entonces no lo era tanto, para interpretar a Will se recurrió a Hugh Grant, rostro amable de la comedia británica noventera y que, escándalos sexuales mediante, comenzaba a virar su carrera (con acierto) hacia el papel de canalla encantador. Un papel, todo sea dicho, que bordará aquí para los restos en lo que no deja de ser, posiblemente, su interpretación más natural.
Para acompañar a Grant, los hermanos Weitz llevaron a cabo una elección de casting inspiradísima y clarosciente: Nicholas Hoult como Marcus Brewer, el niño peculiar y solitario que, para sorpresa de nadie, demuestra una mayor madurez mental que el protagonista; Toni Collete como Fiona Brewer, la madre soltera, depresiva y encantadora de Marcus; y Rachel Weisz como Rachel, interés amoroso epifánico de Will (no olvidarse de Natalia Tena como Ellie, compañera de instituto (in)alcanzable de Marcus).

Con una dirección sin estridencias y que recoge con acierto (y gusto) la sensibilidad pop de Hornby, los Weitz vuelcan el peso de la cinta en la relojería narrativa de un guion que les valdría la nominación al Oscar (limando algunos de los detalles más ácidos de la novela y apostando por un final más cerrado y complaciente), así como en el saber hacer de un reparto en sintonía plena.
El resultado es una película redonda que, bajo sus hechuras amables, se despliega como una pequeña joya tan conmovedora como reconfortante. El propio Hugh Grant no se cansó de repetir durante la promoción de la cinta que, a esas alturas de su carrera (¡42 años tenía!), a lo único que aspiraba era a hacer historias modestas pero inteligentes como aquella. Un deseo que, bajo el disfraz de boutade, reivindicaba la importancia y el mérito de una buena feel good movie.
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