Cinefórum CDXXXIV: «Sirat. Trance en el desierto»
Esta semana conectamos en nuestro cinefórum a los personajes de Sirat. Trance en el desierto (Óliver Laxe, 2025) con el Hugh Grant de Un niño grande (About a Boy, Paul Weitz y Chris Weitz, 2002). Lo hacemos porque ese es el espíritu del bucle infinito de cine de esta sección y también porque queremos. Y queremos, porque el mundo en el que vivimos ha terminado por alcanzarnos (como en estas dos películas, el mundo siempre nos alcanza) moldeando nuestra mirada: en la lectura que más me seduce de la última película de Óliver Laxe, sus protagonistas exploran el proyecto de la huida pero al mundo le da igual y acaba atrapándolos. Puede haber otras interpretaciones o ninguna en absoluto; pero en la fecha de publicación de este breve artículo, cuesta no ver dicha lectura atravesando la arena del desierto.
Antes del que ya es su mayor éxito, Laxe había firmado otras películas en solitario: Todos vosotros sois capitanes (2010), Mimosas (2016, Gran Premio de la Semana de la Crítica en Cannes) y Lo que arde (2019, Premio del Jurado en Un Certain Regard). Todas fueron perfilando un estilo poético con un pie en lo físico y otro en lo espiritual. Con Sirât, coescrita con Santiago Fillol, se ha estrenado en Cannes (compartió el Premio del Jurado), pero también está trazando un recorrido comercial poco habitual en el cine de autor. Impulsado en España por Movistar Plus+ y El Deseo y en Francia y en Portugal por gente parecida, hay revuelo entre la crítica y pequeño fenómeno en la taquilla. La posible candidatura a los Oscar era el objetivo desde hacía tiempo y al final el premio ha sido doble.
Lo cierto es que hablar de la película sin estropear la experiencia de verla (idealmente en el cine) es muy difícil: un padre español (Sergi López) y su hijo (un meritorio Bruno Núñez) atraviesan el sur de Marruecos tras la pista de una hija que se ha extraviado en las raves del desierto. El trance incorpora algo de road movie, mecánica y cansancio a medida que se suman compañeros y se empina el camino. Se dice algo (pero tampoco demasiado) de los vínculos, las fronteras y las lenguas, de los cuidados… Y brillan bajo el sol abrasador la fotografía de Mauro Herce y la música electrónica de Kangding Ray. Sus defensores hablan (hablamos) de un torrente sensorial y emocional que funciona; sus detractores, de una deriva místico-metafórica que a ratos se dispersa. Algunas imágenes evocan algo de Mad Max y la música y la dirección recuerdan a La sustancia. Advertencia: la mezcla puede contener trazas de LSD.

Pero de nuevo, también cabe entender Sirat como una crítica a un imaginario persistente en las últimas décadas: el de salirse del sistema como vía de emancipación. Un impulso que la película trata de enfrentar a la experiencia del mundo (y lo hace en un momento muy concreto de la historia del capitalismo): durante hora y media vemos que la búsqueda de la libertad deviene aquí en vulnerabilidad. Y sin embargo no hay panfleto; no hay manifiesto. Hay desgaste y reajuste. Laxe y Fillol se quedan al borde del país de la moraleja, pero no es difícil intuir lo que asoma en los amplios horizontes de su última película.
Hablábamos antes del tiempo en que vivimos. Sirat no idealiza el pasado ni pretende que el futuro nos dé miedo. Habla de la música, las tuercas, los latidos y los cortes que dan forma al mundo. De que todo nos afecta, pero no a todos de la misma manera. Quizá Sirat es un mal viaje; pero yo estoy dentro.
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