Cinefórum CDXXXIX: «Sueños de trenes»
Esta semana acometemos el reto de conectar una película protagonizada por un perro y otra que, alrededor de la naturaleza y la historia norteamericanas, reflexiona sobre la vida de los hombres. Por suerte, tanto en Good Boy como en Sueños de trenes (Clint Bentley, 2025) el abandono se encarna en una cabaña de madera aislada (ese viejo tropo yankee); y en ambas películas (y en cualquier otra parte) el hombre solitario se ve obligado a vivir con sus propios fantasmas.
Train Dreams adapta una pequeña novela homónima de Denis Johnson, que para la ocasión optó por una voz (porque tenía varias) épica y a la vez minimalista. Con ella cuenta la ordinaria vida de un hombre de principios del siglo XX, pero lo hace con una intensidad casi sagrada. Ese es el material que adaptan el propio director y Greg Kwedar, que ya habían trabajado juntos en proyectos con una vocación similar como Jockey (2021). Quizá una de las diferencias es que esta vez cuentan con la música de Bryce Dessner y un casting competente puesto al servicio del papelón de Joel Edgerton, que no solo llena el papel de sufrido y silencioso leñador, sino la pantalla entera y todo el paisaje americano. El otro salto de calidad viene, precisamente, de la fotografía de Adolpho Veloso, que convierte el entorno en un personaje de la historia. El resultado es una cinta bella y alejada del refrito de barras y estrellas, que primero mereció cuatro nominaciones a los premios Oscar (a Mejor película, Mejor guion adaptado, Mejor fotografía y Mejor canción original) y poco a poco ha ido apareciendo en algunas quinielas al premio gordo.
La película cuenta la vida de Robert Grainier, un trabajador estacional ligado a la industria maderera del noroeste de los EEUU. La suya es la historia de la construcción de un país continental y sostenido sobre el pecado original: las primaveras y los veranos pasan entre cuadrillas, incendios, trabajo y cuentos; el otoño sirve para construir un hogar y los inviernos para disfrutar resistiendo en él junto al resto de la familia. La película parece avanzar con el paso de las estaciones más que con el desarrollo de la trama, hasta que esta se despereza alterando para siempre la vida del protagonista. E incluso en ese trance el director y el protagonista mantienen el pulso: todo, lo bueno y lo malo (la vida entera), se cuenta con una tierna y profunda frialdad.
Más allá del valor de lo que vemos en pantalla, es interesante que este tren haya llegado a destino sin descarrilar. Porque esta película aspira desde su planteamiento a darnos lo que tantas cintas prometen y muy pocas cumplen: convertir la historia de una vida en el relato de algo que va más allá de los mortales. Lo hace huyendo del simple catálogo de las escenas de la biografía y centrándose, en cambio, en el reflejo del invididuo en todo lo que le rodea: en la esposa, en su ausencia, en los árboles y los compañeros de faena… Vamos en el vagón del protagonista, pero poco a poco entendemos que la película también trata sobre el paso de la imparable locomotora del tiempo.

Al alejarnos del andén en el que se detiene la cinta estamos al final de la vía, de regreso en el presente: porque Sueños de trenes nos exige pausa en los tiempos del algoritmo y sin embargo ha tenido éxito a través de una plataforma que no está programada para premiarla. ¿O quizá sí? La última virtud de la película de Clint Bentley es, entonces, que no habla solo del pasado sino también de nuestro propio tiempo: reniega de la velocidad en su forma, pero se nos ofrece dentro de la máquina de la inmediatez; cuenta la historia de un país a través de la vida de uno de los hombres que lo construyeron. Y lo hace con una belleza serena, casi obstinada, ocupándose de lo que nos hace humanos en medio de un presente lleno de ruido y brutalidad. Como si allí o aquí todavía quedara la oportunidad de mirar algo con calma.
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