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Cinefórum CDXXXVI: «Freaks Out»

 

Si en otros casos hemos tenido que estirar el chicle o confiar en la buena voluntad del lector para mantener un asomo de coherencia en la sucesión de películas de nuestro cinefórum, esta vez nada más sencillo que unir LOLA (Andrew Legge, 2022) y Freaks Out (Gabriele Mainetti, 2021): visiones del futuro, segunda guerra mundial, producción europea… Y sin embargo, las filosofías temporales no puede ser más diferentes: mientras la cinta de la semana pasada nos narra la dislocación del futuro (ya pasado) conocido, en Freaks Out nada parece alterarse por las visiones atemporales de uno de sus personajes, parecen más bien ser predicciones de un futuro inevitable aunque difícil de interpretar.

La producción de cine italiana es una historia similar a otras filmografías europeas, con una era dorada que va quedando más y más en el pasado, una larga decadencia y ocasionales intentos de resurgir ya sea desde las coordenadas del cine de autor o desde una aproximación comercial que, en gran medida, se asemeja a modelos foráneos para conseguir cierta resonancia nacional e internacional. Gabriele  Mainetti es un director, y también actor, que podemos adscribir casi totalmente a esta segunda categoría. Así, su primer largo, Le llamaban Jeeg Robot (Lo chiamavano Jeeg Robot, 2015), se apropia tanto de la tradición del superhéroe americano como del manga japonés (el título hace referencia a un un manga de los setenta, Kotetsu Jeeg, y a  su versión en anime, muy populares en Italia). Pese a ello la aventura, situada en Roma, tiene un barniz claramente italiano, incluido el título que referencia al spaghetti-western Le llamaban Trinidad (Lo chiamavano Trinitá, 1970, Enzo Barboni).

En Freaks Out, junto con el coguionista Nicola Guaglianone, Mainetti sitúa en el centro de la acción a una panda de rarezas desafortunadas: la troupe de un paupérrimo circo ambulante. Corre el año 1943, en plana caída y decadencia del régimen fascista italiano entre la ofensiva aliada y la contrainvasión nazi, y es en este contexto en el que los protagonistas, dotados de poderes especiales pero mayormente inútiles o peligrosos, deben sobrevivir. De nuevo la referencia al cine de superhéroes, o al menos de superrarezas, pero también a la propia tradición del cine italiano como la mismísima La strada de Federico Fellini. Como muchos directores actuales, el acercamiento postmoderno y referencial permite ver también ecos de, entre otros, la Balada triste de trompeta de Alex de la Iglesia (2010) o los Malditos Bastardos de Tarantino (2009).

La película se abre con una invitación para pasar a una actuación circense donde se nos presenta a los personajes principales y que es interrumpida por la violencia bélica. Frente al grupo protagonista nos encontramos al villano, Franz (Franz Rogowski), encarnado también en una rareza. Este es el director del Zircus Berlin que, además de la deformidad visible de su mano de seis dedos, posee la capacidad de vislumbrar el futuro a través de sueños inducidos por drogas (poder que es aprovechado para algunos momentos musicales, incluyendo versiones de Radiohead y Guns N’ Roses). También aparece por allí, en medio del caos, un grupo de partisanos mutilados dirigidos por Il Gobbo (Max Mazotta), en la que es, quizás, la parte que más me ha gustado de la historia.

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Como ya pasa también en Le llamaban Jeeg Robot, ninguno de los personajes es particularmente agradable, excepto quizás el anciano Israel (Giorgio Tirabassi), que desaparece durante gran parte del metraje, y la demasiado inocente y paradójicamente sexualizada pese a no poder ser tocada, Matilde (Aurora Giovinazzo). Por eso mismo cuesta emocionarse o preocuparse por su destino cuando solo parece guiarles el egoísmo más puro. Además, su cambio de opinión final no parece justificado ni merecido. Las interpretaciones en general se impregnan también de esa antipatía y distancia, de forma que ninguna de las otras actuaciones merecen destacarse, excepto quizás la del villano de la función que, más cómodo en su villanía exagerada, puede permitirse liberar recursos cómicos no siempre bien administrados. Especialmente desaprovechado parece Claudio Santamaria, que ya protagonizó la anterior película de Mainetti y que aquí queda completamente oculto bajo el maquillaje del forzudo y velludo Fulvio.

Freaks Out intenta aunar estética y narrativamente componentes dispares como el exceso y el drama, o el humor escatológico y la sensibilidad poética, de una forma que no siempre se integra armoniosamente. Esto hace que, a veces, lo serio parezca ridículo y lo supuestamente gracioso, patético. Por ejemplo, la escena en que los protagonistas se encuentra con un grupo de personas siendo transportadas en camiones hacia un destino inevitablemente nefasto: es una escena efectiva en sí misma, pero su seriedad contrasta con el esperpento que domina los momentos adyacentes.

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