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Cinefórum CDXXXVIII: «Good Boy»

 

¡Guau! (1986), de Allan Ahlberg, es una de esas novelas infantiles imprescindible para los que pisamos el colegio entre finales de los ochenta y los primeros noventa. La historia de Eric Banks, trasunto infantilizado del Gregorio Samsa kafkiano, era la de un crío que se transformaba de la noche a la mañana en un terrier Norfolk. Para nuestras tiernas mentes, la onomatopeya del título casaba tanto con la temática de la novela como con lo que suspirábamos cuando leíamos la más molona de las premisas argumentales. Porque una historia narrada desde la perspectiva de un perro nos parecía lo más.

La cuestión es que por pura coherencia espacio-temporal, Ben Leonberg (1987), el cineasta norteamericano que firma la cinta invitada del cinefórum de esta semana, pudo ser uno de esos niños (ALERTA: pura especulación). Y se nota. Porque con Good Boy (2025) nos presenta, en cierta medida, una revisitación de esa historia seminal de la empatía canina, solo que tiñéndola de negro y añadiéndole un salto con tirabuzón y medio invertido: lejos de jugar a la transposición de las almas, Leonberg, a diferencia de Ahlberg y como ya hiciera Virginia Wolf en Flush, asume la plena perspectiva de un perro y, de paso, se lo lleva a una casa de campo llena de fantasmas, metafóricos y literales (no, no estamos hablando de Scooby Doo).

What’s Wrong With Your Dog.

De hecho, esas dos naturalezas, la simbólica y la real, son las que se entremezclan como un uróboro en la visión que Indy (el perro) tiene de su realidad, que no es otra que la que centrifuga de forma convulsa alrededor de un amo, Todd (Shane Jensen), defenestrado de la vida (enfermo terminal) y autoexiliado en lo familiar (en una casa de campo maldita). La pesadilla de Todd es la pesadilla de Indy, solo que para el can las amenazas se magnifican desde una perspectiva preternatural para la que Leonberg pone al servicio todos sus talentos visuales. En ese sentido, uno de los pilares de la cinta es el difícil equilibrio que el director consigue entre la puesta en escena, el sonido y el montaje; el otro es la soberbia interpretación del perro, actuación de un naturalismo que haría ladrar al mismísimo Stanislavski.

Good Boy, como la película de la semana pasada, y como nuestro protagonista canino, se mueve entre varias realidades que la convierten en una experiencia cinematográfica diferente y, por tanto, digna de celebrar. El resultado final es un thriller psicológico (¿canino?) que, pese a estirar al límite su extraordinaria propuesta, sale ileso de la apuesta y, de paso, te hace recordar que en los peores momentos siempre podemos contar con nuestros más fieles compañeros.

Marcos García Guerrero
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