Dolores Nevares de Goni. Una guitarrista clásica en la conquista del Cercano Oeste

Hoy en día es un hecho más o menos consensuado el categorizar a la guitarra española o guitarra clásica como un instrumento universal. A pesar de que esta afirmación es un tanto falaz, dado el desconocimiento que aún existe por propios y ajenos del vasto repertorio (dejemos ese debate para otro artículo), ciertamente la guitarra ha conseguido llegar y asentarse en todos los continentes y permear en estilos y culturas totalmente diferentes, pero… ¿cómo se ha llegado a ello? Sin duda, imprescindibles han sido figuras como Antonio de Torres, el lutier que configuró el instrumento tal como hoy lo conocemos; concertistas como Andrés Segovia o Paco de Lucía; e invenciones como la guitarra eléctrica. Sin embargo, más allá de los hitos más famosos, el camino hacia esa universalidad fue fruto también de una pléyade de nombres y episodios anteriores que, sin haber trascendido con la justicia adecuada, llegan a nosotros con el aire suficiente para poder rescatarlos del olvido.
Uno de esos nombres es el de María Dolores Esturias Navarres de Goñi, una mujer nacida en el Madrid convulso y efervescente del siglo XIX; una guitarrista que llegaría a causar sensación desde París a la floreciente costa Este de Estados Unidos; una figura que encandilaría con su música a uno de los constructores norteamericanos más famosos llegando a tener su propio modelo de guitarra.
Conocida también como Dolores Nevares de Goni, posiblemente fruto de la adaptación al francés e inglés y de la simplificación necesaria para el rol artístico, nace en Madrid en el primer tercio del siglo XIX. Por aquella época la guitarra se encontraba en un momento de proyección total. La literatura guitarrística se vio enriquecida durante aquellas décadas no solo con obras de arte que hoy forman parte del repertorio más emblemático, sino con toda una suerte de estudios y compendios pedagógicos que hicieron más accesible el aprendizaje del instrumento. De la misma manera, la gran cantidad de transcripciones de ópera que se hicieron para las seis cuerdas fomentó que la guitarra se pusiera de moda entre las élites. Con este caldo de cultivo, de Goñi logró labrarse una sólida carrera concertística y como compositora, primero en los escenarios europeos para luego dar el salto al otro lado del Atlántico junto a su primer marido, el también guitarrista Juan de Goñi.
En Estados Unidos la música española también estaba de moda. Festivales y salones de baile acogían con cierta frecuencia grupos de bailarines y músicos flamencos. La guitarra desarrolló por su parte una presencia cada vez mayor en espacios de entretenimiento de las clases altas. Solistas y pequeñas formaciones de cámara alimentaban en sus giras esa imagen exótica y romántica de una España de castillos y mezquitas, de leyendas y aventuras. Un alhambrismo que se combinó con el gusto por los aires y danzas europeos. En los programas de concierto de Dolores de Goni vemos como se combinaban danzas populares como las jotas con minuetos y preludios más europeos. No hay que olvidar que en esta época, mientras Estados Unidos se expandía salvajemente hacia el Oeste, consolidaba también los cimientos de la nación tomando como referencia las instituciones e imaginerías clásicas europeas.
En este contexto, De Goni triunfa de sala en sala. Una tras otra las críticas positivas se suceden y el público se rinde a sus pies, tanto por sus interpretaciones como su presencia en el escenario. En algún momento de esa carrera, De Goni conoce a C. F. Martin, emigrante alemán, lutier de guitarras que abandonó su tierra natal tras desavenencias y problemas con la ortodoxia gremial. Si hoy en día hay una marca de guitarras acústicas por excelencia, esa es Martin&Co.
El encuentro con De Goni fascinó a alemán, que ya por entonces desarrollaba audacias como la introducción de cuerdas metálicas en sus guitarras o modificaba patrones y formas de construcción sacrosantas. Tal fue la vinculación que ambos tuvieron que Martin creó un nuevo modelo de guitarra para la madrileña: la Large dei Goni. Se trataba de una guitarra parecida a las guitarras románticas de la época, con una caja de resonancia algo más grande y con una innovación interesante, el varetaje interno en forma de X, una de las señas de identidad de la marca Martin&Co. Este aspecto no es algo baladí en la construcción de guitarras: el varetaje interno es un sistema de pequeñas varas talladas y pegadas a la tapa de la guitarra que ayudan a fortalecer la estructura favoreciendo a la vez la mejor vibración posible y obteniendo, según su esquema de colocación, una riqueza de armónicos y matices diferentes en cuanto al equilibrio entre graves y agudos.
En 1845 De Goni conoce a George Knoop, un cellista inglés con el que desarrollará una fructífera carrera concertística y con el que también se casará, pasando a llamarse Madame Knoop. Rochester, Cincinnati, Filadelfia, Baltimore, Washington y Nueva York fueron algunas de las ciudades en las que actuaron, de Boston a Nueva Orleans fueron dejando su impronta sobre los escenarios.
La obra de De Goni no es muy amplia, pero sí muy sintomática de su tiempo y su época. Ya en Estados Unidos publicó una serie de piezas en la colección Las flores de Andalucía, así como una colección de seis valses para guitarra. Entre su repertorio resaltan también la Jota Aragonesa, El carnaval de Venecia o El Adiós. En la música de De Goni vemos un marcado carácter europeo y decimonónico, así como ritmos cortesanos se combinan con danzas populares castizas. Vemos también el reflejo de Aguado y de Sor, así como de los italianos contemporáneos. Con armonías clásicas, De Goni teje texturas y melodías muy del agrado del público y en las que puede lucir su expresividad y virtuosismo. Romanticismo en estado puro.
Como decíamos al inicio, el camino hacia la universalidad de la guitarra está construido por hombres y también por mujeres, silenciadas la mayor parte de las veces, que forjaron sus carreras en base a una devoción por la música y por la guitarra. Sin De Goni, probablemente la guitarra no se hubiera expandido de igual forma por los territorios norteamericanos. Sin Martin, la música popular estadounidense sería muy diferente. Es un camino del que todos formamos parte, ya seamos aficionados, melómanos, intérpretes o constructores, pero por el que circulamos demasiado rápido. Un camino en el que mirar hacia adelante no debe hacernos olvidar lo necesario de echar un vistazo, y una escucha, hacia los pasos del pasado.
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