«El culturista anticapitalista» de Adam Szetela

El fitness y el culturismo viven una nueva edad dorada. Vídeos de todo formato y duración inundan plataformas como YouTube, TikTok o Instagram, donde acumulan millones de visualizaciones. Unos recomiendan los ejercicios y las pautas de alimentación más adecuados para cada uno de los objetivos imaginables; otros buscan hacer reír a la audiencia con memes y referencias que apelan a lugares comunes y estereotipos. Muchos de estos contenidos, sin embargo, están atravesados por cuestiones problemáticas como la asociación de cuerpos difícilmente alcanzables con la idea del éxito personal y social, o la representación del gimnasio como un coto reservado a lo masculino. Por su parte, hay quienes aprovechan el tirón del gimnasio para, mediante una obsesión cuasi enfermiza por las métricas, la rentabilización y la eficiencia, proyectar como deseable una visión de la vida en la que convergen lo peor del salutismo y el capitalismo. Y, a pesar de todo, la sala de pesas, como todo espacio social, es un terreno abierto a la disputa y la resignificación. Tras trazar una breve genealogía del culturismo moderno y sus raíces ideológicas en Estados Unidos, Adam Szetela nos propone una lectura que revela su potencia anticapitalista: un lugar para unir cuerpo y mente, forjar relaciones de camaradería y combatir la alienación, al tener bajo control la planificación, el proceso y los frutos del trabajo. Un lugar donde el esfuerzo aporta resultados a quien lo realiza, sin convertirse en plusvalía para ningún jefe.
Traducción al español del artículo The Anticapitalist Bodybuilder, de Adam Szetela.
Publicado originalmente en Jacobin el 03/06/2017. Traducción: Pau Mateu Samblás
Cuando estaba en el instituto, mi madre llegó un día a casa furiosa porque yo había rechazado un trabajo en una tienda local para poder ir al gimnasio a levantar pesas. Le dije que el trabajo era horrible y que pagaban una miseria. Ella me llamó vago y me dijo que no conocía el valor del trabajo duro. Mezclador de proteínas en mano, declaré que el trabajo que hacía en el gimnasio era más duro y más valioso para mí que cualquier otro empleo.
Mi aversión por el trabajo asalariado y mi amor por el trabajo físico con pesas pueden parecer idiosincrásicos para algunos, pero no estaba solo en esto. Los culturistas serios suelen anteponer su búsqueda personal de fuerza, tamaño y estética por encima de preocupaciones más materiales como el dinero.
Esta búsqueda quedó patente el pasado fin de semana en uno de los eventos más populares del culturismo: el Arnold Sports Weekend, un evento de cuatro días en el que culturistas de todo el mundo acuden para entrenar, posar, animarse mutuamente y llenar sus bolsas de gimnasio con muestras gratuitas de las mayores empresas de suplementos del sector. El discurso sobre el trabajo hercúleo en el Centro de Convenciones de Columbus terminó y los culturistas volvieron a sus casas, pero vale la pena recordar que el culturismo tiene sus orígenes en el contexto de la preocupación generalizada por el trabajo capitalista a finales del siglo XIX y, lo que es más importante, por qué esta preocupación sigue siendo relevante hoy.
A principios de siglo, la flexibilización de las leyes sobre la constitución de sociedades, las fusiones y adquisiciones generalizadas y la evolución de la industria manufacturera y el transporte transformaron muchas empresas estadounidenses de sectores como el acero y el azúcar en gigantescos conglomerados. Este crecimiento creó millones de nuevos puestos de trabajo en publicidad, contabilidad, ventas, relaciones públicas y otros empleos de cuello blanco, y alimentó una ola de migración a las ciudades por parte de estadounidenses en busca de una vida mejor a través del trabajo asalariado.
Sin embargo, estas estructuras (empresas, burocracias) y sus formas de trabajo aparentemente benignas trajeron consigo sus propios problemas. La descualificación laboral de corte taylorista y la división entre las tareas mentales y las físicas dejaron a un gran segmento de mano de obra masculina realizando trabajos sedentarios. Para muchos hombres, la promesa de una vida mejor en la ciudad vino cargada de nuevos problemas propios de los empleos urbanos: agotamiento mental, sensación de separación del propio cuerpo, aburrimiento y falta de libertad en el trabajo.
Las formas de trabajo artesanal, manual y agrícola, que en su día fueron omnipresentes y que idealizaron autores y oradores populares de principios de siglo como Walt Whitman y William James, se convirtieron en objetos nostálgicos del pasado para una nueva fuerza laboral predominantemente masculina y de clase media.
En respuesta a las nuevas formas del trabajo, hombres como el primer educador físico de Estados Unidos, el profesor de Harvard Dudley Sargent, crearon ejercicios miméticos para los asalariados de clase media. Estos ejercicios, que usaban pesos libres y sistemas de poleas, imitaban los movimientos de los trabajadores físicos de la época. Este enfoque en el cuerpo fue adoptado por los gimnasios estatales emergentes, el departamento de trabajo físico de la YMCA y por iconos como Teddy Roosevelt. A finales del siglo XIX, el culturismo se había convertido en un fenómeno nacional.
El ritual de desarrollar el propio cuerpo permitía a los hombres de clase media proyectar una imagen de sí mismos robusta y masculina (una imagen que se veía socavada cada día por el capitalismo corporativo). También ayudaba a que los trabajadores de cuello blanco aliviasen sus temores de ser desplazados por inmigrantes musculosos, sentimiento que hoy se refleja en la legión de culturistas partidarios de Trump que proclaman «este es nuestro país, no el suyo» en bodybuilding.com. En el gimnasio, los ideales masculinos se expresaban a través de un entrenamiento extenuante y un cuerpo bien desarrollado, y la amenaza de lo que Roosevelt llamó en su día «suicidio racial» se evitó temporalmente.
Además, el gimnasio ofrecía a los hombres acomodados un espacio cultural donde el trabajo podía volver a ser gratificante e intrínsecamente valioso, en lugar de alienante y extrínsecamente opresivo. Para los primeros culturistas como Eugen Sandow, cuyo cuerpo está consagrado en el trofeo de Mr. Olympia, la sala de pesas era un lugar donde la mente y el cuerpo no estaban separados, donde las personas tenían el control de su trabajo y donde lo que producían no iba a parar a manos de otros. Este tipo de trabajo, explica Sandow en su manual de entrenamiento de 1894, tiene un «efecto estimulante en la mente y una influencia vivificante en el espíritu». En contraste con los trabajos realizados por los contables y publicistas de la Edad Dorada, y los lóbregos empleos de oficina que realizan muchos estadounidenses hoy en día, este trabajo era gratificante y agradable.
En la actualidad, el culturismo ha traspasado las fronteras geográficas de los Estados Unidos (y ha superado la dicotomía entre trabajo mental y manual), pero la tensión que sus practicantes ponían de relieve entre el trabajo asalariado, por un lado, y el trabajo satisfactorio, por el otro, no ha desaparecido. Como observó el antropólogo Alan Klein en su estudio de campo de siete años sobre los gimnasios de musculación, la mayor parte de culturistas no competitivos «trabajan en empleos poco gratificantes… el o la rata de gimnasio (persona que dedica mucho tiempo al gimnasio y que se preocupa por la forma y condición física de su cuerpo) ve el entrenamiento como su verdadero trabajo».
El estudio de Peggy Roussel y Jean Griffet sobre las culturistas femeninas se hace eco de este argumento. Como explica una de sus entrevistadas: «Lo que realmente me gusta del culturismo es que consigues lo que dedicas… lo que hacemos no pertenece a la sociedad, pertenece a cada persona individualmente y es el fruto de nuestro esfuerzo».
Un sentimiento similar está presente en la justificación de Taylor Herbert sobre por qué practica culturismo:
«Me paso todo el día sentado en una oficina trabajando por un sueldo. De ocho a diez horas al día entregadas a otra persona por dinero. Es tiempo de mi vida que nunca recuperaré. Voy mirando el reloj, esforzándome [hasta] las cinco. El gimnasio es donde recupero ese tiempo, serie a serie. Este tiempo no es para mi puto jefe rico… cada repetición me devuelve la vida que entrego a otros cada día.»
La autorrealización, la plenitud de mente y cuerpo, el control sobre el propio cuerpo y la apropiación del trabajo y de sus frutos representan el tipo de actividades que todos consideramos significativas. Ya sea el hombre de mediana edad que cultiva tomates en su jardín o la joven que escribe poesía en el porche de su casa, todos anhelamos libertad, creatividad y control en nuestro quehacer.
El culturismo surgió porque aquellos interesados en lucrarse con el trabajo ajeno comenzaron a eliminar los tipos de trabajo que encarnaban estas características a un ritmo equiparable a la rápida expansión de sus propias burocracias.
Más de un siglo después, lejos de ganar más autonomía en su trabajo, la mayoría de las personas se han convertido en engranajes aún más pequeños de máquinas burocráticas, ya sea la dinastía Walton o Nike. Como argumentó Harry Braverman, el taylorismo no fue una etapa pasajera en el desarrollo del capitalismo, sino que constituye una de sus tendencias rectoras. Menos control, menos cualificación y un aumento de la división del trabajo provocan que los salarios se reduzcan, que los trabajadores sean fácilmente reemplazables y que los capitalistas se enriquezcan.
Sin embargo, el taylorismo no es la realidad que los trabajadores tienen que aceptar.
Los primeros partidarios del movimiento de la cultura física, como el socialista y autor de The Jungle, Upton Sinclair, no solo desarrollaron sus cuerpos. Crearon movimientos para impedir que los propietarios convirtieran el trabajo en lo que es hoy en día. Hombres como el editor de Physical Culture, Bernarr Macfadden, incluso crearon comunidades cooperativas en las que las personas podían liberarse del trabajo asalariado sin la amenaza del hambre. De manera similar al proyecto anticapitalista expuesto por Erik Olin Wright, muchos culturistas lucharon tanto por domesticar el capitalismo como por ofrecer una visión alternativa de las relaciones sociales y el trabajo. La lucha no era, y no es, solamente por mejores salarios y más prestaciones sociales, sino por mejores puestos de trabajo. Se trata de una lucha que la retórica de la creación de empleo (sello distintivo de la presidencia de Trump) no reconoce ni admite.
La aparición de formas culturales en Estados Unidos para mediar en los problemas sociales provocados y acentuados por el capitalismo no es un fenómeno nuevo, sino una tendencia cíclica. El cambio social se produce (como ocurrió con Upton Sinclair y otros) cuando la disidencia se dirige hacia movimientos radicales y modos de producción alternativos, y no hacia la reconciliación. Hasta entonces, el trabajo que hace que los adultos griten jubilosos «Light Weight!» y «Yeah buddy!»[1] seguirá siendo diferente del trabajo que hace que la gente diga «gracias a Dios que es viernes».
[1] Estas expresiones, popularizadas por el culturista y varias veces campeón de Mr. Olympia (principal competición del culturismo profesional) Ronnie Coleman, forman parte del ecosistema de vídeos y memes alrededor del culturismo y el fitness en general.
- «El culturista anticapitalista» de Adam Szetela - 5 noviembre, 2025






