El Festival de Cine de Málaga y las comedias (II): «Altas Capacidades»
En el capítulo de hoy toca diferenciar dos conceptos: oficial y oficioso. Ahí va la clase…
Podemos exponer miles de ejemplos. Oficial es la excusa que pones por llegar tarde, el tráfico; oficioso es tu hiperfoco de una hora intentando averiguar en Idealista cómo sería tu piso ideal de un millón de euros. Seguimos. La versión oficial es cuando se presume de la familia perfecta y la oficiosa cuando en realidad tu vida marital es la de José Coronado en La vida de nadie (Eduard Cortés, 2002). Y el ejemplo de siempre: el relato oficial es que a ella le van a dar un puesto de responsabilidad y la versión oficiosa es saber que, en realidad, es un puesto de irresponsabilidad. Pues bien, despejadas las dudas, nos encontramos con la comedia Altas Capacidades (Víctor García León), que trata, precisamente, esas versiones: las reales, las oficiosas.
Una pareja de clase media, ojo, ya no sabemos ni lo que es la clase media, pretende cambiar a su hijo a un centro educativo elitista. Y ahí comienza el casting, porque lo importante no es elegir, es que te elijan. Sus protagonistas, un matrimonio formado por Marian Álvarez e Israel Elejalde, son controlados por su propio afán aspiracional que tiene que ver poco o nada con las necesidades de su hijo. En su periplo se relacionan con la jet. Esa jet que en vez de vivir en pisos cebra tiene su propia sabana. Juan Diego Botto representa a esa élite de forma magistral, con la psicopatía de la media sonrisa, especulando no solo con bienes materiales. A finales de los noventa, la serie Ally McBeal mostraba la nitofilia de la protagonista, ese placer de crear imágenes exageradas en su cabeza. Pues bien, cada vez que aparece Botto en escena nos lo imaginamos en su sofá blanco, impoluto, jugando a los Sims con Álvarez y compañía.
Altas capacidades es una sátira que en momentos concretos muestra la acidez que tanto nos gusta de Rubén Östund (aunque solo el sueco es capaz de hacer vomitar a todo un crucero). Sin embargo, el enfoque de otro sueco, Ernst De Geer, es el que más se le aproxima: en Hipnosis (2023) unos jóvenes emprendedores también intentan ser aceptados; quieren que su proyecto gane un concurso para montar una startup. Una crítica feroz a las florituras del capitalismo y a la sociedad nórdica. En la película de Víctor García León es como si el libro de David Foster Wallace, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, conversara con aquella cinta de Juan Cavestany, Gente de mala calidad. Todos estos títulos nos muestran las dobleces y los sinsentidos: quien mejor se vende no tiene el mejor producto, es el que mejor manipula.
Así que es preferible ir con cuidado, pensar bien a quién seguir o por quién queremos ser aceptados. La versión oficial es que es alguien atrayente, carismático y que tiene pelazo. Sin embargo, la oficiosa es que era el matón disruptivo del colegio y que el pelo no es para tanto.
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