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El mundo de lo bello: «Parthenope» de Paolo Sorrentino

 

Parthenope (2024) será recordada como la película en que la que Paolo Sorrentino finalmente se inventa un mundo diferente. Por supuesto, su cine siempre ha sido el cruce entre lo real y lo sagrado, entre el anhelo del pasado y la melancolía de presente, un cine a medio camino entre lo inefable de los sueños y la crudeza del mundo real.

En una escena de La gran belleza (2013), Jep Gambardella, una suerte de Jay Gatsby moderno, deambula por una Roma que desconoce y, en su camino, se encuentra con un conjunto de niñas monjas, una abadesa de actitud pícara y otros tantos personajes salidos de una fantasía muy lúcida, a la espera de que le se sirvan de guía. En una escena parecida en Youth (2015), Fred Ballinger, un compositor retirado, se imagina que conduce una orquesta de ovejas en medio de los Alpes, su primer concierto luego de años en el retiro. Los protagonistas del cine de Sorrentino son así, hombres desdichados ante la inmensidad del mundo que desconocen, inconsolables ante el paso del tiempo y su efecto en sus cuerpos, incapaces de mantener viva su motivación y deseo. Son personajes que se mueven de un mundo a otro, habitan la fantasía como lenguaje inspirador ante las carencias del presente, y que, a pesar de todo, se ven forzados a confrontar al mundo de verdad y a sí mismos. La confrontación entre un mundo y otro ha sido la principal tragedia en las historias del cineasta italiano, y, por supuesto, la razón por la que sus personajes casi siempre le ceden al hastío, la nostalgia y la aflicción.

Parthenope es una vuelta de tuerca a los principios habituales del cine de Sorrentino, no solo por su inmersión completa en el éxtasis y la fantasía (evitando en gran medida las referencias al mundo real), sino porque, por primera vez en su filmografía, un film suyo lo protagoniza una mujer. Si los hombres de Sorrentino viven entre música y melancolía, Parthenope, la joven mujer napolitana nombrada por la sirena que fundó su ciudad de origen, vive bajo la condena de una belleza impresionante y la constante desazón ante el mundo que la rodea, demasiado vacío para ella. En el debut en la pantalla de Celeste Dalla Porta, Sorrentino la filma saliendo del agua, un rostro de facciones suaves y mirada perdida, un cuerpo cobrizo, que destella por los efectos del mar sobre él, una figura salida de una fantasía lujuriosa napolitana, sin ninguna restricción ni rechazo. ¿Qué implica encarnar la cúspide del arquetipo de belleza? ¿Qué implica una vida determinada por el deseo de los otros, y que se confunde con la fantasía de sueños? Mientras el estilo de Sorrentino roza la hipérbole en este prólogo, uno se pregunta si será posible sostener una puesta en escena así por más de dos horas de metraje. A fin de cuentas, ¿no es un riesgo innecesario que una película esté así de encantada consigo misma y lo que filma?

No es necesario que los personajes lo digan para que la audiencia note la obsesión del director italiano con la belleza como sujeto puro, como carácter moral, como un estado de la consciencia cercano a lo sublime. Por momentos el film se aleja de la estética propia de una película de ficción y parece más cercana a un refinado comercial de productos de lujo, una pieza experimental con tomas descontinuadas y una extraña sensación de desapego, un conjunto letárgico de secuencias impresionantes atadas sin razón aparente. Sorrentino jamás ha sido un cineasta sutil, y esa ha sido de sus mayores virtudes, pero, a la vez, y como sugieren sus últimas películas, también es la principal motivación de sus detractores. Parthenope es la mejor evidencia de esta contradicción, y, aunque me cueste admitirlo, por ratos el film se le va de las manos. El montaje omite la tensión entre una secuencia y otra, y apenas sugiere alguna suerte de cohesión finita entre ellas. La cámara abusa de los primeros planos y de las tomas al vacío. Nápoles parece más un acto poético que una ciudad de verdad. La tesis de Sorrentino (que la belleza en estado puro lleva al hartazgo de quien la porta) es puesta a prueba, y justificada con creces, por la forma en que se filma la cinta.

Y luego, una vez más, nos encontramos con esas escenas de una intensa, abatida belleza. Una fiesta junto a la playa se torna un carnaval erótico y lastimero en el que todos los personajes bailan a tempo lento, y Parthenope se deja acariciar por dos chicos que la desean, por una vez inconforme con su propio deseo. Desde el primer plano, un muy herido John Cheever, interpretado con brillantez por Gary Oldman, le confiesa a Parthenope que se odia a sí mismo y que no quisiera quitarle ni un segundo de su belleza. En una escena posterior, un suntuoso funeral se torna pesadilla negra cuando los primeros brotes del ébola asaltan la ciudad. Y, en la mejor escena del film, la víspera del año nuevo es la oportunidad de Parthenope para conocer los bajos mundos de Nápoles, cuidadosamente embellecidos por la cámara de Sorrentino, repletos de desdichados y enfermos que se emocionan al ver a la joven, como quien ve a una Madonna caer del cielo por una noche; así como en el clímax de Era la mano de Dios (2021) Sorrentino filma Nápoles con sus infinitas contradicciones, como una ciudad desencantada consigo misma, pero, a la vez, concebida desde una necesaria fantasía.

Parthenope es una oda a Nápoles y una lánguida mirada de la juventud y la belleza, las principales obsesiones del cineasta italiano. La historia sigue a la joven protagonista y la maldición de su belleza: amistades rotas, hombres posesivos, insinuaciones incestuosas, envidia local y, sobre todo, una constante falta de sentido. Pronto la belleza da paso a la tragedia. Parthenope, en una extraña relación con su hermano mayor y perseguida por su mejor amigo de la infancia, hijo de los criados, rechaza constantemente los avances de otros tantos hombres que buscan hacerla suya. La protagonista, casi siempre triste y consumida en sí misma, se esfuerza por capturar casi todo el conocimiento que puede (pronto se vuelve la mejor en sus estudios de Antropología en la universidad) y busca desligarse del sufrimiento de la ciudad. La tragedia, sin embargo, termina por imponerse, así como a la ciudad, azotada por un feroz brote de cólera en los setenta, que el film describe con creatividad y elegancia en su segundo acto.

Así como en las anteriores películas de Sorrentino la juventud y la belleza se conjugan en un deseo infinito, y este deseo prontamente se transforma en desencanto, el viaje de Parténope también lo demuestra. De improviso, una relación pecaminosa lleva a una inesperada muerte. El sueño de la joven de ser actriz se ve turbado cuando una vieja diva vuelve a Nápoles e insulta su ciudad. Una noche romántica sin quererlo implica un feroz sacrificio al que se somete la protagonista. Un ícono religioso es prontamente asaltado por cardenales corruptos y charlatanes oportunistas. Parthenope sigue sin encontrar un lugar en el mundo, y los intentos ajenos de poseerla solo aumentan su constante alienación. Lo interesante es que, gracias a su estilo de narración. Sorrentino parece concebir la belleza como moralmente neutra, así como su protagonista: a veces cruel, cínica, posesiva y destructiva; otras veces compasiva, salvadora, necesaria. La belleza, así como la juventud y el deseo, depende, al final, de su uso, y, por tanto, a pesar de todo, Parthenope se gana la exculpación de la audiencia, dado que sus imágenes, intensas y memorables, son tan ambiguas que pueden servir para cualquier interpretación.

Y si se necesita la exculpación es porque, en ocasiones, la película termina muy cerca de volverse una parodia de sí misma. Es cierto que el cine de Sorrentino cobra sentido en su relación con el absurdo, pero los riesgos de su opulencia visual y desdén por la coherencia narrativa están siempre latentes, más aún en una cinta que desafortunadamente minimiza la caracterización de su protagonista y parece resumirla a una excusa. Parthenope como personaje terminan funcionando más como un dispositivo manipulable por su director que como una protagonista creíble y cercana; su sinceridad se pierde en el peso de la fantasía y la leyenda, y, como cualquier personaje de mito, puede parecernos insuficiente, como si una pieza estuviese faltando. ¿Es quizás una decisión consciente que realiza Sorrentino para aumentar la fuerza de su argumento? Y si es así, ¿acaso valdría la pena hacerlo? ¿Acaso no existe el riesgo mayor de que la audiencia replique lo que el director quiere cuestionar?

Estos detalles pueden limitar la fuerza de la película como propuesta narrativa, pero, para nuestra suerte, esto no demerita su astucia como concepto, y mucho menos como acto de provocación. Una cinta así, que exponga los límites de la belleza y el deseo (sobre todo femeninos), y que los presentes de forma tan viva, traslúcida, siempre sufrirá de excesos y carencias. Tampoco es que un problema tan grave. Bien que mal, gracias a la maravillosa interpretación de Celeste Della Porta, y la agudez emocional de Sorrentino tras la cámara, Parthenope, a riesgo de tornarse una obra innecesaria y fácilmente olvidable, termina siendo, como la mejor de las leyendas, una propuesta ambigua, frustrante, sugestiva, sensual y, sobre todo, exigente con su audiencia.

Bueno. Así sucede con cualquier cosa verdaderamente bella, ¿no?

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