El mundo debería ser de los sensibles: «Flores para Antonio»
¿Vivimos en un mundo preparado para lo realmente importante, la sensibilidad?
Arranca el documental Flores para Antonio. El mediano de los Flores sube una montaña con guitarra en mano. Sin confundir el momento con el de Sísifo o la Izada de la bandera, el contraluz anaranjado de su figura da paso a su peculiar jardín. Puede que en el jardín de Antonio encontráramos una flor con un patrón infinito, blanco y curvado, como la milenrama que simboliza esas miles de ideas que rondaban en su cabeza. Puede que estemos equivocados y se escondiera otra de patrón púrpura como la flor de la pluma (conocemos su predilección por lo salvaje). Pero él ya dedicó un tema a otra especie, a su amanecer florido, más conocida como la flor del alba.
Clara está la riqueza del jardín. Una floresta impregnada de su talento y su sensibilidad. La delicadeza de aquellos genios que no creen serlo del todo. ¿El mundo está hecho para una inteligencia superior como es la sensibilidad? ¿La sociedad puede sostener lo delicado?
Son muchos los artistas con un don descomunal en una búsqueda constante de la justicia y la excelencia. Puede que no crearan desde el ego o el yo, sino que la creación para ellos fuera un método de subsistencia (algo inherente a su modo de vida). Crearán con algunos impedimentos: la sociedad, las trabas de las discográficas y el inminente peso de tener que demostrar algo a no se sabe quién.
Resulta complicado hoy día desechar el yo de las creaciones. Resulta complicado en cualquier ámbito de la vida, pero de vez en cuando surge esta rara avis. Esos artistas brillantes, desprendidos del ego, de lo material, que están apegados a su fragilidad y a los sentimientos. Algunos que experimentaron con las drogas en los ochenta o los noventa, por el mero hecho de morirse jóvenes, por otras causas, cargan con el estigma o con el razonamiento del inepto. En ocasiones, pasa factura el morbo post moterm. Como si lo relevante fuera la causa y tú te la inventas. Ocurrió con Antonio Flores y ocurrió con alguien que no nos cansamos de nombrar: Antonio Vega. A Vega en vida ya le hicieron un disco homenaje. Menuda barbaridad…
¿De verdad alguien puede hacer de algo tan íntimo, de un tema tan delicado, un ejercicio del teléfono corrido? ¿Es necesaria esa invasión despiadada de la intimidad? Como sociedad nos queda un largo camino. No hay que señalar de por vida a alguien que en un momento dado ha sufrido una adicción, una enfermedad.
Siento vergüenza ajena al dedicar tres párrafos a esto, cuando prima la brillantez como músico de Antonio Flores. Recordar las tardes con Antonio de Ketama o quizá su cruce con el mismo Antonio Vega. Subrayar esas letras que iban más allá del ego y homenajeaban a todos los que tenían alrededor. A un amigo de la familia como Juan El Golosina, a su padre Antonio El Pescailla, a su hermana… Alguien que versionaba con gusto como aquel Pongamos que hablo de Madrid que quizá se colará en algunas tardes en casa de Sabina. Alguien que disfrutaba de la relación con sus coetáneos argentinos, un tal Ariel y puede que un tal Calamaro. Escribía para homenajear a los demás y también nos dejaba algunos himnos como Una espina y No dudaría.
El documental por el que nos guía Alba Flores capta esa delicadeza de su padre. Tiene un montaje cuidado y un diseño brutal con los collages de Antonio, sus polaroids y dibujos.
Hace tiempo, en uno de los artículos de la revista partíamos de una frase con la que Silvia Pérez Cruz iniciaba uno de sus espectáculos: «si no canto lo que siento voy a morir por dentro». Y en este documental delicado, sensible, tierno, que te conmueve y al mismo tiempo te deja buen sabor de boca, es Silvia Pérez Cruz la que, precisamente, ayuda a la hija de Antonio a sacar su propia voz. Flores, también, para ellas.
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