NELINTRE
Arte y Letras

En defensa de enviar cartas

 

Gijón, 25 de enero del 2026

Queridos lectores:

Es una verdad universalmente reconocida (gracias, Jane Austen) que las buenas costumbres nunca deberían perderse. Entonces, ¿por qué muchas han desaparecido? ¿Es culpa de la tecnología o de la falta de romanticismo?

Mi hábito de enviar cartas surgió porque tenía una amiga que lo hacía; me mandaba postales desde lugares tan lejanos como Mongolia o Japón. Recibirlas me hacía tanta ilusión que decidí apropiarme de la idea. La verdad es que un buen día dejó de hacerlo: la última carta que iba a enviarme era la de su boda, pero por algún motivo que desconozco nunca llegó a mis manos.

También podría atribuir esta costumbre a mis lecturas de epistolarios y ahorrarme el detalle de que una examiga me desinvitó al día más importante de su vida. Supongo que me tomo muy en serio la teoría que tiene Nora Ephron sobre la cáscara de plátano*.

Bueno, dejemos las confesiones a un lado. Estoy aquí para proponer que los buzones se llenen de correspondencia que nada tenga que ver con bancos, facturas o trámites administrativos. Aunque, si alguien quiere enviarme un burofax notificándome la herencia de una tía rica, no pondré objeciones.

Os preguntaréis: ¿por qué aferrarse a esta anticuada costumbre si cumple la misma función que un WhatsApp, pero es más costosa, más lenta y (lo peor de todo) más cursi? No os juzgo, pero estáis equivocados y haré todo cuanto esté en mi mano para demostrarlo.

No puedo negar que la práctica epistolar es un arte exigente y conviene no saltarse ninguno de estos pasos:

  1. Elegir un papel (o una postal) y un sobre a la altura.
  2. Pensar las palabras justas y escribirlas despacio. Idealmente, sin torcerse y sin tachones.
  3. Ir a un estanco a por un sello. (Nunca entenderé por qué los estancos venden sellos).
  4. Dejar la carta en un buzón, confiando en que el servicio postal haga su trabajo.
  5. Esperar paciente (o impacientemente) a que el destinatario la abra y sonría.

Si hacéis como mi tío, podéis añadir un paso más. Y es que hubo una época en la que escribía las cartas dos veces para quedarse con una, pues sostenía que, pasado el tiempo, podría recordar todo lo que le decía a aquella novia que tuvo en los ochenta. Parece que la genética me ha hecho heredar esta manía. Eso sí, en pleno siglo XXI saco el móvil y hago una fotografía; así es más fácil destruir (borrar) la carta cuando me arrepiento de algunas declaraciones que hago bajo delirios del enamoramiento.

Nota: además de añadir el paso de mi tío, también resulta útil avisar a los destinatarios distraídos de que revisen su buzón.

El caso es que sí, todo este ritual es costoso: en tiempo, en paciencia y en intención. Pero, precisamente, ese coste es lo que hace que cualquier palabra escrita a mano, metida en un sobre, matasellada y circulada, tenga más valor que cualquier mensaje kilométrico enviado por WhatsApp. Es como invertir en un buen abrigo: siempre te dará mejores resultados que uno de poliéster.

Pasemos directamente al punto cinco: la espera. Nunca olvidaré el christmas que envié al que por entonces era mi pseudonovio. Pasaban las navidades y no acababa de llegar. Desesperada, escribí un DM a correos… Pobre de mí, nunca me respondieron.

 

Esto puede parecer  una ineficiencia del servicio postal, pero ahí está la magia: enviar una carta es, en el fondo, un acto de fe. ¿Llegará o habré escrito mal la dirección? ¿Llegará o al cartero se le caerá por el camino? Queridos, hay que confiar. Llegará. Puede que tarde, pero llegará.

Aquel pseudonovio recibió mi carta cuando nuestro amor ya hacía aguas (a favor de Correos diré que había escrito mal el código postal) y logró que nuestro romance se mantuviera a flote unos cuantos meses más.

Por cierto, confío en que la postal que envié a mi amiga Marina estas navidades corra esa misma suerte.

Sigo con mi alegato. Afirmar que escribir cartas es cursi resulta, cuando menos, atrevido. El problema no es el formato, sino el contenido. La ñoñería depende solo de quien escribe, y esto puedo demostrarlo a través del mismísimo Hitchcock:

Dear Mr. Wilder,
I saw The Apartment the other day. I cannot tell you how much I enjoyed it, and how beautifully made.
I felt this so much that I was impelled to drop you this note.
Kindest regards,
Alfred Hitchcock.”

Decidme: ¿hay en esta carta algún rastro de azúcar? No. Es, sencillamente, elegante, sincera y directa. Esto también desmonta la idea de que las cartas son solo para los enamorados. Pero es que, incluso en estos casos, pueden ser irónicas, ligeras y absolutamente brillantes (para sostener este argumento, preguntad a mis amantes). No se debe confundir lo romántico con lo cursi.

Pero, en fin, qué sé yo… Quizás sea más fácil desear unas buenas navidades a tu familia con una cadena de WhatsApp, felicitar el cumpleaños a tu mejor amiga con una historia de Instagram y declararte al tío que te gusta en un bar con tres cervezas de más. Sí, claro. Y seguro que funciona mucho mejor que lo que hacemos mi examiga, mi tío y yo: invertir en un abrigo de lana y, por supuesto, enviar cartas.

Con cariño,

Carmen Llosa.

PD: Amigos, amores y familia: espero que tengáis guardadas mis cartas y postales. Puede que algún día haga mi propio 84 Charing Cross Road con ellas.

*Teoría de la cáscara de plátano de Nora Ephron: «Si resbalas con la cáscara de un plátano y te caes, la gente se reirá de ti; pero si tú eres quien cuenta a la gente que te has resbalado con la cáscara de un plátano y te has caído, es tu chiste. Entonces te conviertes en el héroe de tu propia historia y no en la víctima».

Carmen Llosa
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