Enamorados del sabotaje – 1 de mayo
Europa se ha acostumbrado al sabotaje. Ya no extraña que, para explicar un apagón, se piense en un boicot. Tres gasoductos y cuatro cables eléctricos y de telecomunicaciones submarinos han sido cortados o dañados desde 2022. Los únicos que hasta ahora se ha comprobado que han sido deliberadamente destruidos fueron los gasoductos NordStream y Nordstream 2, que transportaban gas ruso a Alemania. Gobiernos, espías y medios occidentales rápidamente acusaron a Moscú de hacer volar su propia infraestructura. Era demasiado burdo, pero fueron con ello. Dos años y medio después, las mayores potencias de Occidente no han sido capaces de determinar quién destruyó NordStream. La guerra tiene caprichos, desastres y disparates.
A la destrucción real del Nordstream, que dejó una huella visible de espuma en el mar Báltico, han seguido otros ataques más o menos imaginarios. Como el de noviembre de 2024, cuando seis países europeos acusaron públicamente a Rusia de dirigir una «flota fantasma» de buques que andaban cortando cables submarinos de países de la OTAN y la Unión Europea. Las autoridades detuvieron a capitanes y barcos rusos, pero meses más tarde, el Washington Post publicó que ni Estados Unidos ni Europa habían conseguido demostrar el boicot. Más bien, las investigaciones apuntaban a accidentes causados por barcos viejos y tripulaciones ineptas. Lo fantasmagórico era el sabotaje.
El país que mejor ha utilizado el sabotaje recientemente no es un enemigo de Occidente, sino su portaaviones en Oriente Próximo. Israel es un especialista en el arte de sabotear a sus enemigos. Como cuando consiguió introducir el virus Stuxnet en el programa nuclear iraní: el gusano cibernético se hizo con el control de 1000 máquinas centrifugadoras, y les dio la orden de autodestruirse. Israel golpeó el corazón de Hezbolá haciendo estallar sus buscas, y también está detrás del software Pegasus, utilizado por gobiernos para espiar a opositores, activistas, o periodistas. Y a veces a los propios amigos, cumpliendo la máxima de Vito Corleone. El conocimiento del secreto es un sabotaje preventivo.
El sabotaje seguramente nació con la guerra, pero floreció con la revolución industrial. Era un arma en manos de los trabajadores explotados. Sabots, se llamaban en francés los zuecos que los trabajadores tiraban a las máquinas para detener la producción. En la Primera Guerra Mundial, los alemanes profesionalizaron el arte de sabotear la industria del enemigo, y Lawrence atacó tanto la línea ferroviaria Damasco – La Meca que los turcos tuvieron que renunciar a ella. Diversant, se denomina en ruso y ucraniano a los saboteadores. En los primeros días de la invasión, todo el mundo en Kiev hablaba de ellos. Pero eran como en Sabotage, la canción de los Beastie Boys: un mirage, un espejismo.
Extramuros es una columna informativa de Efecto Doppler, en Radio 3

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