Entre dos mujeres y el espectáculo: «Secretos de un escándalo»
Secretos de un escándalo (Todd Haynes, 2023) es un melodrama al revés. La femme fatale es la heroína y el ángel del hogar la antagonista. Los secretos más oscuros (y el escándalo mayúsculo que supone revelarlos) son una parte integral del primer acto, conocidos desde la primera escena, y pierden fuerza narrativa conforme avanza la película. El juego de identidades entre las protagonistas, retorcido y difuso para ellas, surge de manera natural y previsible, una pieza integral de la historia que no supera las expectativas comunes de la audiencia. Y, como punto crucial, en contraste con la rígida fábula moral que suele venir con este género, nadie parece sufrir ningún castigo para el clímax del film (aún cuando varios se lo merecen) y las muy apacibles vidas de los personajes se quedan más o menos como en el principio.
Por supuesto, cada una de estas decisiones parece haber sido cuidadosamente insertada por Samy Burch en su guion (con ecos a Bergman, Almodóvar y Fassbinder), en una sutil y sensual deconstrucción del género. Hablamos de una película muy consciente de sí misma y los convencionalismos que replica. Tiene sentido, entonces, que Todd Haynes, acaso el más consciente de todos los cineastas de melodramas contemporáneos, haya asumido la dirección del film. En su Lejos del cielo (2002), Haynes recupera la intensidad del tecnicolor de los cincuenta y propone un romance que confronta prejuicios de clase y de género con referencias a Douglas Sirk y el Hollywood de la posguerra. En Velvet Goldmine (1998) y Superstar: The Karen Carpenter Story (1987), se apropia del dispositivo melodramático y del culto a la celebridad para inspeccionar el ascenso y caída de figuras queer como Karen Carpenter y David Bowie. Y, como no, su Carol (2015) utiliza el recurso del melodrama como pastiche para evocar la sensualidad de los años cincuenta a partir del juego de miradas entre las dos mujeres protagonistas.
Haynes hace un cine de puesta en escena repujada y empaque ostentoso, de detalles y riqueza simbólica, un cine que evoca distintas emociones contrariadas a partir de un intoxicante sentido de la nostalgia y cierto tono melancólico, personaje y entorno íntimamente entrelazados por distintos sentidos y una comprometida composición visual: los decorados, el vestuario, el maquillaje y el trabajo de peluquería, los rostros de las protagonistas en primer plano, la música estridente, los juegos de planos de la cámara y las ataduras del montaje. Secretos de un escándalo replica esta misma fórmula, pero con un giro crucial: es una película que, a diferencia otras cintas de Haynes, no se siente particularmente atada a su tiempo. Todo lo contrario: la historia de una mujer que quiere jugar a ser otra en la pantalla, unidas por un escándalo del pasado, podría suceder en cualquier lugar y a cualquier persona. La presencia del melodrama, entonces, a diferencia de otras películas, no centra el film desde un espacio histórico y sus limitaciones, sino que, como contraste, lo lleva a cierto plano atemporal, disonante, como dispositivos que no cuajan del todo: una película de autor atrapada en una telenovela.
Tiene sentido que el cineasta decida filmar así si es que consideramos que, a la larga, esta es una película sobre las disputas de la representación, el arte como juicio moral, la intuición del espectador (sesgada y limitada por su propia naturaleza) como única evidencia para realizar dicho juicio. En el film, la testigo principal es Elizabeth Berry (Natalie Portman), una actriz de éxito razonable en Hollywood que viaja hasta un pequeña ciudad en Georgia para investigar su nuevo papel. Elizabeth interpretará a Gracie Atherton, quien, 24 años antes, cuando ella tenía 36, fue descubierta teniendo un amorío con uno de los amigos de su hijo, Joe Yoo, cuando este tenía apenas 13 años. Por supuesto, Grace pasó un tiempo en la cárcel, pero al salir se casó con Joe e inició una nueva vida, en el mismo pueblo. Ahora Joe tiene 36 y es padre de tres hijos, la mayor en la universidad y los otros dos, mellizos, a punto de acabar el colegio y dejar a sus padres solos.
La investigación de Elizabeth implica compartir el mayor tiempo posible con Joe (un fantástico Charles Melton) y Grace (una muy infravalorada Julianne Moore) en su lujosa casa junto a la pradera. No conforme con eso, la interprete se pasea por el pueblo recogiendo distintos testimonios sobre el escándalo: se cita con el exesposo de Grace y con su hijo mayor en una cafetería local; visita la tienda de animales en la que Grace y Joe solían encontrarse a escondidas del resto; visita el colegio de los mellizos; revisa material de archivo de la época del crimen e insiste en realizar las mismas preguntas una y otra vez. Por algún motivo, Grace, quien dirige su casa con puño de hierro, permite que Elizabeth se siga inmiscuyendo en su vida: le abre las puertas cuando le plazca, le deja comer con ellos y le ofrece su amistad. ¿Acaso se trata de un intento desesperado por buscar la redención a través del cine? ¿Se trata de cierta obsesión con el espectáculo como medio de escape a su anodina vida como ama de casa? ¿Es una manera de ejercer control sobre alguien más (algo que disfruta mucho) a la vez que retoma el control de su propia historia desde la ficción?
Parece que, en cierto modo, Secretos de un escándalo es una película sobre la provocación. Esto se da, por un lado, por la forma frontal (y sorprendentemente cómica) con la que representa su muy perturbador conflicto central. En la primera escena, antes de saber el tipo de relación entre Joe y Grace, la muy conflictuada ama de casa se sorprende al abrir la puerta del refrigerador y confiesa abatida, como si supiese de la presencia de la cámara, que «se acabaron los huevos», mientras la cámara salta a su rostro en primer plano y la música escandalosa se escucha a todo volumen. Esta es, por supuesto, una escena ridícula, aún más si consideramos el tipo de cotidianeidad que mantienen Grace y su familia. En ese sentido, Haynes constantemente busca provocar a la audiencia y hacerla sentir más incómoda de lo que debería. ¿Qué tan en serio deberíamos tomar la relación de poder entre Joe y Grace? ¿Qué implica la forma en que Elizabeth ejerce poder sobre ambos, al ser la voz autorizada para llevar su historia al cine e imponer un modo de verla en la pantalla?
En cierto diálogo intertextual con la puesta en escena, el guion de Burch es provocador en tanto que sus personajes buscan provocar. En la escena en la escuela, Elizabeth discute sin vergüenza cómo es fingir el sexo en un plató de cine y revela el placer particular que siente al representar a personajes moralmente grises. Por supuesto, Elizabeth le está diciendo esto a adolescentes, menores de edad, y, entre ellos, a los hijos de Grace: una mujer, Mary, se va furiosa al escucharla. ¿Por qué Elizabeth haría algo así sino por el placer de provocar? ¿No es el mismo motivo por que el que Grace decide mantener una fachada de familia normal en el mismo pueblo que le dio la espalda años atrás? ¿Y no es por eso que se deja leer constantemente por Elizabeth, permitiendo que la actriz se pierda en su personaje?
Aun así, lo que hace a Secretos de un escándalo tan provocadora es que, a su manera, sugiere numerosas lecturas y detalles, piezas sueltas que Haynes y Burch dejan para la audiencia; su propia forma de provocar la curiosidad del espectador y desentrañar el porqué detrás de esta historia y los mensajes ocultos que parece haber dejado para ellos. La relación entre Grace y Joe, quien es de origen asiático, sugiere un tipo de control particular, basado en la edad, sí, pero también en la dominación étnica y la regresión de los roles de género. La confesión sexual de Elizabeth en la escuela y su obsesión por «encontrar al adolescente sexy» para interpretar a Joe en su película abre toda una discusión sobre la erotización en el cine y su explotación en cuerpos jóvenes como medio de entretenimiento. La relación entre Elizabeth y Grace empieza a rozar cierta obsesión homoerótica, un tipo de encuentro lésbico a partir de la fusión de dos mujeres en una que recuerda a Persona (1966) de Bergman y sus derivados. Que una actriz joven y bella se apropie y legitime la historia trágica de una mujer de mediana edad insiste en la diferenciación de cuerpos de Hollywood y su obsesión con moralizar a través de la belleza. Y a todo esto se le suman formas de poder que Grace ejerce sobre el resto de su familia: en la mesa le exige a uno de sus hijos que coma más bajo la amenaza de que se enfermará pronto; en una tienda departamental manipula a su otra hija para que utilice el vestido de su preferencia en el baile por cómo le queda (al estar con Joe y Elizabeth, a través de gestos discretos, le impide expresarse libremente y tuerce sutilmente su voluntad).
En ese sentido, desde una puesta de escena difusa y disonante, y a partir de un texto que destaca la ambigüedad y la contradicción, la cinta parece ser, antes que nada, una historia sobre sí misma y el poder ejercido al representarla. Elizabeth, cono cualquier creador, explota a sus sujetos de interés a fin de fusionarse con ellos, restarles agencia y convertirse en una suerte de figura híbrida cercana a la parodia. En una escena bastante cómica (e incluso hasta entrañable), Elizabeth y Grace están juntas en el baño: una actriz que hace de una actriz copia a la actriz que hace de su anfitriona; un curioso y sensual juego de espejos y miradas que la cámara detalla desde una toma continua y el plano medio. Una vez más, una secuencia así no funcionaría si el film se tomase demasiado en serio a sí mismo o si la puesta en escena se pareciera a otras películas de Haynes. Por su propio bien, visualmente Secretos de un escándalo está más cerca de una película para televisión de Lifetime que de un film del Hollywood clásico.
Sospecho que una película así está condenada a tornarse de culto. Hay algo especial, incluso subversivo, en un film con dos mujeres protagonistas que empiezan a obsesionarse a sí mismas y con un tercer protagonista masculino, pasivo y hasta sumiso, que se torna el canal de comunicación entre ellas dos. Entre tantos niveles textuales superpuestos y giros de trama, parece que Burch y Haynes han conseguido realizar cierto comentario honesto sobre el carácter paródico que se le ha asignado a la identidad femenina y lo difícil que es escapar de él por completo. El cine parece replicarlo y así también el escándalo.
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