Esta canción desactiva fascismos

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¿Alguien nombrará un día a VOX en una canción? ¿Tendrá la extrema derecha marca España su trovador? En una sociedad ideologizada la ironía sería suficiente para desactivar el simplista mensaje anti-inmigración y anti-libertario patriotero. No parece serlo hoy. ¿Quién grabará los himnos de las manifestaciones del mañana? ¿Quién, desde la cultura popular, agitará las reivindicaciones del siglo XXI?

Ahora, el líder sindical grita cuando cierran las plantas de misiles

United Fruit grita en la costa cubana / llámalo Paz o llámalo traición

llámalo amor o llámalo razón

Pero ya no voy a desfilar nunca mas.

Phil Ochs, I ain’t marching anymore

Érase una vez un tiempo oscuro, en el que las fuerzas del mal lucharon por hacerse con el control del mundo. Perdieron y aun así el mundo quedó dividido en dos. A un lado, el tenebroso y asfixiante telón de acero, con los siniestros dictadores comunistas de la Europa del Este y China. Al otro lado, el mundo libre comandado por los norteamericanos, no menos perversos apóstoles de la economía liberal y el sálvese quien pueda, democrática votación mediante.

Quedaran donde quedaran, a un lado u otro del espejo, siempre hay inconformistas, librepensadores, idealistas. Algunos cantautores. De una forma militante, ya Woody Guthrie, folksinger, había utilizado la música como un arma política. La inscripción de su guitarra rezaba: esta maquina mata fascistas. Y aunque nunca ha quedado probado el poder de una canción para cambiar el mundo, seguro que ha servido para dar a conocer (en una época sin Internet) masacres, guerras, crímenes contra la humanidad; en resumen, injusticias. Woody vivió el crash de 1929. Vio nacer el New Deal, una involución en los derechos de la clase trabajadora. Y con su voz y su guitarra atravesó Norteamérica sufriendo la misma explotación, el mismo hambre que los desheredados, las mismas jornadas extenuantes por un misero salario. Y lo denunció en sus letras utilizando incluso figuras literarias representativas de la Gran Depresión, como la de Tom Joad, protagonista de Las uvas de la ira de John Steinbeck; denunció las leyes de inmigración en Deportee, la desigualdad de oportunidades; el racismo en All you fascists, en la que nombra a Jim Crow promotor de la ley de segregación racial; la condena a la miseria de los jornaleros en This land is your landA la sombra del campanario vi a mi gente, en la oficina de socorro vi a mi gente; mientras estaban allí con hambre, me preguntaba: ¿Esta tierra está hecha para ti y para mí?»); ensalzó a los sindicatos y su poder en temas como Gonna join that one big union o Gonna roll the union on; y muchas más en un repertorio inabarcable.

Herederos de Woody Guthrie fueron Phil Ochs o Bob Dylan (en su primera época). Y otros muchos autores englobados en la llamada canción protesta. Aunque cuando se alude a personas con nombre y apellidos deberíamos hablar mejor de canción denuncia. Dylan, en Talking John Birch paranoid blues, con un mensaje cargado de ironía arremete contra la Sociedad John Birch, una organización parafascista de anticomunistas radicales. Sin olvidarse de George Lincoln Rockwell, fundador del Partido Nazi  Americano: «Ahora, Eisenhower, es un espía ruso, Roosevelt, Lincoln y Jefferson lo mismo. Para mí solo hay un hombre que sea un americano verdadero, George Lincoln Rockwell. Sé seguro que odia a los comunistas porque boicoteó la película Éxodo». Y remata la canción con una visión muy acertada de lo que significa unirse a grupos que basan su ideología en la paranoia: acabarás tan paranoico como ellos. «Bueno, finalmente empecé a pensar: cuando se acaben las cosas que investigar, no me puedo imaginar haciendo otra cosa, así que ahora estoy en casa investigándome a mí mismo. ¡Espero no encontrar nada…Dios mío!».

Pero si hubo un hito en el convulso siglo XX que alimentó la canción protesta fue la guerra de Vietnam. Eran los años sesenta, el rock empezaba a formar parte inseparable de la juventud americana y la televisión metía en todos los hogares estadounidenses imágenes del napalm arrasando en llamas la jungla, de los ataúdes de plomo retornando a casa con los cadáveres de muchachos, hijos y hermanos de sus vecinos. Así que, a la vez que una generación salía a la calle a decirles a sus políticos que esa no era su guerra, numerosos cantautores lo reflejaron en sus canciones. De Masters of War de Dylan a Ohio de Neil Young (sobre la represión de la Guardia Nacional a una manifestación de estudiantes en la Universidad de Kent que terminó con cuatro muertos); de Eve of destruction de Barry McGuire a Gimme Shelter de los Rolling Stones, por nombrar algunas de las mejores. Son miles y van de la sencillez de Sam Stone de John Prine, voz y guitarra, al War de Edwin Starr, con orquestación funky, coros, vientos y percusión.

En España, donde el fascismo sí ganó la guerra y asentó su dictado en cuarenta años de formación del espíritu nacional y exaltación de la raza, con el aderezo sui generis de una poderosa Iglesia católica amancebada con el poder, sin olvidar la Sección Femenina, los primeros balbuceos de canciones denuncia eran, por necesidad, disimulados; había que leer entre lineas. Paco Ibáñez fue el más insigne: exiliado en Francia, su disco en el Olympia de París, prohibido en la reserva espiritual de Occidente, iba pasando de mano en mano como una reliquia protegida. A galopar, de Rafael Alberti; Déjame en paz, amor tirano, de Góngora; Andaluces de Jaén, de Miguel Hernández; Es amarga la verdad, de QuevedoLa poesía es un arma cargada de futuro, de Gabriel Celaya… El disco de Paco acunó la adolescencia rebelde y militante de un par de generaciones nacidas en plena dictadura.

Sin embargo, aunque por supuesto entre canción y canción hablaba del Generalísimo y sus proezas, en los poemas que cantaba no solían aparecer nombres. Una excepción es Soldadito boliviano, un poema de Nicolás Guillén: «Soldadito de Bolivia, soldadito boliviano armado vas de tu rifle, que es un rifle americano (…). Te lo dio el señor Barrientos, (…) regalo de Mr. Johnson, para matar a tu hermano (…). No sabes quién es el muerto, soldadito boliviano, el muerto es el Che Guevara, y era argentino y cubano (…)». Barrientos era el presidente boliviano en 1967, un militar represor de mineros y obreros que dio un golpe de Estado. Johnson es Lyndon B. Johnson, presidente de los EEUU tras el magnicidio de John F. Kennedy. Ambos fueronafueron para ejecutar al mito de la revolución cubana.

Muerto el dictador gallego y consumado su testamento monárquico, parecía que el tiempo de la canción protesta había terminado, como si una democracia incipiente y mezquina hubiese borrado la injusticia, la desigualdad y las clases sociales. Las reivindicaciones parecían haber pasado a mejor vida, ya se podían dedicar a disfrutar de la vida. Hubo algunos cenizos como Javier Krahe o Chicho S. Ferlosio, anarquistas de pro, que no parecían estar tan satisfechos con el sistema como lo estaban los políticos, pero en general triunfaba el pop desenfadado (algo así como sin nada en la cabeza), el rock, el sexo y las drogas. El punk revitalizó la escena músico-política, sobre todo en zonas como el país vasco con Kortatu o La Polla Records, Ska-P en el popular barrio madrileño de Vallecas, pero el mundo del cantante protesta parecía no tener escenario más allá de fiestas del Partido Comunista y bares de las Casas del Pueblo, donde triunfaban Pablo Guerrero, Adolfo Celdrán o Luis Pastor. Pasaron los ochenta, los noventa, salpicados por alguna voz critica como la de Pedro Guerra o la de Ismael Serrano. Generalmente militantes comunistas.

Y llegó la crisis del nuevo siglo, que hacía suponer una nueva explosión de indignados por el liberalismo caníbal, que tritura carne humana, sangre y sudor para la fábrica. Pero Sacco y Vanzetti murieron hace un siglo y las letras y los plazos del coche y las vacaciones tienen cogidos por el cuello a los trabajadores que ya no sueñan con mejorar sus condiciones de vida. Como en el chiste, la patronal les ha convencido de que lo mejor es quedarse como están, con sueldos miserables, malviviendo en pisos colmena y oliendo los guisos de los vecinos, que peor es lo otro, lo innombrable, el anarquismo y demás utopías. Así que, exceptuando casos muy concienciados como el de Nacho Vegas, activo en los grupos antidesahucios, que versiona el Love me, I’m a liberal de Phil Ochs (una composición sarcástica que salpica aquí y allá nombres de políticos republicanos estadounidenses y que Nacho cambia por Aznar, Felipe, Zapatero y periodistas como el ultraliberal Jiménez Losantos en Ámenme, soy un liberal del disco Canciones populistas), se echa de menos en nuestro país un Tom Morello que con sus Rage Against the Machine den caña al antihumanismo de Wall Street.

Entonces, ¿hacia dónde fue la critica social y política en la música? Al rap. A Los Chicos del Maíz, El Chojin, Pablo Hassel; sin el impacto mediático que tuvieron los cantautores en su tiempo, porque están marginados en los mass media y tienen que utilizar canales alternativos, aunque masivos también en esta época, como Youtube. Así que ya sabéis donde escucharéis hablar sin pelos en la lengua de Santiago Abascal, del retroceso en libertades, de la carcunda, del reaccionarismo, del neofascismo; tendrá que ser en un rap o no será. El rap sigue siendo una música marginal sin la penetración del rock o el pop, por lo que el tiempo dirá si queda de modo testimonial o influirá en los votos del futuro. ¿Que tiene un punto de demagogia? Puede ser, pero qué mensaje político no la contiene, si lo que se busca en este simulacro de democracia que vivimos son votos. A cualquier precio.

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