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Fugaces escribas sin rastro – 13 de marzo

El servicio postal de Dinamarca va a dejar de entregar cartas a finales de este año. Se acaban cuatro siglos de servicio postal. Los mil quinientos buzones que hay en el país también van a desaparecer. El gobierno danés trata de tranquilizar a los pocos ciudadanos inquietos, en su mayoría gente mayor a la que no se le da bien operar en digital: podrán enviar y recibir cartas (citas médicas, vacunas, ayudas sociales) a través de empresas privadas. Pero ya no hay marcha atrás: hoy solo se envía el diez por ciento de las cartas que circulaban en el siglo XX en Dinamarca. El negocio ya no es rentable, dice la empresa pública PostNord, que va a despedir a un tercio de la plantilla. Lo moderno es el desempleo.

En Alemania también hay despidos en el sector postal. Deutsche Post va a echar a 8.000 de sus 187.000 empleados. Lo hará de una manera «socialmente responsable», asegura la compañía, o sea, con dinero: conviene evitar protestas. El mundo se está despidiendo de las cartas sin ceremonia: no hay pompa ni piedad, simplemente desaparecen sin hacer ruido. Con los periódicos hubo más fanfarria. Se creen tan importantes. Pero la importancia del fin del diario impreso es la desaparición del quiosco, punto de encuentro y socialización del barrio. Y, sin quiosco, importan menos las portadas, efímeras verdades de la jornada: el día se ha hecho demasiado largo. La verdad, también.

Las cartas han sellado pactos, declarado amores y odios, explicado conquistas, derrotas y traiciones. La primera carta escrita a mano se la atribuyen a Atosa, reina persa, esposa de Darío y madre de Jerjes, pero ya en la Ilíada el héroe Belerofonte transportaba una carta (en la que, sin él saberlo, se pedía que le dieran muerte). Hernán Cortés escribió las cartas de relación al emperador Carlos: y le contaba sobre Cozumel, después llamado Yucatán, «sin ser lo uno ni lo otro». Al conquistador español le importaba contar su verdad, aunque fuese sangrienta, porque lo escrito es lo que permanece. Los historiadores del mañana no contarán con esos vestigios, ni siquiera los falsos.

El futuro de los correos electrónicos es una incógnita. Como el de los mensajes en Whatsapp, Telegram, Twitter o Instagram. Por ahora están almacenados en servidores cuyo paradero tratan de ocultar sus propietarios. Tampoco está garantizado que alguien los apague de pronto, borrando en el apagón todas esas bellas o sucias palabras, que ya no podrán volar en mil pedazos al viento, cuando no queden fuerzas para contestar. «Mi biografía son mis cartas», decía Unamuno, que aspiraba a la inmortalidad, sin sospechar que las vidas del porvenir serían bios, perfiles con buzones virtuales: fugaces escribas que no dejarán rastro.


Extramuros es una columna informativa de Efecto Doppler, en Radio 3

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Víctor García Guerrero
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