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Indignación derrotada – 5 de junio

 

El aniversario del 15-M ha pasado y pocos se han enterado. 14 años después de que decenas de miles de personas tomaran las plazas de las ciudades en España, el episodio apenas ha tenido quien le escriba. Lo mismo ha ocurrido este año en Egipto, donde empezó la revuelta contra Mubarak en Tahrir, para acabar con Al Sisi de presidente. O en Túnez, el país pionero: el vendedor de fruta que se inmoló por el precio del pan está ya enterrado bajo un presente islamista y reaccionario. O en Nueva York: Occupy Wall Street parece un sueño, ahora que Trump y sus halcones gobierna calles, campus y redes. La contrarrevolución ha ganado.

Si es que hubo revolución. Vincent Bevins lo discute en Si ardemos, un ensayo que intenta responder a la pregunta de por qué no sólo la indignación fracasó, sino también por qué ha dado lugar a un tsunami reaccionario. Un ejemplo: Brasil. Allí la gente protestaba por el precio del transporte público. Pero enseguida las protestas las dirigieron contra la corrupción y terminó pagándolo el gobierno progresista de Dilma Rouseff. La patronal les financió y a la presidenta la tumbó una turbamulta de diputados oportunistas, ultraderechistas y mesiánicos. Uno de ellos, Jair Bolsonaro, sería presidente. Pior que tava… ficou.

A siete de las diez grandes protestas analizadas por Bevins (no cuenta ni Sol ni Podemos) les faltó alternativa y representación. Y suspicacia. En Turquía, Twitter sabía antes que Erdogan lo que iba a pasar en Taksim. En Chile, Facebook tenía las claves de los estudiantes. Como en la Ucrania del Euromaidán. Y en Brasil, Youtube conocía con antelación los mensajes de Anonymous. Las redes estadounidenses fueron, en realidad, las grandes triunfadoras de las revueltas de la década. Y desde Snowden, sabemos que esas mismas redes suministraban su información a la CIA y al Pentágono. Algunos indignados han sacado lecciones: no existe el vacío político; y siempre hay una mano que mece la cuna.

Según Saint-Just, la revolución necesita instituciones: sin ellas, «la fuerza de una República depende o del mérito de unos frágiles mortales o de medios precarios». Saint-Just acabó sin cabeza, como su líder Robespierre. Podría haber terminado de otra manera, porque la Francia revolucionaria estaba escribiendo su destino. Esteban Hernández, en El nuevo espíritu del mundo, defiende que el derrotismo es un arma del poder. El título de su libro recuerda a Hegel, que creía que el espíritu del mundo era Napoleón entrando vencedor a caballo. Bonaparte murió en una isla perdida del Atlántico y al espíritu de Hegel lo vapulearon sus alumnos materialistas para dar forma al porvenir.


Extramuros es una columna informativa de Efecto Doppler, en Radio 3

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Víctor García Guerrero
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