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La expresión de un dilema: filosofía de la muerte en «Un hombre soltero»

 

Si me pregunta, le diré que cada cual muera como quiera. Ni usted ni yo escogimos vivir, así que no habrá abogado que encuentre un documento que diga que tenemos que tragarnos esto. ¿Esto? Usted me entiende. La declaración de la renta, el rollo de papel higiénico que se acaba, no recordar dónde se ha aparcado el coche, que se rompa la galleta al mojarla en el café… Y más cosas, claro. El desamor, por ejemplo. La insuficiencia. La idea de que, llegue usted adonde llegue, nada le espera al otro lado más que un camino muy parecido al que acaba de recorrer. Solo que es otro más, y ya van pesando los años. El hastío. Esa certeza en el fondo del pecho que le asegura que esto es todo, que la cosa no va a ponerse mucho más emocionante, y que, si lo hace, durará lo justo para que se acostumbre usted y luego deba vivir con el recuerdo de tiempos mejores.

Pero con esto me refiero, sobre todo, al despertar. Seguro que le ha pasado alguna vez: suena el despertador, abre los ojos y, durante unos segundos, no ve su dormitorio, sino el día que le espera, y no le apetece vivirlo en absoluto. Algo así le ocurre a George Falconer, protagonista de Un hombre soltero (2009), la ópera prima de Tom Ford. A George lo conocemos soñando con su novio recientemente fallecido en un accidente de coche. En dicho sueño, le da al difunto un beso en sus labios inertes, el inferior de los cuales presenta una mancha de sangre seca, y despierta, solo para encontrarse en su cama con un bolígrafo cuya tinta se ha derramado y le ha dejado una marca en el mismo lugar en el que su pareja presentaba la sangre. Esto parece romperle, y un plano cenital de tonos fríos lo subraya. Entonces escuchamos su voz en off hablando de lo que comentábamos hace un momento: «El despertar comienza diciendo Soy y ahora. Durante los últimos ocho meses, despertar ha sido doloroso. La fría certeza de que aún estoy aquí me invade lentamente».

Porque la certeza es fría, sí, señor. No para todos, quizá, y no siempre. Pero lo es, más allá de lo que sea para cada cual. Que nadie le quite su derecho a la desesperación. El propio George Falconer dice «Siento como si me hundiera. Como si me ahogara. No puedo respirar», y lo dice, creo yo, porque no es Dios quien aprieta pero no ahoga, sino el ayer, la suma de todos los ayeres. Eso es lo que pesa al despertar. En su parlamento de apertura, nuestro protagonista se queja de lo irritante que le resultaba que su Jim, perdido y llorado, fuera siempre tan feliz, y afirma: «Yo solía decirle que solo los tontos reciben el día con una sonrisa, que solo los tontos podían escapar de la simple verdad de que ahora no es solo ahora; es un frío recordatorio de que ha pasado un día desde ayer, un año desde el año pasado, y de que tarde o temprano, llegará». Y ahora podría usted preguntarme: ¿llegará qué? Bueno, no se especifica, así que no seré yo quien pontifique sobre las intenciones del guionista. Sí le diré que en la novela homónima en que se basa nuestra película, el autor Christopher Isherwood es algo más claro. Pero eso queda fuera de nuestro film, así que el señor Isherwood puede decir misa. Digamos, solo por el momento, que George Falconer habla de la muerte.

Pero la muerte no es la misma para todos, ni lo ha sido en todos los momentos. La historia transcurre en la década de los sesenta en Estados Unidos, durante la crisis de los misiles; mal momento y mal lugar para ser homosexual. O mujer. O persona racializada. O extranjero de casi cualquier tipo. Y no es que haya cambiado mucho la cosa (hoy ha dicho Donald Trump que no sé qué), pero tal conciencia tiene George del peligro social y existencial que corre que objeta, respecto a la casa que va a comprar con Jim, que es casi toda de cristal. Todo un mundo expuesto para una sociedad que no mira. Aunque esto puede decirse de casi cualquier ámbito, de forma más o menos alegórica. En lo que a George concierne, se dan ambos extremos: su vida es transparente para todos, incluidos sus vecinos de enfrente, cuyo cabeza de familia insulta su orientación sexual cuando nadie lo oye, pero a la vez, nadie le presta demasiada atención. Ni siquiera los alumnos universitarios ante los que imparte clase, con alguna excepción de la que luego hablaremos. Su impacto en el mundo se antoja relativo. Como si se deshiciera, como si su vida misma pugnara por disolverse desde tiempo atrás, acaso desde que abandonara su Inglaterra natal, que rememora más adelante junto a su amiga Charlotte, o quizá desde el propio nacimiento. Cabe suponer que Jim evitaba el derrumbe. Qué diablos: para George, tal vez incluso justificara los despertares.

Sin embargo, atendiendo ahora a la otra acepción de la transparencia, George se presenta ante el mundo como un reflejo de sí mismo, una sombra sin origen, un avatar para que cada cual vapulee, halague, cuestione, moleste o agasaje según el día. Él lo recibe con la indiferencia que a menudo, y sobre todo en estos tiempos, se confunde con estoicismo. Pero a nosotros nos confía: «Por las mañanas me lleva un rato convertirme en George. Necesito un rato para adaptarme a lo que se espera de George y cómo debe comportarse. Para cuando me he vestido y dado la última capa de brillo al algo acartonado pero casi perfecto George, sé muy bien cuál es mi papel». Profesor, vecino gay confinado en los límites de su casa de cristal so pena de ostracismo (y cosas peores), amigo, compañero de trabajo… Papeles. Solo interpreta papeles. Yo lo hago. Seguro que usted también, pero no hace falta que me lo cuente a mí.

Únicamente lo saco a colación por aquello de que la muerte no es igual para todos. A unos, como a Jim, les sobreviene en forma de accidente automovilístico. A otros, como a Kenzaburō Ōe, los encuentra después de ochenta y largos años, un Nobel y tres o cuatro anécdotas. Y a algunos, como a George, no tiene que ir a buscarlos.

Buen momento para comentar la premisa de Un hombre soltero: George ha decidido que ese día, en el que transcurre toda la película, sea su último día. Por la noche, se suicidará. Nos dice: «Por primera vez en mi vida, no veo mi futuro. Cada día que pasa discurre entre la bruma. Pero hoy he decidido que sea distinto». Y tan distinto, aunque ojo: no confundamos querer matarse con querer morir. Lo primero es el despertar de la razón; lo segundo es la vigilia del combate. En ese combate vive George, que confiesa: «Al mirarme al espejo, lo que veo en él no es tanto mi rostro como la expresión de un dilema: «Solo tienes que pasar el maldito día”». Ahí tiene cada cual combate para rato. Claro que los días de George cuentan también con buenos momento. La película los subraya mediante un incremento en la intensidad de los tonos cálidos. Ocurre por primera vez cuando interactúa con una administrativa a la que califica de lozana, y que le sonríe con un rojo de labios que la película enrojece aún más. Estos instantes de inspiración se repiten a lo largo de la historia, a menudo acompañados por la elefantiásica banda sonora de Abel Korzeniowski. Los traen por igual los fox terrier de pelo liso y los tenistas semidesnudos cuyos torsos esculturales baña el sudor. Aunque lo primero tiene truco: cruzarse con esa raza de perro le recuerda a los dos que tenía él con Jim, y digo tenía porque iban con la víctima cuando se encontró con la parca en el accidente. Sin embargo, y para desconcierto tanto suyo como mío, junto al cadáver del fallecido solo se halló el de uno de los perros. Qué ocurrió con el otro se presta a especulación.

La cuestión es que la vida de George no carece, como digo, de buenos momentos. Pero lo trágico de los buenos momentos es que uno nunca reúne la determinación para matarse en ellos. Todo sería más fácil si cualquier velatorio pasara por quitarle al muerto las serpentinas bajo las que decidió eyectarse de la existencia. Para George, el futuro del que habla, ese que dice que transcurre en una bruma, es una pregunta respondida a destiempo. Él está cansado de llegar tarde a su propia vida, por aquello de que prepararse para ser una sombra de sí mismo le lleva mucho tiempo. Las lecciones que uno extrae a lo largo de su periplo por el mundo pueden sintetizarse en una: no vale la pena buscarlas. No obstante, George es profesor universitario y sus alumnos tienen preguntas. Cuando lo vemos plantarse frente a ellos y sentarse en la mesa con el libro Muere el cisne después del verano, de Aldous Huxley (1894-1963), digiere con angustia las divagaciones de sus alumnos. Unos dicen que ciertas frases empleadas por el señor

Huxley en la obra sugiere que era antisemita. Otros creen que no requiere ni merece exégesis tan plomizas. A George le importa poco lo uno o lo otro (y eso es teoría mía), si bien se ocupa de desmentir lo primero. Huxley no es antisemita, afirma. El autor de la novela en cuestión habla del miedo. En este momento, intuirá usted que se aproxima un gran discurso porque el profesor se pone en pie, deja el libro a un lado y camina por la sala, afirmando que el miedo vertebra las vidas de todos. «Es la forma de los políticos de vender políticas, y para los publicistas de vendernos cosas innecesarias», afirma. Luego añade que el miedo a ser atacados está en todas partes, porque, no lo olvide usted, estamos en plena crisis de los misiles en Cuba; pero se podría apostillar que el ser atacados no se refiere solo al ámbito de los cacharros que explotan. Porque, en el discurso a sus alumnos, George habla también del miedo a las minorías, siempre que estas puedan pasar desapercibidas si así lo desean. Minorías como los judíos, o, para su caso, las personas homosexuales. Y, puestos a apostillar, apostillo que uno de sus alumnos, Kenny, le escucha atentamente, llegando incluso a generar en George uno de esos momentos en que los colores cálidos se intensifican como si alguien se hubiera caído sobre el filtro del ordenador.

Hagamos un alto para hablar de Kenny. Kenny es un muchacho guapete; hasta ahí bien. Mide más o menos lo mismo que las Torres KIO, pero como a George lo interpreta Colin Firth, no pasa nada. Quedan bien en pantalla cuando, tras la clase, Kenny persigue a su profesor y trata de hablar con él sobre temas profundos que George rehúye. Al menos en parte, porque el subtexto sexual se va haciendo cada vez menos subtextual (disculpe el trabalenguas). Concluida su conversación, que los lleva hasta la copistería de la universidad, Kenny le regala a su profesor un sacapuntas de su elección, y George escoge uno amarillo. Esto sorprende al pupilo, que pensaba que optaría por uno azul, porque «¿no es el color más espiritual?», a lo cual replica George que el propio Kenny ha comprado uno rojo, que simboliza «montones de cosas: ira, lujuria…». Él sonríe: «No me diga».

Pues este es Kenny. Claramente, le gusta George, tiene un flequillo que a mí me quedaría fatal y monta en moto con gafas de sol. Pero lo más importante es lo de que le guste George, y lo es porque George, en su empeño de suicidarse esa noche, tiene el día muy apretado: ha quedado con su amiga Charlotte, se ha tomado pastillas con un buen trago alcohólico a palo seco y ha recogido su despacho sin planes de retorno. Kenny, que lo ha notado, para a George cuando este está en el coche, dándole un susto de muerte. Que le invita a una copa, dice, «porque creo que tal vez le gustaría, y porque parece usted necesitar un amigo». Vuelve el filtro cálido a recargar la pantalla y George admite: «Tal vez tengas razón».

Importante admisión esta. El sentimiento de alienación en el que existe George, sea más o menos justificado, es parte del ahogo que nos describía al principio de la película. Tal ahogo puede entenderse como ansiedad o como un grito sordo, pero se nos representa con imágenes del propio George bajo el agua, pugnando por salir de un mar inmenso. Piense que, si puede usted ver los límites de algo, ese algo es terrible. Solo el infierno necesita paredes. Así que tal vez esa inmensidad sea relativa. Pero no nos adelantemos.

Para nuestro protagonista, el infierno consta de veinticuatro horas diarias (menos algunos minutos robados con colores cálidos) y muchas interacciones cargantes. Que le llamen a uno realista o deprimido depende de la velocidad con la que se levanta de la cama, y a George, como hemos visto en la escena inicial, le cuesta. Esto lo exuda en sus formas, pero solo lo perciben aquellos que comparten con él cierta sensibilidad. Kenny es un ejemplo. Kenny quiere hablar con él, tanto para que lo ayude como para ayudarlo. Otra manera de hacerlo sería la de su amiga Charlotte, a la que ya he aludido un par de veces, con la salvedad de que la pobre Charlotte está tan perdida como George. Cuando se reúnen, se revela entre ellos una complicidad liberadora, basada quizá en que tuvieron un idilio en su tonta juventud, o quizá en que comparten la misma asfixia solitaria y el mismo gusto por los deseos irrealizables. Con Charlotte, George discute, bebe y fuma cigarrillos de color rosa (que Jim odiaba, no por rosa, sino por cigarrillos, y de los que George, en consecuencia, se ha mantenido alejado casi dos décadas). Es una práctica razonable esa de debilitar la conciencia ante los avances de la melancolía. Y poderosa. En pequeñas ráfagas de embriaguez, uno atisba que no existe su hastío, pues él mismo no existe. Su sufrimiento es el sufrimiento de todo lo demás, y todo lo demás es la prisión en la que uno puede morir, pero no quedarse para siempre. Por ese motivo, tras la velada de confraternización, George se despide de su amiga. Ella intenta besarlo, y él se deja a medias. Después, se marcha con la intención de morir.

Cuando llega a casa, solo le aguarda el tic-tac hasta que decida apretar el gatillo. En ese momento descubre que se ha quedado sin espirituosos, y tira a patitas hasta un bar cercano donde conoció a Jim, Allí aterriza pidiendo, además de bebida, un paquete de cigarrillos. Entonces entra Kenny en el local. Obtuvo la dirección de George de la secretaria y lo ha localizado. Él, lejos de considerarlo siniestro, se alegra de verle y le invita a una copa. El muchacho conversa desde cierta alegría juvenil envuelta en la capa sombría inseparable de todo chaval con un flequillo como ese. Le dice a George que no hay futuro, porque Cuba podría hacerlos volar en cualquier momento. «La muerte es el futuro», dice George. «No es deprimente. Es cierto. Tal vez no sea tu futuro inmediato, pero es algo en común. La muerte es nuestro futuro». Pero entonces, nuestro atormentado profesor se separa de la vía marcada por el revólver que guarda en casa y le suelta a Kenny esa idea que, tras tanto grabarla en tazas del desayuno, huele un poco a cerrado: «Con que, si no se disfruta del presente, no hay gran cosa que sugiera que el futuro va a ser mejor». El muchacho despacha la idea diciendo lo que muchos tenemos en mente: «Eso ya lo había pensado».

En ese momento, cambia de tercio y le confiesa a George: «En realidad, me siento solo casi todo el tiempo. Siempre me he sentido así. En fin, nacemos solos, morimos solos… y mientras vivimos, estamos absoluta y totalmente encerrados en nuestro cuerpo. Es muy raro». Raro sí que es. Le contaré una cosa, ahora que estamos solos: a mí me anonada que, tras siglos y siglos de literatura y vida, aún haya quien se considere apto para existir. En Un hombre soltero vemos distintas aproximaciones a la vida como ese túnel de lavado ruidoso y agobiante en el que mejor habría sido no entrar, con la particularidad de que pocos personajes parecen reparar en su condición. No lo sabemos, claro. Bien podrían estar todos igual que George y tener planes de tanatorio al final de la jornada sin decir una palabra a nadie. Pero, hasta donde vemos, esa singular emoción de aislamiento solo parecen comprenderla George y Kenny, aunque este último conserva todavía la energía vital que el primero ha perdido. El alumno habla con el profesor buscando una vía de escape a su angustia, y no hay mayor evidencia de despotismo que tomarse en serio el propio devenir. Con todo, George no le desea a Kenny que pase por lo que él está pasando, así que trata de ayudar. Y, llegado cierto punto, ni siquiera parece que imposte nada ni que se reserve recurso alguno. Por el contrario, en la ternura de sus palabras y el quiebre de su voz se intuye un ofrecimiento genuino de su propia persona. «¿Sabes?», le dice. «Lo único que ha hecho que todo valga la pena han sido esas pocas veces en las que de verdad he podido conectar con otro ser humano». Kenny sonríe y contesta que tenía un presentimiento sobre él, «el presentimiento de que era un verdadero romántico». Lo es, desde luego, y podría argüirse que los caracteres que están dispuestos a ciertos niveles de tormento son, por naturaleza, románticos. Pero la debilidad nos resulta defendible no por romántica, sino por refleja. Y no me malinterprete: no creo que haya debilidad alguna en los personajes de la película. Creo que son débiles en la misma medida en que somos, todos nosotros, humanos.

Qué vagancia de argumento, ¿verdad? Eso de somos humanos solo lo decimos cuando hablamos de algo negativo. Para la heroicidad no se alude a la humanidad. Resultaría contradictorio, porque pondría a nuestra disposición las más grandes empresas. Como sobrevivir. Hay gente que aguanta hasta los noventa. Yo diría que vivir por compulsión es lo único que explica la vejez. Y dado que toda compulsión es cansancio, se deduce que toda vejez es demacre. Aunque nos ocurra a los veinticinco años, aunque nos ocurra recién nacidos. Ese espíritu está presente en George, en sus rasgos vulnerables, en su voz frágil, en su mirada desgastada. Ante esta existencia, resulta incluso puritano culparle por querer bajar la persiana. En él se revuelve un reclamo de anulación. Los pies le piden huir, las manos le piden golpear. Pero desde fuera se nos enseña a tolerar el sufrimiento y, llegado el caso, a no reconocerlo como tal si se desborda. El equilibrio, nos dicen, está en hacer oídos sordos a uno mismo. Eso es la muerte en vida, hermana pequeña de la redención. Habrá que admitir, entonces, que George no quiera redención alguna y planee pegarse un tiro. No sabe si en la ducha o dentro de un saco de dormir, pero sí sabe que busca la bala. Lo que le separa de ella, en el momento que nos ocupa, es el joven Kenny. Él no ha llegado a sus niveles de desesperación. Bajo su semblante imberbe, se intuye un estrato de esperanza del que, y de esto estoy seguro, él mismo renegaría. Porque, en el fondo, él también es un verdadero romántico.

Entonces ¿qué hacemos? ¿Hay que ser un romántico para contemplar bajarse antes de este autobús con destino a la nada, o hay que serlo para no hacerlo nunca? Decídalo usted. Por mi parte, le diría que ni lo uno ni lo otro. No espere categorizar su agonía para que tenga sentido soportarla. Y si no siente agonía alguna, tampoco se espere a sentirla para equiparse contra ella.

¿Que cómo se equipa? Bueno, esa es la cuestión. Por lo pronto, George palia su sangrado existencial haciendo con Kenny algo «totalmente escandaloso»: ir a nadar desnudos en el mar nocturno que hay en la playa contigua. Al principio, todo es jolgorio y luz de luna. Pero George no tarda en perder pie y empezar a ahogarse. No porque no sepa nadar, entiéndame, sino porque, como hemos visto en tomas insertas a lo largo de toda la obra, lleva mucho tiempo ahogándose en un sentido menos literal. Como poco, hay coherencia en que las olas lo sacudan y le abran una brecha en la cabeza. La diferencia con las tomas alegóricas está en que, en esta escena, Kenny se encuentra ahí para salvarlo. Lo saca del agua y le convence para volver a su casa, donde le curará. La herida, se entiende. La de la frente, digo. Yo qué sé.

Si me permite una opinión, los corazones observadores se distinguen porque jamás cicatrizan una herida. Si la sangre ha dejado de brotar, se encargan de contemplar el corte desde otro ángulo, y bajo la fuerza de su mirada, el dolor renace. Experimentar el mismo sufrimiento una y otra vez concede una perspectiva imposible de adquirir en mil vidas. Pregúnteme si esto es algo que le falta o le sobra a Kenny. Oh, interesante cuestión. Pues le daría respuestas distintas dependiendo del momento de la película en el que me preguntara. Y quizá hiciera yo como George, una vez que él y el muchacho se secan y se sientan el uno frente al otro en el salón: mandarle a por una cerveza. Es una manera como cualquier otra de ganar tiempo. Pero no parece que eso sea lo que hace George. No busca tiempo en ese momento. No busca nada. Bañarse con Kenny, que le saquen del mar que le ahogaba, que le curen la herida, que le permitan desnudarse y decir tonterías las justas… Eso le ha dado algo. Puede que aquella conexión con otro ser humano que, según le dijo al propio Kenny, había hecho que todo valiera la pena. Tanto es así que cuando le pregunta al joven, con una mirada inquisidora, qué está haciendo allí, el chico responde que estaba preocupado por él. «¿Por mí?», dice George. «No tienes que preocuparte. Estoy bien. Estoy muy bien». Sonríe, se reclina en el sofá y duerme el sueño de los justos.

Así llegamos a la última escena, pero antes de pasar con ella, veamos dónde estamos filosóficamente. Un servidor diría que tras cierta voluntad de morir se averigua una mucho más sana: la de extinguirse, la de que no quede ni rastro, la de que el recuerdo de uno no sea contrastable con ningún aspecto de la realidad, la de que quienes piensen en uno lleguen a dudar de si, realmente, alguna vez fue. El problema es que, para alcanzar esa disolución en la nada, tiene usted tres opciones: o bien no nace, para lo cual, ya lo habrá notado, es un poco tarde; o bien se mata, lo cual, aunque comprensible, les granjearía a usted y a los suyos molestias, censuras y, más pronto que tarde, una fregona; o bien desaparece, sin más. Pero no bastaría con que se fuera usted a Indonesia bajo un nombre mitad aleatorio mitad tributo literario, sino que tendría que desaparecer de la Historia. Y he ahí el problema: que la Historia, siendo compartida, lleva un registro que rara vez puede suprimirse. Desde luego, ha olvidado a la inmensísima mayoría de seres humanos que alguna vez existieron, pero a estos no los olvidaron sus congéneres del momento. Para bien o para mal. He ahí la trampa humana.

Podría decirse, por tanto, que estamos en una tautología existencial de muy mal gusto. La realidad es insuficiente, pero eso no la hace menos real, de lo que se deduce que lo irreal, lo falso, debe ser lo completo, y que, por tanto, la meta de todas nuestras vidas es una burda quimera. Hasta ahora, todo claro. Pero ante eso, o tiene usted un regulador de filtro cromático en sus ojos, o deberá entretenerse con los huesos que le lance la existencia. Los hay, ¿eh?, no se crea. Y no tengo que venir yo a decírselo. Si ha llegado hasta aquí, seguro que sabe usted un par de cosas sobre seguir vivo que yo ignoro. La cuestión es que, ya sea disertar sobre Aldous Huxley, tener alumnos sesenteros que se preocupen por usted hasta el punto del erotismo, o fumar cigarrillos rosas con su amiga forrada de laca, algo habrá que hacer. No porque haya, sino porque no hay otra cosa. Más que la muerte, que a eso iba. Lo de matarse siempre está ahí. Igual alguien se lo impide o le disuade, y a su criterio queda ceder. Pero todo esto lo hablamos asumiendo que la idea es no tirar por ahí. Al menos, de momento. ¿Ha oído alguna vez aquello de «no me suicido porque no tengo tiempo»? Pues algo así, pero sin explotarse en el sentido capitalista de la palabra, sino más bien en el de una búsqueda a la que cuesta ponerle adjetivos sin resultar pomposo. Estética es lo que iba a decir. Ya lo sé; perdón.

Las culpas a George Falconer, que es el que saca esto a relucir en la última escena. Resulta que despierta de su sueño y encuentra a Kenny dormido en el sofá y tapadito con una manta. Desconcertado, pacífico y acompañado por la hermosa música de Korzeniowski, se acerca al joven, solo para descubrir que guarda bajo esa manta el revólver con el que George planeaba matarse. Le sobreviene cierto rubor, la vergüenza propia de tener las vergüenzas al descubierto. Pero no tarda en reponerse. Coge el arma del regazo de Kenny, donde este la había escondido para protegerlo de sí mismo, y la guarda en un cajón. Después se acerca a la ventana y una lechuza (o un búho; a ver si ahora me acuerdo de comprobarlo) echa a volar frente a una luna roja y rolliza. George asiente y sonríe. La música calla un momento, y solo se escucha el silencio de la noche, con los grillos de rigor. Después reanuda y escuchamos de nuevo la voz en off de nuestro protagonista: «Unas cuantas veces en mi vida, he experimentado momentos de una claridad meridiana, en los que, durante unos breves segundos, el silencio ahoga el ruido, y puedo sentir en lugar de pensar. Todo parece muy definido, y el mundo claro y fresco, como si todo acabara de nacer».

Acto seguido, le vemos coger las cartas de despedida que había redactado y lanzarlas al fuego. «Es imposible hacer que esos momentos duren», prosigue. «Yo me aferro a ellos, pero se desvanecen, como todo. He vivido mi vida en esos momentos. Ellos me transportan de vuelta al presente, y entonces me doy cuenta de que todo es justo como tiene que ser». Conforme dice esto, rezumando paz su voz y alegre serenidad su cara, se agarra el brazo y se dibuja en él un rictus de dolor. Parece un infarto, pero también es verdad que el brazo que se agarra es el derecho, y ¿en los infartos no era el izquierdo el que presentaba los dolores? Tal vez la película quiera decirnos algo con esto. O tal vez yo ande muy mal de primeros auxilios. Total, que le da un jamacuco justo después de ese kenshō que nos describía y cae como un peso muerto en el suelo del dormitorio. Unos zapatos negros aparecen junto a él. Es Jim, su difunto novio, que, como hizo George al principio de la película, se inclina sobre él y le da un suave beso en los labios. El filtro se enfría, la pantalla se vuelve gris y la voz de George resuelve: «Y así, sin más, llegó».

Equilicuá. ¿Recuerda lo que nuestro protagonista le reprochaba a Jim cuando se levantaba tan alegre que era irritante? Lo repito, para que no tenga que ir a buscarlo: «Yo solía decirle que solo los tontos reciben el día con una sonrisa, que solo los tontos podían escapar de la simple verdad de que ahora no es solo ahora; es un frío recordatorio de que ha pasado un día desde ayer, un año desde el año pasado, y de que tarde o temprano, llegará». Nos preguntábamos al principio de este texto qué era lo que llegaría. Ya podemos dejar de preguntarnos.

Y aquí estamos, una hermosa película después. Pero la vida sigue, en el peor de los sentidos. No para George, que ha encontrado lo que buscaba cuando dejó de buscarlo. Puede que, justo en ese momento, no quisiera morir. La vida tiene estas cosas. Si me pregunta a mí (que no lo ha hecho), yo diría que es la resolución más digna a esta clase de tentativas, porque uno se muere, y no tiene que dar explicaciones de por qué se pegó un tiro. Le dio un infarto con dolor en el brazo derecho; la ciencia lo estudiará en su momento. Pero le dio un infarto y no se hable más. Aguantó lo que duró su vida y el Señor se lo llevó cuando tocaba. Amén.

Eso le cubre a uno de gloria, sobre todo porque entierra sus planes de todo el día. George murió sin matarse, y personalmente, creo que es un alivio, porque, como él mismo señala, los momentos a los que alude, aunque justifiquen el presente (que, por otra parte, es el único momento que vale la pena justificar), no duran, de lo que cabe inferir que nuestro flemático protagonista se enfrentaría a su melancolía poco después. No es que esto tenga nada de malo per se. Simplemente, nos dice que a cada momento le sucede otro, y según lo que contengan respectivamente, se traza una trayectoria así o asá.

También podría verse la resolución de George de sobreponerse al suicidio como un triunfo evolutivo del romántico introspectivo sobre las tentaciones mortuorias de su naturaleza. Vale. Pero eso de la evolución… Sospecho que no hay que evolucionar. Si alguna vez existió tal cosa, está claro que cayó en decadencia hace muchos siglos. Retrocedió sobre sus propios pasos, como si se disculpara. Es responsabilidad nuestra ser consecuentes y entender que es hora de extinguirnos. No necesitamos ninguna catástrofe natural, aunque nos empeñemos en provocarla. Podemos empezar el proceso hoy mismo. En unos cien años, el planeta quedaría despoblado de humanos, y volvería a ser su mejor versión. Eso sería el culmen de la auténtica evolución, aunque no quedase nadie para admirarlo. Supongo que eso le resta valor de mercado. Lo entiendo, pero da pena.

Si tiene que quedarse con algo, quédese usted con esto: no se debe hablar de sufrimiento heroico más que cuando se está a las puertas de la muerte. Solo entonces la conclusión es inminente y podemos reescribir la historia. Hasta entonces, habremos de referirnos a nuestro día a día como resistencia al tedio, y resoplar cada vez que lo mentemos. Entre tanto, bienvenido sea lo que le distraiga, especialmente aquellos momentos en los que comprende usted, con George, que todo es justo como debe ser. Conste que no tengo ninguna objeción a eso. Los que sobramos en la existencia somos nosotros. El fallo de la programación radica en nuestra conciencia, que es la que crea el problema de la insuficiencia, la alienación, la melancolía, y todas estas cosas. De modo que si durante unos breves segundos puede usted salirse de sí mismo para sentir que, en realidad, no existe dolor alguno salvo dentro de su cabeza, habrá superado la condición humana.

Entre tanto, haga palomitas, vea Un hombre soltero cuando le dé el bajón y no se tome todo esto demasiado en serio. Consuélese pensando que, tarde o temprano, llegará.

Pedro Narcob
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3 comentarios

  1. maravillosa película. maravilloso personaje y maravillosa interpretación. Con este análisis profundísimo me doy cuenta de todo lo que se me había escapado. gracias

  2. Un hermoso análisis de una magnífica película, hecho desde una óptica original y que invita a pensar más allá de la propia película. Un gran artículo.

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