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La maldición de Gorg House: «Valor sentimental»

 

Amigos, se termina otro año más y con ello llega la vuelta a casa por Navidad. Los que nos hemos ido volvemos a nuestros lugares de origen juntándonos con nuestras familias, y, como no podía ser de otra manera, salen a relucir los problemas familiares. Justamente de esto trata, quitando la temática navideña, Valor Sentimental (Joachim Trier, 2025), una película que ya lleva sonando fuerte todo este año pero que no ha llegado a los cines españoles hasta el pasado 5 de diciembre.

Un padre ausente, interpretado por el siempre increíble Stellan Skarsgård, vuelve a la vida de sus dos hijas con la intención de grabar una nueva película en la casa familiar en la que quiere que participe su hija mayor, Nora, la peor persona del mundo Renate Reinsve. Con esta premisa, Joachim Trier, que viendo las apuestas ya tiene asegurada la nominación a Mejor director en los Oscars por esta cinta, nos presenta la historia completa de una familia a través de las habitaciones que habita: la casa es un personaje más, y la película se encarga de ir mostrándonos todas sus facetas, todas las historias que ha vivido y que han formado la situación familiar a la que nos encontramos en la actualidad. La casa protege, pero también digiere a sus habitantes (un premio para el que pille la ya segunda referencia a la obra de Shirley Jackson en este artículo) y estos sienten en sus propias carnes los vientos de cambio que se filtran a través de sus grietas, formando un retrato de varias generaciones intentando entenderse las unas a las otras en la capital noruega.

Si en su película anterior, La peor persona del mundo, Trier hacía un retrato de la modernidad centrado en la experiencia personal, las decisiones y lo difícil que puede ser encontrar tu propio camino, en esta ocasión se centra en cómo la familia nos marca, cómo el goteo generacional te da forma desde muy pequeño. Pero, eso sí, no lo hace desde una perspectiva crítica. Y es que esta película, como Trier ya defendió en Cannes, es un viraje completo hacia la ternura, y esto se nota en todas sus escenas. La ternura con la que Trier nos presenta a los personajes es intensa, sin hacer juicios, y mientras en su anterior película el director equilibraba con maestría la esperanza y la desilusión, en esta claramente se decanta por la esperanza, con la necesidad de conectar como hilo conductor.

La llegada del padre con un guion de una película que parece recordar en un primer momento al suicidio de su propia madre, hace que ambas hermanas tengan que replantearse cómo su relación con él ha llegado a ese punto y el efecto que él ha tenido en sus vidas. Porque una de las tesis de esta cinta es que todos somos nuestros padres, excepto nuestros padres, que son sus propios padres. Las similaridades entre Nora y su progenitor son especialmente fuertes, con dos personajes que vemos que solo se pueden expresar a través del poder del arte, en este caso, del cine y la interpretación. Tanto padre como hija intentan escapar de sí mismos a través del trabajo, pero también intentan encontrase entre ellos. No podemos olvidar que mientras él es director, ella es actriz, y hay pocas profesiones que tengan tanta relación como estas.

Por el otro lado tenemos a Agnes, la hermana pequeña e interpretada por la increíble Inga Ibsdotter Lilleaas, que, aunque también participó de pequeña en las películas de su padre, justamente no continuó en esa profesión porque no podía verla como algo separado de él y todos los problemas que eso conlleva. Y es, a través de esta separación, la que ha conseguido mantener una relación más cordial con su padre.

Aviso a navegantes: si tienes hermanos y los consideras una parte vital de tu vida, esta película te va a dejar llorando en una esquina. Lo digo por experiencia propia. Y es que la ternura de Trier se siente más que nunca en las escenas entre las dos hermanas, que son el corazón del filme. La química y realismo que le aportan Renate Reinsve y Inga Ibsdotter Lilleaas a todas sus escenas juntas es lo que, al menos para mí, le da ese verdadero valor sentimental a la película. Especialmente una de sus últimas escenas en las que reflexionan sobre cómo de distintas fueron sus infancias por el mero de hecho de haberse tenido la una a la otra. Dos hermanas que se criaron en las mismas habitaciones, con los mismos padres, los mismos silencios, pero con caminos muy diferentes, y que han logrado que eso no las separe.

El otro gran punto de la película es la interpretación de todos y cada uno de los actores principales. Renate Reinsve brilla bajo el lente de Trier como ya lo ha hecho en anteriores ocasiones, y en esta cinta destaca por su naturalidad a la hora de llevar un personaje como Nora, haciendo una representación de cómo puede ser convivir con la depresión. Stellan Skarsgård es un gigante y ya todos lo sabemos, pero aun así es una proeza que su personaje, un estereotipo de padre ausente, pueda transmitir tanta dulzura. Además, estas últimas semanas nos ha proporcionado uno de los mejores Actors on Actors de los últimos años con su hijo Alexander Skarsgård, y eso siempre se agradece.

Las secundarias no se quedan atrás, con Inga Ibsdotter Lilleaas brillando con una sencillez aplastante, y Elle Fanning, que interpreta a la actriz americana que llega para sustituir a Nora en la película de su padre. Fanning consigue llevar este papel, que puede parecer fácil pero que todos lo que hayáis visto la película sabréis que no lo es, al mismo nivel que sus compañeros, con una sutil interpretación en la que se puede ver por qué es una de las promesas de la industria. Si Trier tiene la nominación a director casi asegurada, me sorprendería que estos cuatro no estuvieran cada uno en su categoría.

En cuanto a la forma, el director mantiene un estilo sencillo pero efectivo, sin necesidad de grandiosidad ni efectos para contar una historia que puede llegar a resonar con todos nosotros. La intercalación de escenas del presente con memorias de antiguos habitantes de la casa es uno de los puntos fuertes de la edición y del propio guion, con una voz en off que no resulta pesada y que te deja con ganas de saber más de esta casa que ha visto tantas personas pasar.

Así que, ¿merece la pena ver Valor sentimental? Por supuesto, y más si quieres llorar viendo cómo renuevan una casa acogedora y llena de recuerdos y la convierten en una mansión blanca en la que todas las habitaciones parecen la sala de espera del dentista.

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