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La mentira que prende fuego. Vivir bajo el ecosistema del odio

 

En 2018, la periodista británica Carole Cadwalladr destapó uno de los mayores escándalos informativos del siglo: el papel de Facebook y la consultora Cambridge Analytica en la manipulación del referéndum del Brexit. La historia hoy es vieja conocida: a través de la microsegmentación de perfiles y la difusión dirigida de bulos, miles de votantes británicos fueron arrastrados hacia el leave mientras sesudos intelectuales londinenses se afanaban en conferencias repletas de cifras y datos incontestables. Lo peor fue que aquella tormenta que cambió para siempre el Reino Unido tuvo su base más en emociones fabricadas que en datos reales. Aquello no fue solo una lección sobre la fragilidad de la democracia ante el poder de las plataformas digitales, sino también una advertencia sobre el mundo que estaba por venir: un mundo en el que las mentiras campan libremente construyendo realidades alternativas alimentadas con odio.

Hoy, en menos de una década, no solo no somos ajenos a aquella maquinaria desinformativa, sino que ya forma parte de nuestro día a día. Francamente, nunca pensé que las redes de canales de ultraderecha como los que orbitan en torno a figuras como Alvise Pérez y que inundan a diario miles de teléfonos con relatos falsos o medias verdades iban a socavar de esa forma la armonía social que siempre ha caracterizado a la España actual. El país de los campesinos sin tierra, de las familias desahuciadas, de los tiros por la espalda o de la yihad en el cercanías, que supo construir un relato social que no odiaba ni excluía, ahora cae presa de mediocres mentiras. Poco importa que los divulgadores usen imágenes generadas, que los hechos que se difunden sean manifiestamente falsos o que los datos destruyan esos relatos alternativos, algo ha cambiado en este tiempo y ahora crecen en nuestra sociedad hordas de odiadores que se alimentan de basura alternativa. Y eso que el cóctel es un viejo conocido de la historia europea: un episodio de violencia localizada contra un vecino vulnerable, una presunta acción delictiva en un barrio donde se ubica un centro de inmigrantes o una violación sin autor identificado, no importa el origen. Lo que trasciende es la cascada de informaciones falsas y cómo el foco mediático se dirige hacia la comunidad migrante, la minoría o el colectivo acusado. A la luz de los hechos, aquella quimera de la democratización de la información de las sociedades digitales ha dado paso a un ecosistema del odio que en lugar de informar, envenena.

Quizás lo más interesante de este nuevo relato alternativo que se compra masivamente sea su absoluta falta de certeza. Por empezar por el más extendido de los relatos falsos, hablemos de la invasión migratoria. Un axioma, en esencia erróneo, dado que España no sufre una invasión migratoria. Al contrario: sufre un vaciamiento demográfico. Según datos del INE, la población migrante supone hoy en torno al 14% del total nacional (unos 7 millones), y su contribución al sistema de Seguridad Social es esencial. En 2023, más de 2,6 millones de afiliados extranjeros cotizaron en el sistema, contribuyendo activamente a sostener un modelo que, sin ellos, colapsaría en apenas una década. De hecho, sin la población migrante España habría perdido casi 10 millones de habitantes en la última década. Por no hablar de la criminalidad, los informes del Ministerio del Interior son contundentes: no existe correlación significativa entre inmigración y aumento delictivo. La mayor parte de las veces es el deterioro de las condiciones socioeconómicas (y no el origen nacional) el que está detrás del incremento de las tasas de criminalidad en algunas áreas. Es curioso como los apologetas de la criminalización del otro ponen el foco en las ayudas, pagas y subvenciones que presuntamente el Estado emplea en ayudar al migrante. Otro de los relatos que no aguantan un mínimo escrutinio. A pesar de ello, la percepción pública sigue siendo moldeada por una visión completamente desconectada de la realidad. Nada de esto habría sido posible sin la contribución de una importante amalgama de medios de comunicación mayoritariamente conservadores. Desde hace años alimentan la sombra de la sospecha de la incompleta integración de los emigrantes. Funcionando como altavoz mediático de las voces racistas de la escena política, abren paso a paso la ventana de Overton a las máximas racistas y supremacistas de la extrema derecha. Columnas, tertulias y editoriales omiten sistemáticamente el contexto social y económico, vendiendo una realidad alternativa en la que el inmigrante recibe unas ayudas que no existen. Y lo hacen porque desde hace tiempo se ha optado por una narrativa más simple y vendible: la del conflicto cultural.

Esta estrategia no es nueva. En Anatomía del fascismo, Robert O. Paxton ya advertía que el ascenso del fascismo no habría sido posible sin la colaboración (a veces pasiva, a veces entusiasta) de los medios de comunicación y los partidos conservadores. El fascismo no nació del vacío: fue incubado por las élites que, creyendo poder controlarlo, le abrieron la puerta para contener a la izquierda o reconducir el descontento popular. Esto no quiere decir que en España estemos incubando un salto a una sociedad fascista o que en cinco años vayamos a asistir a desfiles de esvásticas, pero sí que este proceso deteriora sistemáticamente la calidad de nuestra democracia. La utilización de la inmigración como chivo expiatorio y la facilidad con la que ciertas cabeceras se prestan (por convicción o por rentabilidad) al juego de la simplificación racista deteriora la armonía social y socava la función política de los medios. El resultado es un ecosistema de opinión contaminado, donde la mentira y la agitación encuentran más espacio que la verdad documentada.

La función de la mentira en política es vieja conocida para las sociedades europeas, pero el diagnóstico del uso de la mentira hoy es más profundo y complejo. Vivimos un tiempo en el que ha muerto la vieja política de masas, la que articulaba a la ciudadanía a través de sindicatos, partidos y medios con responsabilidades editoriales. En su lugar, ha emergido un nuevo modelo de generación de opinión, desregulado y profundamente intoxicado. En ese modelo, las redes sociales, los canales de mensajería instantánea y las plataformas alternativas suplantan el debate público por una sucesión de emociones breves y narrativas fabricadas. Ese modelo de generación de opinión está sometido a unos flujos de poder cuya visión de la sociedad está en las antípodas de una democracia liberal contemporánea. Su objetivo se aleja diametralmente de la arquitectura política que dio lugar a nuestras sociedades de hoy. Si los dejamos, irán poco a poco destruyendo lo que tenemos.  Paradójicamente, la democracia no acabará extinguiéndose por falta de votos, sino por exceso de ruido.

Los nuevos partidos de derecha radical conocen este terreno como nadie. Lo utilizan con maestría, con escasos filtros y sin que ninguna institución relevante haya encontrado aún la forma de enfrentarlo con eficacia. No estamos, como se insiste en algunos discursos, ante una crisis de convivencia o una invasión extranjera; estamos ante un cambio de época en el que la verdad ha perdido el monopolio de la legitimidad. Mientras los incendios se multiplican (en las redes, en las calles, en la confianza entre vecinos), muchos siguen discutiendo si la gasolina es o no inflamable.

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