La pérdida y el camino: «Nomadland»
La primera vez que vi Nomadland (2020), de Chloe Zhao, no me di cuenta que se trataba de un film sobre el duelo. Cuando escribí sobre Nomadland, en los días posteriores a llevarse el Oscar a la Mejor Película, hice mención a su capacidad de elicitar la memoria colectiva del EEUU post 2008, un testimonio afectivo y muy lúcido del corazón del país norteamericano, esa América profunda, los Badlands y el paso del desierto y la montaña, el país como una canción de Bruce Springsteen o de Neil Young, un poema de Robert Frost montado con astucia y belleza por Zhao y su equipo. Escribí mucho sobre resistencia, comunitarismo y las paradojas de la libertad, cuestiones bastante intuitivas para cualquiera que preste atención a la película. Puede que la particular atención a las implicaciones políticas de la historia (sobre todo en pleno auge del COVID 19) nuble nuestra preocupación por el estado de luto permanente que lleva Fern, la protagonista, una mujer de unos 60 años de edad que concibe la carretera como su espacio natural y la casa rodante como su hogar. Fern lleva el luto por su esposo, muerto hace años, y por un mundo cada vez más hostil con personas como ella, un mundo que, por toda su belleza, cada vez parece menos conocido.
El duelo de Fern es bastante notorio en una escena pívot en Nomadland, en la que Fern descubre que su casa rodante ha quedado inoperativa, y que montarla otra vez le costará mucho más de lo puede financiar. Fern, con la mirada baja y la expresión contenida, admite que no tiene el dinero, pero se incomoda ante la idea de vender la casa rodante y empezar de cero. Los dependientes de la tienda le ofrecen comprarla y le preguntan por qué no la quiere dejar ir. Fern se llena de explicaciones, pero, sin terminar ninguna, termina confesando que «este es su hogar». Desde una mirada política (bastante necesaria, además), parece que este momento incita la paradoja de la condición del nómada moderno, que, mientras más intenta liberarse del sistema capitalista, más parece depender de este. Fern busca dinero rápido, viéndose forzada a tomar trabajos mal pagados y exigentes físicamente como forma de pagar su estilo de vida. Los nómadas se encargan de los trabajos asalariados que nadie más quiere.
De todos modos, vale la pena ver la escena desde otra manera. Fern no parece particularmente incómoda con la vida que lleva, y cuanto menos tolera los distintos trabajos en el camino. No le faltan las oportunidades de volver a asentarse en la vida no nómada: tiene a su hermana y su familia, y el extraño romance que mantiene con Dave, otro nómada que le ofrece pasar una temporada con ella en la casa de sus hijos. Fern no quiere dejar ir la casa rodante por la misma razón que no quiere dejar la carretera. Por una vez, tiene algo que es su suyo. La casa rodante es el inusual dispositivo que permite tanto la intimidad como la movilidad, dos características que suelen estar enfrentadas entre sí. La casa rodante es lo que ata y libera a Fern al mismo tiempo, el espacio afectivo por antonomasia, y la máquina que le permite seguir adelante y anteponerse al sistema. Fern encuentra en la casa rodante una suerte de espacio bisagra entre ella y el mundo de fuera, un espacio en cuyas superficies queda reflejada la resistencia hasta la pérdida, y una forma de soportar su duelo.
Hay algunas referencias sueltas al duelo de Fern, que se mantienen dispersas a lo largo del film. En una escena, ella y una amiga suya conversan sobre la pérdida, y Fern refiere a su esposo, a quien perdió hace unos años, así como su amiga tuvo a su pareja sumida en la quimioterapia. En otra escena, al compartir una comida con un desconocido, Fern vuelve a hablar de su esposo, esta vez en relación al pueblo en el que vivían. Según Fern, él era feliz trabajando para la misma compañía que era dueña del pueblo: no parecía quejarse por su oficio de cuello azul, y, de cierta forma, le pegó ese mismo espíritu resistente y optimista a Fern. No tenemos un perfil completo del esposo de Fern: un film así jamás recurriría a un elemento tan intrusivo con el flashback para interpelar al pasado. Afortunadamente, en Nomadland la mayoría de personajes se conocen así, mediante fragmentos, imágenes distorsionadas, escenas coyunturales de pronto, representaciones parcheadas. Por suerte, lo poco que sabemos del esposo de Fern es suficiente para constituir un breve relato afectivo, un testimonio como el de otros tantos en la carretera, y los efectos que este tiene en otros.
Este tipo de conversaciones son importantes tanto para Fern como para la audiencia. El estilo de Zhao funciona como una quimera entre realidad y ficción, entre narrativa y documental, en tanto que Frances McDormand es de los pocos actores profesionales que interpretan un papel enteramente invitado, dado que la mayoría de personajes en el film son nómadas de verdad, muchos interpretando una versión de sí mismos, sometidos a la presión de la cámara, pero aliviados por la excusa de la ficción. Zhao, los graba con unos lentes que ensanchan la imagen y consiguen una suerte de lirismo intimista en el primer plano. Esta es la única forma de que el estilo del film no parezca tan disruptivo, como una suerte de experimento que transgrede entre realidad y ficción, y que la audiencia recibe cómodamente. Es la mejor manera de desenredar la pesadumbre de Fern y de reconocer los pesares ajenos.
Podría sonar a cliché, pero no vale la pena desestimar el poder afectivo de la conversación. No he interactuado con nómadas en EEUU pero sí he visto de primera fuente lo necesario que resultan las conversaciones entre extraños para aquellos que viven en la carretera. «Nos protegemos mutuamente, conversando», me dijo una mujer venezolana de unos 60 años de edad, que descansaba en un punto de atención dispuesto a migrantes en transito en la frontera norte de Perú. En una breve practica de campo en estos puntos de atención, compartiendo los días con otras tantas personas migrantes en tránsito (algunos de ellos cargando sus propios duelos, como Fern), me di cuenta del valor que estas personas le daban a la conversación. Eran comunes las escenas de mujeres compartiendo información sobre la ruta, «rolando la información», como decían; escenas de familias que se hacían bromas entre ellas y que cuidaban a los hijos de otros; escenas de compañerismo, risa, pero también llanto y revelación. Quizás estos encuentros tengan algo de universal. Había una considerable disposición a contar sus historias, si alguien estaba dispuesto a escucharlas.
Ese mismo poder de conversación es bastante notable en Nomadland. Una de las amigas de Fern le pide que, en caso muera, reúnan distintas rocas y las tiren en su honor. Un líder religioso local que acompaña a las personas de la carretera le confiesa a Fern lo difícil que es resistir luego de haber perdido a su hijo por suicidio. En ese sentido, parece que el duelo de Fern se mimetiza con una suerte de duelo colectivo. No es extraño, entonces, que numerosos personajes terminen confesando sus propias pérdidas en el camino. Fern, como Zhao y la audiencia, practican la escucha compasiva con cada uno de ellos. Estos espacios confesionales enriquecen la historia de Fern. Conocemos más sobre su duelo a partir de lo que narran otras personas y sus propias muestras de sufrimiento. Ninguno sana el duelo por completo, pero constituyen un mosaico afectivo bastante necesario para seguir adelante, sobre todo si quieren seguir viviendo en la carretera por su cuenta.
De todos modos, el duelo de Fern es bastante convincente gracias al trabajo de Frances McDormand. Aun demostrando empatía y genuino afecto con la mayoría de nómadas, es claro que Fern lleva todavía un dolor atravesado en el pecho, algo que suscita su mirada huraña y su actitud hostil ante ciertos desconocidos. Este duelo cobra aún más relevancia una vez que Fern decide volver a su pueblo y visitar su vieja casa. Su pueblo es uno fantasma. La compañía que se había adueñado del hogar ha cerrado para siempre y se ha llevado todo atisbo de vida del lugar. El duelo capitalista cobra relevancia en esta secuencia. El momento en que la compañía murió fue el momento en que el esposo de Fern lo hizo también; la compañía se llevó consigo el pueblo, su recuerdo e incluso a sus habitantes más devotos. El silencio de Fern al volver a su casa es bastante sugestivo en este punto.
El dilema final de Fern cobra mucha más fuerza ante los encuentros con Dave. El contraste entre ambos personajes es bastante interesante. Por un lado, podríamos pensar que ambos comparten numerosos puntos en común: son nómadas por decisión, no por imposición, y deciden alejarse lo más que pueden de su familia con tal que sea razonable. Pero hasta aquí nomás las coincidencias. Dave, por su lado, parece forzado a continuar en la ruta porque es lo único que en verdad conoce. Los trabajos que debe tomar cada vez se sienten más pesados: chef de hamburguesas en un dinner de comida rápida, dependiente en un parque de diversiones, y otros tantos trabajos manuales, fácilmente reemplazables, constantemente alienados, sin horizonte aparente. En el rosto de David Strathairn queda reflejado un tipo muy particular de cansancio, uno rebelde, sin muchas ideas, una forma de encarnar la desazón del sueño americano, los tantos sueños rotos que se acumulan en el destino de los nómadas.
Quizás por eso tiene sentido que Dave, al pasar un tiempo con sus nietos y recuperarse de una cirugía de emergencia, decide que no puede volver a la carretera. Es interesante que a Dave no se le dé un espacio protagónico a partir del uso del monólogo,. Todo lo contrario. El film se resiste a responder numerosas preguntas sobre el personaje. No sabemos muy bien qué es exactamente lo que le llevó a la carretera y que es finalmente lo que le está alejando de ella. Las escenas en su casa son el mayor riesgo de Nomadland, un film que transiciona de un rango a otro, de la inmensidad de los long shots hasta la intensidad de los primeros planos. Para su tercer acto, Nomadland va de las cadenas de montañas y los paramos helados hasta la mesa familiar de Dave y los suyos en durante Acción de gracias o una festividad afín.
En estas escenas, irónicamente, conocemos más sobre Fern que sobre el resto. La mayoría de emociones que transmite Frances McDormand son bastante difíciles de entrever para un ojo despistado: su Fern es un personaje de silencios y sutilezas, de frases mordidas, sonrisas breves y alguna que otra mueca de disgusto. Pero en la casa de Dave (que se siente tan extraña como la suya propia) Fern no está para nada a gusto. La intimidad le inquieta. La posibilidad de vivir fuera de la carretera no parece deseable. Una noche, sin decir nada y sin despedirse de Dave, toma la ruta otra vez, ya no en su casa rodante (que tuvo que perder luego de no recuperar el dinero), sino en una pequeña van que se ha tornado forzosamente en su hogar.
Tendría sentido que Nomadland acabe en este punto. No parece haber mejor secuencia para reflejar la inherente contradicción de la vida en la carretera. Pero Chloe Zhao tiene tiempo para un epílogo: Fern va al invierno y a la montaña, escucha el duelo de otros, y, en el cierre, se reúne con un grupo de nómadas para despedirse de una de sus amigas más cercanas. Tal y como lo había pedido, los nómadas deciden llevar rocas y apilarlas en su honor. El personaje real falleció durante el rodaje y el film está dedicado a su memoria. Luego de despedirse, cada uno, incluido Fern, decide seguir su camino.
El duelo se vive mejor en la ruta.
- El mundo de lo bello: «Parthenope» de Paolo Sorrentino - 24 noviembre, 2025
- Adiós, Samantha; Querida Catherine. A propósito del final de «Her» - 15 octubre, 2025
- La pérdida y el camino: «Nomadland» - 12 mayo, 2025






