NELINTRE
Opinión

Manual para (sobre)vivir sola

 

En 2023 tenía 33 años, la edad perfecta para irme a vivir sola. Ni demasiado joven y alocada, ni demasiado vieja y aburrida.

En mi cabeza, todo era espectacular. Me convertiría en una versión asturiana de Carrie Bradshaw: mujer soltera en la treintena, que trabaja en moda y vive aventuras en un piso bohemio en pleno centro de Gijón. Sin Cosmopolitan, pero con sidra.

Así que, a riesgo de arruinarme en el intento, me lancé a la aventura.

Tres inviernos después, puedo confirmar que la realidad es otra. Carrie nunca inundó el baño de su vecina, jamás tuvo dificultades para abrir un tarro de tomate y, desde luego, no vio morir a todas sus plantas.

Por eso, como el conocimiento cuando es útil hay que compartirlo, he decidido elaborar el manual definitivo para cualquier mujer que tenga que enfrentarse a esta titánica tarea.

1. La odisea de escoger piso

(Tal vez he sido demasiado optimista utilizando el verbo escoger)

Aquí, solo puedo decirte dos cosas: define bien tus parámetros y trabaja la paciencia. Entrarás en Idealista cada día, visitarás pisos que no te gustarán, otros te los quitarán y, cuando menos te lo esperes, aparecerá el indicado.

Me pasé meses buscando un apartamento que cumpliera mis humildes requisitos (vivir en el centro a un precio asequible) y, que preferiblemente, no se cayera a pedazos. Y de repente, tuve la suerte (sinónimo de contactos) de que el piso bohemio que quería me encontrara a mí: última planta, luminoso, con escaleras de madera y en el barrio del Carmen. ¿Me pasará lo mismo con el chico?

No tenía ni un mísero mueble, tampoco ascensor y ¿calefacción? Corramos un tupido velo. Pero podía llegar en cinco minutos a mi clase de barre e improvisar unas cañas y unas gildas en el Zephyr. Además, mis glúteos, mis piernas y mi criterio estético no han hecho más que agradecérmelo.

Hazme caso: no vas a renunciar a vivir a dos minutos de Pelayo (la estatua) por pasar un poco de frío. Lo compensarás con una buena estufa, una buena manta y un buen amante.

2. Mudanza, papel higiénico y un spot de comedia romántica

Una vez tengas las llaves en tu poder, vendrá la simpática tarea de embalar, cargar y colocar la larga lista de libros y otros objetos importantes para tu vida independiente.

Si el piso está amueblado y equipado, te ahorrarás la crisis de entrar por la puerta y pensar: «no tengo ni papel higiénico». Por suerte, yo cuento con un padre especialmente ingenioso y ese mismo día apareció con ocho rollos.

No compres todo a la vez; recuerda que las cosas de palacio van despacio (confesión: sigo sin cortinas). Empieza por una buena cama donde dormir y termina por un jarrón para tus flores. Las necesidades decorativas surgen a medida que vives en el piso.

Pide, con sutileza, ayuda para montar tus muebles esenciales. Una opción: llama a tu amigo Rubén, dile que le invitas a cenar en tu nuevo piso y que, casualmente, aún no tienes la mesa del comedor montada.

Invierte en cosas que, llegado el día, puedas llevarte contigo. Mezcla un armario de melamina blanca con un aparador de nogal hecho por tu tío. Cuida la iluminación: es la clave para hacer tu casa más acogedora. Llénala de plantas, siempre naturales (aunque mueran), notarás la diferencia. Date un capricho y compra una pieza de diseño. La Cesca Chair, por ejemplo: al sentarte en ella sentirás que el buen gusto corre por tus venas. No subestimes un domingo en el rastro; es posible  que encuentres la vajilla completa de San Claudio a un precio que te puedas permitir.

Cuelga un cuadro (bueno, una reproducción) de Hilma af Klint si es tu artista favorita. Coloca una fotografía de tus abuelos ligando en una romería y una postal de Paul Newman en tu estantería. Y el broche final: pon un póster enorme de When Harry Met Sally; así tus encuentros amorosos tendrán una inconfundible atmósfera de comedia romántica. Ah, deja el guion de Manhattan, un cacao y una infusión Duerme bien en tu mesita de noche.

Dicho esto: ¿no preferirías vivir en una casa que respire tu personalidad antes que en un bonito catálogo de diseño nórdico low cost?

3. Cocina y gestión alimentaria

No voy a engañarte: vengo de una familia con altas habilidades culinarias y aún no he dado con el secreto para organizar mis comidas semanales sin abrir la nevera y tirar una media de diez alimentos.

No me juzgues: el día que quieras hacerte una pasta caprese, comprarás los ingredientes, te la harás (más confesiones: tampoco sé calcular los gramos de tallarines que hay que cocer sin que sobren la mitad), te la comerás y, un par de semanas después, descubrirás que al tomate que sobró le está saliendo moho y que la albahaca fresca es de todo menos fresca. No quiero culpar a los supermercados. En realidad, sí. ¿Por qué todo se vende en envases pensados para alimentar a una familia numerosa o a un restaurante italiano?

Lo ideal sería que te gustase cocinar. Y tener tiempo para cocinar, claro. Si no, sobrevivirás a base de tostadas de aguacate, kéfir de arándanos y revueltos de todo tipo: jamón, espárragos o lo que sea que tengas a punto de caducar. Hablando de caducar: puedes comerte ese yogur pasado. En serio. Yo seguí viva después de que el 02/09/24 me comiese uno de frambuesa cuyo consumo preferente era el 10/08/24.

Algún día, harta de cenar tortillas francesas, tomarás la decisión de darle uso al libro El arte de cocinar de María Luisa y te convertirás en una cocinera digna de tu madre. Pero mientras eso ocurre, tendrás que salir del paso. Pedirte una pizza a domicilio un viernes por la noche no le hará daño a nadie. Bueno, a ese pobre repartidor que arrastras a subir cincuenta escaleras y llega sin respiración no le hará mucha gracia.

Y, por último, sé chica (aún más) lista: cuando visites a tu abuela, a tu madre o a tu tía, llévate un par de tápers y una tote bag. Volverás a casa con unas deliciosas fabes Gloria, unos sabrosos tomates de la huerta y unos auténticos huevos de casa capaces de arreglar la semana.

4. Administración financiera: ¿Chocolate o Bad Bunny?

Alquiler. Luz. Gas. Agua. Comunidad. Wifi y línea de teléfono. Amazon Prime. Netflix. Spotify. Asumirás todos estos gastos fijos y ninguno será compartido. Estar enamorada no solo alegra el corazón, también el bolsillo. Por tanto, ¿no crees que Hacienda debería contemplar algún tipo de deducción por el coste que conlleva ser soltera?

Siento ser yo la que te comunique que, a no ser que seas una articulista con gran caché, tengas terrenos o la Agencia Tributaria valore positivamente mi propuesta, te tocará elegir entre una tableta de chocolate 85% cacao con almendras o una entrada para el concierto de Bad Bunny. Entiendo el dilema, así que habrá que encontrarle solución:

  • Vende por Vinted ese vestido que te compraste en 2019. Solo te lo pusiste en la boda de tu amiga Belén y ocupa espacio en el armario.
  • Si aún no has probado el café de especialidad, mejor no lo hagas. Ni los kiwis gold ecológicos. Tampoco el papel higiénico con triple capa. Cuando pruebas lo bueno, no hay vuelta atrás.
  • Date de baja de todas las plataformas y quédate con la que tenga en el catálogo Mejor…Imposible y Friends.
  • Solo necesitas tres productos skincare. Desgraciadamente, lo demás dependerá de tu genética.
  • Piénsatelo dos veces antes de darte de baja de tu centro de yoga y pilates. No hay que escatimar en salud y, mucho menos, en tener un cuerpo atlético. En su caso, limita las cervezas, te ahorrarás dinero y resaca.

La verdad es que estos cambios no te harán rica, pero llegarás a fin de mes comiendo chocolate y con una entrada para escuchar en directo Un baile inolvidable.

5. Limpieza e invitados

Si puedes, no pierdas el tiempo con la insufrible labor de limpiar: contrata a alguien que lo haga. No hay nada como llegar de la oficina y encontrarte la casa recogida y con olor a océano Atlántico. Desafortunadamente, solo pude disfrutar de este lujo un par de meses. Aunque admito que Roomba no hace nada mal su trabajo.

No limpies mucho, ensucia poco. Lava el bol donde bates los huevos mientras la tortilla se cocina. Friega los platos después de comer. Vuelve a guardar las camisetas que has sacado hasta encontrar esa que haga juego con los pantalones de margaritas que te quieres poner. No pospongas las lavadoras ni tender la ropa. Aspira tu cocina y abre tus ventanas a diario. Y recuerda que el baño requiere un esfuerzo mayor. Ánimo.

Por experiencia: no procrastines con estos quehaceres o acabarás dedicando el fin de semana a recuperar tu dignidad doméstica.

Pero si nada de esto te sirve, hay algo realmente infalible: invitados. ¿No querrás que piensen que eres un auténtico desastre? Así que meditándolo mejor, una visita semanal es la forma más eficaz de mantener tu casa reluciente.

6. Desastres domésticos

Es fundamental que estés preparada para cualquier contratiempo que pueda surgir. He aquí algunas consideraciones:

  • El día que te metas en la ducha, te enjabones y, tres minutos después, el agua pase de caliente a fría (qué digo fría, helada), entenderás que un termo de 30 litros no es suficiente.
  • El día que salgas pitando de casa y, para sorpresa de nadie, dejes las llaves dentro y pagues 150 euros a un cerrajero por abrir la puerta en una milésima de segundo, aprenderás que necesitas, al menos, dos copias más.
  • El día que los plomos salten por ducharte y encender la calefacción a la vez, y tengas que bajar cincuenta escaleras para subirlos, entenderás que los kWh mínimos no son 3.
  • El día que estés disfrutando de una ducha relajante y tu vecina llame al timbre porque le cae agua del techo, entenderás que la intimidad es un concepto relativo.
  • El día que se te muera tu tercera calatea entenderás que las plantas no son tan independientes como parecen.
  • El día que tengas que limpiar una explosión de garbanzos en el microondas, aprenderás que siempre hay que taparlos.

7. Vida amorosa, social y soledad

Una de las mayores expectativas de vivir sola es que tu vida amorosa y social dará un giro de 180 grados.

Por un lado, todo serán facilidades para el cortejo: no tendrás que utilizar a tu amiga Tere como excusa para dormir fuera de casa; tendrás una cama de 1,60 y tu comedor será el mejor escenario para rodar una comedia romántica. ¿Cómo no va a haber giro? Lo habrá: tus aventuras amorosas empezarán a brillar por su ausencia.

Quizá te dé por probar esas aplicaciones que premian la cantidad frente a la calidad y el fast food frente a la cocina lenta. Yo, como diría Milena Busquets, creo que no se necesitan demasiados amores, porque la cantidad devalúa la experiencia y siempre  elijo un buen guiso antes que una hamburguesa industrial.

Mi truco es el siguiente: llamar a mi recurrente (e intermitente) amante. Te advierto que su sueño de ser artista le ocupa demasiado tiempo. Por si acaso, guardo ese dibujo que me regaló por mi cumpleaños, no vaya a ser que tenga razón y me haga millonaria. Por cierto, lo conocí en Tinder.

Por otro lado, tienes un piso (un alquiler), amigos, simpatía y cerveza. ¿Con esto no debería bastar para ser una gran anfitriona? Por supuesto. Pero pasada la emoción del principio, descubrirás que un viernes por la noche la única reunión que querrás en tu casa será con Meg Ryan y Tom Hanks en Tienes un email.

Tampoco negaré que un domingo por la tarde se hará cuesta arriba. Sentirás nostalgia por aquella noche en la que te bañaste en el mar de Cadaqués, te replantearás un cambio de vida y, lo peor de todo, te darás cuenta de que si te atragantas con esa enorme pastilla de magnesio no habrá nadie para salvarte. Tranquila: simplemente estarás aburrida.

Te cansarás de no parar por casa, de romances fallidos, de ver viajes a Japón en Instagram, e incluso ponerte tu comfy movie favorita dejará de ser estimulante. Así que un día te animas a abrir tu portátil, empiezas a escribir y… ¡voilà!, le haces una defensa a las comedias románticas. O puede que cojas tu iPad e ilustres a Robert Redford, o, qué sé yo, le pongas un palo a un caramelo e inventes el Chupa-Chups.

No te dejes engañar por la mala fama de la soledad: gracias a ella he descubierto que, además de matar plantas, tengo más talentos.

 Epílogo

Querida lectora, irte a vivir sola es una de las mejores decisiones que puedes tomar.

Virginia Woolf tenía razón: una mujer necesita una habitación propia. Lo que pasa es que en el siglo XXI necesitamos un piso. Puede ser de alquiler. Puede ser pequeño. Pero un piso.

Y ahora pienso que tal vez no estaba equivocada. Durante estos tres años, y a pesar de detalles insignificantes como inundar el baño de mi vecina, no poder abrir un tarro de tomate o matar a todas mis plantas, me dediqué a observar mientras paseaba por el Muro y hacía la compra en Alimerka, a reflexionar con mis amigas en La Cuesta del Cholo y en La Pequeña, y, una tarde de domingo aburrida en casa, encendí el portátil y empecé a escribir esto que estás leyendo.

¿No es, de alguna manera, convertirse en la versión asturiana de Carrie Bradshaw?

Carmen Llosa
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