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“No algo, alguien.” Adaptando «Frankenstein» con Guillermo del Toro

 

«El libro es mejor» es la primera frase que nos puede venir a la mente a la hora de hablar de adaptaciones cinematográficas, y es que esta tiende a ser una conversación de absolutos en el ámbito cultural. Defensores a un lado y detractores al otro, ambos con argumentos más que sólidos para ganar el siguiente asalto, siempre y cuando se trate de un producto audiovisual lo suficiente jugoso para mantener la conversación viva durante una ronda más.

El dicho de Traduttore traditore, que todavía se escucha en algunas clases relacionadas con la adaptación en las aulas de Comunicación Audiovisual, y de las que tuve la suerte de participar en mis años universitarios, ejemplifica este pensamiento. Cuando te pones a revisar una adaptación, una traducción de la literatura al medio cinematográfico, te puedes encontrar con esa traición del traductor, aquí cineasta. La historia ha cambiado al cambiar el medio, ha cogido un nuevo sentido, los personajes tienen nuevas motivaciones o puede que ya ni existan. Pero, ¿y si esa traición es positiva y el resultado es incluso mejor que el original, como se dice de El Padrino? ¿Y si son estos nuevos productos los que mantienen la mitología del relato viva?

¿O incluso crean una nueva mitología?

Es por todo esto que, cuando hace unos años salieron las noticias de que Guillermo del Toro iba a hacer una nueva adaptación del clásico gótico Frankenstein o el Moderno Prometeo de Mary Shelley, una de las novelas que más se ha llevado al cine y que más peso tiene dentro de la cultura pop, yo ya me comprometí conmigo misma no solo a verla en cuanto se estrenara, sino a releerme el libro antes para poder ver claramente esa traición. Y es que, a pesar de ser una novela que todo hijo de vecino conoce, al menos por título, el relato de Shelley se ha desdibujado un poco en imaginario popular, y aquí las adaptaciones cinematográficas tienen mucho que ver.

Mary Shelley escribió Frankenstein con solo 18 años para darle salida a sus propias experiencias: la muerte de su madre, la escritora feminista Mary Wollstonecraft, y el siguiente abandono emocional por parte de su padre. Con esto confeccionó una novela cuyos temas centrales, por mucho monstruo que haya, son la responsabilidad de la paternidad y los límites del desarrollo científico. Shelley nos relata la historia de un hombre obsesionado con la vida y la muerte, que crea un monstruo que no encaja en ninguna parte, para rechazarlo nada más nacer y renegar de él, causando así la muerte de sus seres queridos y condenado al monstruo a la soledad.

Esta es la historia original, sí, pero no es lo único que se nos viene a la cabeza al pensar en esta figura. No podemos olvidar que Frankenstein cuenta con más de treinta adaptaciones cinematográficas propias (sin contar cameos), siendo uno de los monstruos con más representaciones en el cine, a la carrera de Drácula, y es su adaptación del año 1931, con el inolvidable Boris Karloff dando vida a la Criatura, la que más ha calado en la cultura popular.

Ese grito de «¡Está vivo!», el estereotipo del científico loco, el uso de la electricidad como pilar para la creación… Todas estas características que ya parecen ir de la mano de la historia de Frankenstein vienen de sus adaptaciones cinematográficas. En el libro de Shelley, Víctor Frankenstein, el creador, no es más que un joven universitario que se va corriendo de la sala en cuanto ve que la Criatura tiene vida propia, teniendo un cuasi ataque de ansiedad en su habitación hasta que se queda dormido. No hay grandes proclamaciones, solo un chico que se acaba de dar cuenta de la magnitud de lo que lo ha hecho y sale corriendo.

Y eso es solo en cuanto a aspectos más formales, no entremos ya en la temática o el espíritu de la obra, que todavía hay gente que se sorprende cuando le dices la manida frase de que «el verdadero monstruo de Frankenstein es el creador».

Así que, una nueva adaptación de Frankenstein, y más de la mano de Guillermo del Toro, cuya cinematografía está plagada de monstruos incomprendidos, tenía una buena premisa: unir el relato original con la mitología creada por las adaptaciones anteriores y con las propias intenciones y gustos del director. ¿Y qué ha salido? Algo un poco irregular pero visualmente brillante, que puede parecer más fiel a Shelley de lo que estamos acostumbrados, pero que al final se deforma para dar cabida a la narrativa de del Toro.

Cuidado, se vienen spoilers de la película.

De entrada, diré que todo el que pueda ver esta película en un cine, debería ir a verla en pantalla grande (sí, hablo como afortunada que vive en una ciudad en la que algún cine la ha tenido en cartelera). Guillermo del Toro ha contado en varias entrevistas que Frankenstein es una de sus historias favoritas, y ese cariño se puede ver reflejado en la producción. Los majestuosos sets, los efectos prácticos, el vestuario (muy buen toque el de los guantes rojos de Víctor, y no hablemos de los trajes de Elizabeth) y la música a cargo de Alexandre Desplat son algunas de las mejores partes de esta película, lo que hace que el visionado de sus casi dos horas y media sea un placer sensorial desde el primer momento.

En cuanto a la propia historia, en un principio del Toro parece querer acercarse más a Shelley y trasladar su relato directamente a la pantalla: cuando una película de Frankenstein empieza en un barco en el Polo Norte, sabes que estás ante una adaptación que intenta, al menos formalmente, ser fiel. Pero en cuanto conocemos a Víctor, interpretado Oscar Isaac, vemos que el espíritu de la novela se ha deformado para acomodar las necesidades del director. El cineasta mexicano nos presenta a un personaje mucho más similar al estereotipo del científico loco de las adaptaciones anteriores, maduro, con experiencia, que ya debería saber qué está haciendo y las consecuencias de sus actos.

Pero, si ya es tan brillante, ¿cómo termina cometiendo semejante acto? Y la respuesta que nos da del Toro es Daddy Issues o Problemitas con Papá. Al igual que en el libro, Víctor empieza narrando su infancia, pero esta no tiene nada que ver con la novela. Aquí nos encontramos con un clásico caso de padre exigente y cruel, un cirujano reconocido (podemos decir que Víctor es un nepo baby en esta adaptación) pero que no consigue salvar la vida de su mujer. Esta tensa relación, junto con la traumática muerte de su madre, son el origen de los planes de Víctor para vencer a la muerte, superando tanto a esta como a su padre al mismo tiempo.

Como ya he comentado, en la novela de Shelley, Víctor no es más que un joven que acaba de salir de casa y está estudiando en la universidad. Viene de una familia acomodada, tiene una buena relación con su padre, siempre ha sido un chico brillante, tiene amigos de toda la vida, está prometido con Elizabeth desde la infancia… Su vida no tiene complicaciones, y esa es la tormenta perfecta. Su interés por la muerte también viene del fallecimiento de su madre, pero en este caso esto solo es el gatillo para focalizar sus estudios.

Su máxima a la hora de concebir a la Criatura es más similar al pensamiento expresado por el personaje de Jeff Goldblum, el científico Ian Malcolm en Parque Jurásico: «sus científicos estaban tan preocupados por si podían o no, que no se detuvieron a pensar si debían hacerlo». Es decir, Víctor no intenta superar a nadie, es más una especie de sed de conocimiento y de ir más allá lo que le lleva a jugar a ser Dios. Y cuando lo consigue, se siente tan abrumado por lo que ha hecho que termina enfermo durante meses, sin reconocer a la Criatura ni establecer ningún tipo de relación con ella. Es este abandono desde su propio nacimiento, además de su propia creación, lo que marca su relación con la Criatura.

Cuando comparamos esto con la versión de Víctor que nos proporciona del Toro, en la que los Daddy Issues hacia su padre rebosan por todas partes, vemos cómo el espíritu de la novela cambia vertiginosamente. Víctor quiere crear vida porque quiere superar a su padre, gran cirujano pero que no pudo salvar a su madre y que, además, nunca lo trató bien. Y una vez crea vida, ¡oh, sorpresa!, empieza a comportarse como ese padre al que tanto desprecia al ver que su seudohijo no cumple sus expectativas. Podríamos decir que, en ambos casos, su hubris es su maldición y es el detonante del resto de las desgracias de la historia, pero por diferentes razones. El Víctor de Shelley no lo piensa. El Víctor de del Toro lo piensa demasiado, y aun así lo hace.

Del Toro es quizá demasiado evidente a la hora de querer mostrarnos a Víctor como antagonista, y es que hasta hay un momento en el que un personaje le dice la frase ya mencionada de que «él es el verdadero monstruo». En mi opinión, el Víctor de Shelley es bastante más interesante y no está tan manido como el de personaje obsesionado con superar a su progenitor que no le importa lo que tenga que hacer. Además, la interpretación de Oscar Isaac es bastante plana durante todo el metraje, con un par de registros y ya, cuando es capaz de mucho más.

Revisando entrevistas con el elenco y el director, este cambio en Víctor y el consiguiente cambio en la historia viene dado por la propia experiencia familiar del director, y que refleja la manera en la que el dolor se transmite de generación en generación, como un goteo. El padre de Víctor fue cruel con él, así que su primer instinto como padre será serlo con la Criatura.

Y aquí llegamos a lo que considero es la mejor parte de la película: la Criatura. Ya no solo la interpretación de Jacob Elordi, que consigue trasmitir la vulnerabilidad necesaria para un personaje como este (increíble que el actor fuera un reemplazo y llegará a la producción cuando ya estaban a punto de empezar a rodar), sino que del Toro aquí sí que decide ceñirse algo más a la novela, que va muy de la mano de sus gustos.

A pesar de que, como ya hemos dicho, Frankenstein es una de esas historias ya casi esenciales en la sociedad occidental, es muy interesante ver cómo la prensa y parte del público ha reaccionado con sorpresa a esta nueva adaptación, en la que la Criatura, tal y como mostraba Mary Shelley en su novela, es un personaje complejo, incomprendido, digno de empatía y, si queremos hablar en términos más simplistas, el verdadero protagonista que merece nuestro apoyo.

La inclusión de su relato, una de las mejores partes de la novela en mi opinión, en la que nos cuenta cómo aprende a hablar y a comunicarse espiando a una familia, se mantiene en la cinta, y aunque obviamente tiene cambios, no pierde la esencia y te permite conectar con el personaje de una manera mucho más profunda. Si tengo que ser honesta, podría incluso decir que es la Criatura la que salva Frankenstein, ya que tiene todo el peso emocional, compartido en algunas escenas con Elizabeth, el personaje de Mia Goth. Este personaje también cambia por completo con respeto a su original, que no tiene ningún contacto con la Criatura hasta que esta la asesina la noche de su boda. En la película, del Toro utiliza el personaje de Elizabeth para representar el lado humanista de la historia, el que es capaz de compresión y compasión, y que, al descubrir a la Criatura en manos de Víctor, es la única que se preocupa no solo por lo que su creación supone, sino por lo que él es.

El resto de los personajes se limitan a un rol secundario, e incluso Christoph Waltz, a quien siempre es un placer ver en pantalla, simplemente cumple con su cometido a lo Tío Gilito para que la historia avance y poco más.

En cuanto al desenlace, este también es una licencia narrativa que, leyendo entrevistas del elenco, podemos ver que también viene directamente de del Toro: una escena entre padre e hijo, creador y criatura, en el que se perdonan de manera un poco apresurada, pero que era el clímax que el director buscaba. Un momento de entendimiento y absolución por ambas partes que permite que la Criatura pueda continuar con su camino ya libre, habiendo no solo perdonado a su creador, sino a si mismo el ser como es. En el libro esta escena no tiene lugar, dado que la Criatura llega a Víctor cuando este ha fallecido y dice que ahora que ya no tiene nada por lo que vivir, dando a entender que se suicidará.

Con todo esto, Guillermo del Toro cierra una historia mucho más esperanzadora que Shelley, lo cual tiene sentido teniendo en cuenta el resto de sus trabajos: todos podemos bajar a las tinieblas, pero también podemos salir de ellas.

En conclusión, el cineasta mexicano firma una cinta que consigue entretener durante su largo metraje y cuenta una historia completa, pero para mi gusto quizá no tan compleja como la de Shelley. A pesar de esto, sigue siendo una película que, aunque queda lejos de otras obras del director como El Laberinto del Fauno (2006), conecta con el público y deja que nos intentemos identificar con ella. De las adaptaciones anteriores coge aspectos formales, como la grandiosidad de la escena de la creación, y los estereotipos de personaje, sobre todo para nutrir en parte a Víctor y Elizabeth. De Shelley decide coger a la Criatura, incomprendida, que no sabe qué hace aquí ni cuál es su cometido, y que cuando descubre lo cruel que es el mundo odia a su creador aún más. Y de su propia cosecha termina de perfilar la historia de la familia a través de Víctor, mostrando cómo el dolor se hereda de generación en generación hasta que somos capaces de pararlo y perdonar el pasado.

Esta necesidad de curar las heridas y de aprender a vivir tal y como somos es el mensaje final que del Toro quiere que nos llevemos a casa, y va de la mano con su cinematografía. El cine del terror siempre ha servido para intentar explicar y dar forma los temores de la sociedad, y la mega producción de una adaptación nueva de Frankenstein, con un foco más claro en la Criatura, humanizándolo y permitiendo que exprese miedos y contradicciones, pero que también termina perdonando a su creador, y que es capaz de respirar profundamente y de superar sus adversidades para seguir adelante, nos habla de una necesidad de comprensión y empatía hacia el otro.

Pero, ¿es el libro mejor? Pues yo en ese jardín no me meteré. En esta película hay traición como en cualquier adaptación, pero es la traición que te quería contar su traductor.

Por último, solo diré que es curioso ver un interés por parte de la industria del terror por el horror gótico con hombres monstruosos que solo buscan ser aceptados por su compañera (véase Nosferatu de Robert Eggers, 2024), mientras que el otro lado tenemos mujeres viejas y horrorosas que solo buscan su propia supervivencia o juventud (véase Weapons de Zach Cregger, 2025). Pero eso es otro jardín más en que no entraremos. Por hoy.

Nota: 7,5/10.

PD: Si en algún momento de la película te parece haber visto a Santiago Segura, has visto a Santiago Segura.

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