«Pillion»: De amor, sexo y cuero
La primera vez que Colin (Alexander Skarsgard), un veinteañero introvertido y de perfil bajo, se fija en Ray (Harry Melling), un motociclista musculoso y particularmente guapo, ambos están en puntos opuestos de un pequeño bar en Navidad y, por sorpresivo que resulte, parece que el primero tiene el control. Ray se le acerca en la barra, Colin, con cierto atrevimiento y algo de insolencia, decide no desviar la mirada. Pocos minutos después, quizás sorprendido por la actitud del chico, Ray le escribe una dirección y un número de teléfono y se aleja sutilmente. Colin no ha dicho nada. Ray tampoco. Es muy probable que, mientras más lo piense, más le cueste a Colin entender por qué Ray ha decidido elegirle. Lo que Colin posiblemente ignore, y será así hasta el tercer acto del film, es que, en el fondo, más allá de todo juego de poder y dinámicas de sumisión a las que se verá sometido, es él quien ha elegido a Ray.
Pillion (2025) abre así, con una escena introspectiva, basada en los silencios y las miradas. Y desde este momento ya empieza a sugerir su potencial subversivo: una comedia romántica sobre el BDSM; una película elegante y melancólica sobre el sexo rudo y las relaciones de poder; una suerte de fábula gay que es en verdad una historia sobre la soledad masculina y la conflictiva construcción del deseo. Pillion, término muy británico que se refiere al asiento trasero en una motocicleta (y con obvias referencias al rol de pasivo/sumiso en una relación gay) ofrece una mirada bastante innovadora de las relaciones masculinas en el mundo moderno, su carácter friccionado e incierto, su potencial desolador. Harry Lighton, en su ópera prima, sugiere algo muy honesto y revelador sobre las relaciones sadomasoquistas: son una forma bastante intensa, arrolladora, de hacerse con un lugar en el mundo.
Colin, como queda claro desde las secuencias iniciales, tiene una vida simple, buena, pero nada más. Colin no parece encontrar un lugar ni un rol, y, peor aún, no parece feliz consigo mismo. A sus veinte y pico años todavía vive con sus padres, una amable pareja que conoce y celebra su sexualidad, a tal punto de que ellos parecen más interesados en que su hijo consiga novio que el propio Colin. Aun así, este ha concebido un mundo bastante pequeño y protector para sí mismo: un trabajo mediocre como encargado de un parqueadero municipal, pequeñas presentaciones que su cuarteto de barbería realiza en pubs discretos, una que otra salida a clubes y bares para encontrar pareja (el rincón de la esquina en estos lugares, donde Colin observa en silencio). Harry Melling tiene el tipo de mirada contrariada y nostálgica que necesita su personaje y la cámara de Lighton lo sigue siempre en plano medio o primer plano. ¿Qué lleva Colin consigo que lo aleja del resto? ¿Será que su identidad queer, como la de cualquier otro, estará siempre determinada por la incertidumbre y la melancolía?
Estas preguntas se tornan aún más importantes después de que Colin conozca a Ray. Ray, de mirada fría y peligrosa, un rol fantástico para Alexander Skarsgard, se le acerca a Colin en esa primera cita (un encuentro clandestino en un callejón alejado) y, sin decir mucho, se quita la chaqueta, revela un curioso traje de látex, le indica a Colin que se ponga de rodillas y, cuando este lo hace, deja que le haga sexo oral. Al acabar, Ray sigue sin decir una palabra. Torpemente, sin leer bien la situación, Colin le sugiere que se queden conversando en un bar cercano, pero Ray lo declina. La escena, más allá de su potencial polémico, indica mucho. Colin nos parece bastante transparente en sus deseos e intenciones, y Ray sigue siendo un misterio. Eso no durará mucho. Para el espectador avispado será fácil darse cuenta de que los roles en verdad están inversos. Ray, más bien, parece demasiado seguro de lo que quiere, nunca dispuesto a torcer sus intereses en favor de los de su nuevo amante. Es Colin a quien no entendemos del todo: ¿qué le hace quedarse con Ray y cumplir con sus impulsos dominantes? ¿Es ese el mundo que Colin espera que se vuelva el suyo?
A partir de un acuerdo implícito, a partir de algunos gestos y miradas, Colin, en su primera cita en casa de Ray, acepta su rol como sumiso, dentro y fuera de la cama: debe prepararle la comida, hacer las compras, tornarse su compañero de sparring en lucha olímpica, dormir en un catre a su costado y, sobre todo, ceder ante todos sus deseos sexuales. Lighton filma estas secuencias con naturalidad y genuino interés por sus personajes y sus rituales; deja de la lado la curiosidad mórbida del primer plano y evita las escenas innecesariamente explícitas, confiando en el potencial erótico de sus escenarios y sus protagonistas. La primera vez que Colin le hace sexo oral a Ray termina con el joven ahogándose en su propia saliva, torpe e inexperto al hacerlo. La primera cita oficial entre Colin y Ray acaba con una larga escena de lucha en la que Colin es sometido a la fuerza bruta de Ray. Desde el primer encuentro sexual, Colin es tratado con rudeza por Ray, quien, por si fuera poco, no le deja dormir a su lado y se niega a penetrarlo estando frente a frente.
Estas escenas sirven para sugerir la particular dinámica entre Ray y Colin, la cual, sin embargo, solo tiene sentido en el contexto de la subcultura BDSM que Pillion decide retratar con detalle. Ray pertenece a un grupo de motociclistas gay, hombres de mediana edad que han adoptado el BDSM como un estilo de vida, con sus propias expectativas, reglas, limitaciones códigos y rituales. Cada uno de los activos tiene su propio pasivo, una figura servicial y sumisa que se entrega a su maestro en compañía de los otros. El grupo se reúne en bares y pubs, y realizan fiestas eróticas en casa de alguno de sus miembros. Los motociclistas visten trajes de cuero, llevan la cabeza rapada y les asignan a los pasivos unos collares que deben llevar siempre consigo. Cada vez que pueden, los motociclistas organizan salidas los fines de semana y viajes en carretera junto a sus pasivos. Lighton los sigue con la cámara y decide incluir a miembros originales de estos grupos en el elenco en lugar de contar con actores profesionales para sus roles. Esta decisión permite, por un lado, que distintas secuencias bastante riesgosas se tornen más íntimas y creíbles, y, por otro lado, les permite a los miembros originales mostrar su subcultura en una plataforma de la ficción y ampliar su público mediante el cine.
El efecto íntimo y revelador de estas escenas se refleja en un viaje al bosque que hacen Ray, Colin y el resto del grupo. La mayoría de activos mantiene una relación afectiva y de cuidado con sus pasivos, pero Ray parece rehusarse a hacer lo mismo con Colin. Su lenguaje es el de la omisión y la provocación: Ray reemplaza a Colin con otro pasivo en una lucha en el río y decide penetrarlo en vez de a su amante en una suerte de ritual colectivo, en el que todos los pasivos son amarrados en mesas mirando a sus maestros. Que luego Ray decida cambiar de pose y que penetre a Colin mirándole a los ojos (una prueba de confianza y un quiebre en su estricta relación de dominación) sugiere, una vez más, el resultado de un sistema de recompensas y afectos basados en la restricción, el control de los deseos y la fidelidad: Ray solo se acerca a Colin una vez que el chico se le ha entregado al punto de humillarse.
Lo interesante en el guion de Lighton, adaptado de la novela Box Hill de Adam Mars-Jones, es que, a diferencia de otras historias de erotismo y dominación, el énfasis en la psicología de los personajes y el riesgo y perversión al que se someten es puesto en segundo plano, desplazado por un genuino interés por desenredar los códigos culturales y afectivas de la subcultura BDSM y la intimidad de los juegos de rol: los rituales antes del sexo; las implicaciones de un pose u otra; la erotización de la rutina de los protagonistas; el compromiso identitario y hasta moral con el rol de sumiso o dominante; la entrega absoluta y las transformaciones corporales que lo conllevan. Lighton se preocupa más en el potencial del BDSM como dador de sentido social y cultural que en sus potenciales riesgos y límites morales. Que el cineasta decida centrarse en la relación entre dos hombres en una sociedad progresista y tolerante con sus prácticas, solo refuerza este intento por ampliar los discursos sobre el BDSM y exportarlos desde la empatía. Eso sí, nadie podría acusar al director y guionista de apolítico, sino todo lo contrario: en Pillion reside una constante vocación por repensar las relaciones de poder entre hombres, por evitar su demonización o potencial defensa, sino simplemente narrarlas, escarbar en sus orígenes y sus efectos.
Eso lleva a que la audiencia identifique que, hasta cierto punto, se trata de una película sobre la masculinidad en crisis, sobre los efectos de la soledad, los trabajos basura y la ausencia de sentido, y sobre las muy extrañas formas que tenemos para recuperar el sentido y volver a la comunidad. Colin no encuentra sentido en un trabajo burdo y sin ascenso posible; no tiene muchos amigos y no sabe cómo expresarse con el resto. El arquetipo detrás del personaje sugiere una mirada sintomática a la experiencia de muchos hombres jóvenes actualmente, y Lighton se atreve a sugerir que para muchos de ellos el BDSM podría ser una solución inesperada, una suerte de encuentro fortuito con otros hombres en busca de sentido y refugio. Para Colin, el sadomasoquismo implica ingresar a una comunidad estrecha y única en su tipo, encontrar valor en el deseo y en la devoción, hacer que su vida gire en torno a un propósito claro y trascendente, aun si este se resume en ser el pasivo de Ray, su fuente de placer, pero también su lugar seguro frente a un mundo que desconoce y no quiere conocer.
De esa forma, el Ray de Alexander Skarsgard tiene una presencia comandante en el film, un personaje al que no se le entiende del todo, que no se deja ver a la audiencia ni a Colin; un tipo iracundo, frío, muy peligroso, pero a la vez devoto de Colin, cómodo en su rol como activo dominante, pero incómodo ante la creciente intimidad que tiene con su amante. Ray funciona en la medida en que es un personaje opuesto al de Colin (sabemos todo de uno y nada del otro), que va torciéndose, cediendo poder, dejando entrever un lado vulnerable, sugiriendo grietas, sin que la audiencia lo note del todo, hasta que llega el punto de quiebre. ¿Es capaz Ray de tener una relación con Colin que vaya más allá del BDSM? Si no es así, ¿será porque, en el fondo, le aterra perder el control frente a él y ante sí mismo? ¿Qué aspecto de su historia podría sugerir su actitud tan distante, el pánico por acercarse a Colin?
Pillion no incide tanto en estas preguntas, dado que este es el viaje de Colin, de su potencial madurez sexual, del descubrimiento de sus deseos, de la identidad encarnada que por fin se siente propia, de las marcas en el cuerpo que le indican un sentido de pertenencia y, por tanto, un motivo para estar aquí. Aún así, por momentos Lighton depende de los recursos convencionales del romance cinematográfico y hasta de la comedia romántica, no se le puede acusar de abandonar la astucia de su premisa y se le debe reconocer que, ante todo, filma con el corazón. Su Pillion duele, pero, así como una dinámica BDSM, es un dolor de los buenos, del que nos acerca a los otros, nos deja vulnerables y nos hace sentir a salvo.
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