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Cine y TV

¿Quién le gana a la muerte? «Destino final: lazos de sangre»

 

Cuando somos pequeños, en esos años en que descubrimos al mundo a su alrededor (así como sus límites y amenazas), son comunes las obsesiones y manías, sobre todo por lo prohibido. Quedarse hasta tarde viendo un DVD prestado de La naranja mecánica (1971); entrar en secreto a la cuenta Netflix de algún familiar (cuando Netflix era lujo de unos pocos) para ver cine de horror y sagas gore; buscar en internet una edición pirata de películas de mal gusto de acceso imposible en el país…. Bueno, en mi caso cumplí con cada ítem de la lista. Ninguna obsesión, sin embargo, me sorprendía tanto (y aún me sorprende) como la que tuve con la saga Final Destination o Destino Final, la colección de películas de terror serie B con básicamente la misma trama: un montón de personajes desdichados que, luego de evadir una tragedia, son uno por uno brutalmente asesinados por la Muerte. Debo admitir que me vi las películas una y otra vez. Entraba a Wikipedia a releer la sinopsis de cada una de ellas, así como la lista destacada de las muertes de los protagonistas, las cuales me animaba a repetir una y otra vez en YouTube. Sin ningún tipo de rechazo a mis manías de adolescente, siempre me quedó la misma duda, y que puede ser la misma que comparten los detractores de la saga (que no son pocos): ¿por qué me gustaba tanto algo así?

Me hice la misma pregunta al ver Destino final: Lazos de sangre, la nueva película de la saga, la sexta en total, estrenada más de diez años después del último film. Como regla general, los remakes, reboots, y todos esos trucos corporativos de Hollywood por explotar nuestra nostalgia colectiva me parecen particularmente desagradables. Pero con Lazos de sangre había un incentivo diferente. Bien que mal, se trataba de volver a la misma saga que me había fascinado de pequeño. Y, por supuesto, estaba todo el asunto de la recepción crítica. ¿Un 73 sobre 100 en Metacritic? ¿Un 92% de aprobación en Rotten Tomatoes? (Como referencia, la primera película de la saga obtuvo 39 sobre 100 y 51% respectivamente). ¿Qué rayos habría motivado a la mayoría de la crítica a celebrar una secuela de una película de horror barato que habían odiado años antes? ¿Sería que, como tantos otros reboots y remakes bien recibidos últimamente (Agárralo como puedas –2025- se me viene a la cabeza) el blockbuster de Hollywood está tan por los suelos que cualquier película medianamente inteligente recibe el tratamiento de una obra maestra? ¿O es que en verdad hay algo muy especial detrás de la película?

Por supuesto, luego de verla me di cuenta de que la segunda razón era mucho más precisa que la primera. Pero, al leer algunas críticas sobre la película también comprobé un motivo ulterior, bastante sorpresivo, hasta diría fascinante: parecía haber una revalorización de la saga en su conjunto. De hecho, si uno lee varias de estas críticas, comprobará como algunos de los expertos hablan de lo bueno que hace Lazos de sangre con relación al resto de la saga y sus fundamentos. En otras palabras, lo que hacía tan buena era que podía consagrar todas aquellas características que ya conocía la audiencia: el film no altera las tendencias de la saga, simplemente las hace mejores, más interesantes. En ese sentido, escribir sobre las cosas que la convierten en una de las mejores películas del año (y lo digo en serio) es, en el fondo, escribir sobre lo que hace a Destino final una saga tan memorable, en un intento (limitado, eso sí) por legitimar una obsesión del pasado y un gusto culposo del presente.

Supongo que, a estas alturas, a todo el mundo le queda claro la fórmula de la saga. En cada película, como primer acto, una tragedia de gran escala: un avión que estalla en pleno despegue; un accidente múltiple en la carretera; la caída de una montaña rusa: la explosión de un coliseo de carreras; o un puente que se parte en la mitad. En cada caso, una persona tocada por la Muerte tiene una premonición minutos antes de la tragedia y es capaz de salvarse de una muerte segura junto a un grupo selecto de personas. Ellos han «engañado a la Muerte» y, por tanto, la Muerte debe ir uno por uno y llevárselos consigo. El resto de las películas sigue, de forma metódica, aunque muy creativa, la muerte de cada uno de estos personajes, cuya causa casi siempre es un accidente cotidiano o su equivalente más cercano: una tetera que hierve a tal punto que hace que un cuchillo salte al pecho de una mujer; una cama de bronceado que incinera a dos adolescentes; una piscina cuyo dispensador de aire arrastra a un personaje por el trasero y le saca los intestinos; un ascensor cuya puerta se atasca y decapita a una madre que acaba de perder a su hijo; o un par de pesas que se desbaratan en un gimnasio y que aplastan a uno de sus usuarios. Uno a uno van cayendo los personajes en el turno en el que originalmente debían morir y los pocos personajes que quedan en el clímax intentan engañar a la muerte una vez más, aunque esta termina casi siempre por salir victoriosa asesinando a los pocos supervivientes en el epílogo.

Cada película funciona gracias al placer de la repetición y del reconocimiento: la audiencia sabe perfectamente qué es lo que va a suceder, pero la duda está en el cómo. ¿Qué nuevos mecanismos utilizará la Muerte para acabar con los supervivientes? ¿Qué objetos, espacios, personas, malas coincidencias y juegos temporales se convertirán en la sentencia de los personajes? ¿Será que, aunque sea por una vez, alguno podrá salvarse? Por supuesto, esta es la misma técnica que utilizan otras sagas de horror gore como Saw (James Wan, 2004), en el que los personajes son sometidos a crueles trampas que amenazan su vida. La diferencia fundamental con Destino Final (y lo que la hace superior) es que, en este caso, es la Muerte, un ser exógeno y misterioso, y no las personas (asesinos psicópatas, monstruos, personajes violentos) quienes son responsables de las trampas. No existe la misma mirada cínica y descorazonada que vincula a las personas con la crueldad: no vemos personas asesinadas o torturadas sin razón, sino como parte del orden cósmico, de una suerte de equilibrio ontológico que la Muerte impone sobre nosotros. Más bien, esta parece una mirada un poco menos trágica: si todos van a morir, mejor que sea de la manera más épica posible.

Lazos de sangre sigue esta fórmula, aunque incluye un par de astutos giros que la destacan por sobre el resto. La escena inicial, la tragedia en un restaurante ubicado en el último piso de una torre de observación, se da décadas antes de la historia principal, en los años sesenta. Por tanto, quien tiene la premonición no es la persona que se salva del accidente, sino alguien que sueña con la tragedia muchos años después. Lo que vemos en la pantalla es la pesadilla recurrente que tiene Stefani Reyes, estudiante universitaria en el presente. El lazo entre ella y la tragedia es un lazo de sangre: la abuela de Stefani, Iris, fue quien tuvo la premoción antes de la caída de la torre y quien es responsable de haber burlado a la muerte. Esto complica las cosas para Stefani, su hermano, su madre y su familia extendida, en tanto que ninguno de ellos debía haber nacido en primer lugar. Y, por supuesto, esto quiere decir que todas las personas que se salvaron de la presencia de la Muerte han creado sus propios contrafácticos en contra de ella: muchas generaciones de personas (padres, hijos, nietos) que nunca debieron haber existido.

Mientras que en otras películas el grupo de supervivientes era un conjunto de cómodos estereotipos que hacían más interesante la trama, en esta ocasión, como el título sugiere, tenemos un grupo unido por los lazos sanguíneos y que, por tanto, tiene más en común que el objetivo primario de evadir a la muerte: es una lucha constante para que su familia pueda seguir existiendo. Este giro es bastante efectivo, no solo por el nuevo subtexto dramático (una familia que se enfrenta a múltiples duelos y los conflictos que estos generan), sino por lo que implica para las reglas de la Muerte y su presente en la gente. Por supuesto, Lazos de sangre no quiere seguirles el juego a las películas de body horror que construyen poderosas alegorías detrás de sus premisas: no existe aquí ningún comentario inteligente o novedoso sobre el trauma generacional, las familias disidentes o la familia como acto de resistencia ante el sistema. No es un body horror porque el cuerpo no produce significados y es apenas un ente pasivo ante la presencia de los maligno; es, por el contrario, una comedia gore con un sugestivo trasfondo fantástico, una suerte de sátira épica sobre nuestro miedo a la muerte y sus efectos. Así, lo más interesante es el conjunto de preguntas que despierta su premisa y que fuerzan a cuestionar la lógica detrás de las acciones de la Muerte en el mundo.

La premisa de Lazos de sangre sugiere algo bastante interesante, por ejemplo, sobre la capacidad de premonición y la forma en que esto se trasmuta por generaciones. Aquí, por supuesto, hay una serie de preguntas fundamentales que la saga nunca resuelve. ¿Por qué hay gente con premoniciones en primer lugar? Esto parece ser una amenaza al orden fundamental en el universo, en tanto que hace que el trabajo de la Muerte sea más difícil. ¿Se trata acaso de una suerte de grieta en el sistema que debe ser prontamente castigada y suprimida para evitar el caos? ¿O se trata de un rol especial con cierto propósito trascendente, una suerte de hierofanía que vincula a lo profano con el carácter divino de la muerte? Si uno tiene una premonición, pero la muerte es inevitable, ¿acaso existe el deber moral de evitar la de los otros personajes? ¿No es mejor mantener la muerte original en lugar de una muerte brutal poco tiempo después? Lo interesante en la cinta, además de insistir en estas preguntas, es que esta habilidad, acaso un don, puede trasmitirse por generaciones, lo cual complica aún más el asunto. Stefani arrastra una marca familiar que le hace ver el mundo de manera más aterradora, pero también más verdadera; un don que no pidió, pero que se le impuso al nacer. Este don viene con otra paradoja: a pesar de que Stefani lo lleva como una carga generacional, transmitido en la sangre, nadie en su familia le cree cuando hace uso de él. Quien diría que el mito trágico de Casandra podría tener lugar en una película gore…

De igual forma, Lazos de sangre insiste en una visión decididamente determinista de las acciones humanas, inescapables de un diseño particularmente específico e inmutable. Su determinismo gore es interesante, porque muestra lo mucho que tiene que hacer la Muerte, como la fuerza invisible que lo representa, para restaurar el destino original: cientos de miles de pequeñas acciones se tuercen y se manipulan, objetos dejan de funcionar o funcionan de la peor manera posible, las coincidencias se llevan al extremo; todo esto se da para que los personajes que debían morir terminen muriendo. En otras palabras, este determinismo invade el día a día de las personas, altera el orden cotidiano de las cosas de tal manera que el destino original se cumpla. Paradójicamente, es un determinismo cambiante, incluso flexible.

Esta se vuelve una de las principales interrogantes de la película, en tanto que las acciones de la Muerte se vuelven un objeto de estudio en sí mismo, con la intervención de expertos (la abuela de Stefani y el memorable cameo de Tony Todd como el forense), y las propias teorías al respecto. Las preguntas sobre determinismo son insertadas en la trama como una respuesta natural a la amenaza de los personajes y como un mecanismo de supervivencia. Parece que el mundo en Lazos de sangre es uno determinado por cierto balance cósmico, de compensaciones y equivalencias: si quieres vivir (dice J.B., personaje de Todd) tienes que morir momentáneamente o quitarle la vida a alguien. Eso devuelve la agencia a los personajes, pero una agencia de extremos que solo se activa al tomar estas decisiones radicales.

Uno podría pensar, entonces, en la Muerte como un agente mecánico y un componente más en un sistema más grandes, más allá de cualquier discusión moral y de los parámetros del bien y el mal. En ese sentido, la Muerte no es un agente moralizador o un actor con voluntad propia, sino una fuerza que sigue su curso como una ley natural. Esta premisa, sin embargo, se refuta a lo largo de la saga, en tanto que la Muerte parece recurrir a las peores formas de tortura física inimaginables, desde un cuerpo empalado por una viga a causa de un airbag hasta otro cuerpo achicharrado por una parrilla, pasando por un cuerpo aplastado por materiales de construcción. ¿Será que la crudeza de estas muertes compensan el daño original de haber roto con el orden de la Muerte? La película confronta directamente esta premisa, en tanto que personifica a la Muerte (la abuela de Stefani constantemente se refiere a ella como un personaje más), y en tanto que parece haber cierto ensañamiento (y castigo moral) a quienes se atrevan a desafiarla. «Si te metes con la muerte, pasan cosas raras», dice J.B., y una brutal secuencia posterior con dos cadáveres así lo sugiere.

Esta suerte de determinismo cósmico ultra cruel y correctivo parece llegar a su cúspide con los ingeniosos métodos que utiliza Lazos de sangre para acabar con sus personajes. A diferencia de otras entregas de la saga, los directores, Zach Lipovsky y Adam Stein, tienen como ventaja el placer de reconocimiento de películas anteriores y el conducir una saga que se estaba volviendo una parodia de sí misma. ¿Por qué no seguir con esa misma vía y convertir la cinta en una comedia de errores? Hasta cierto punto, las muertes, con un tono carnavalesco y sorpresivos giros finales, se acercan más al tipo de caricaturas disparatadas del siglo pasado: una muerte a lo Don Gato y su pandilla, Tom y Jerry o los Looney Tunes. Las muertes aquí funcionan por el detalle con el que están filmadas: una puesta en escena bastante más cuidada y profesional que en anteriores películas, y, por supuesto, más inmersiva y comprometida con las expectativas de la audiencia.

Aquí está demostrado el mayor éxito de la saga en su conjunto: explotar las angustias del estadounidense promedio, quizás el habitante citadino clasemediero común; tornar cada objeto y acción en un riesgo inmanente de muerte; hallar el horror en lo cotidiano. Todo puede ser objeto de muerte. Toda acción, todo paso en falso. Miren si no los objetos y circunstancias a los que se recurre para acabar con sus personajes: en una casa abandonada es un extintor, un giravientos y una teja a medio caerse del techo; en la casa de la familia hablamos de un trozo de vidrio en un vaso con hielo, una cerveza mal ubicada, un rastrillo bajo una cama saltarina, un juego de jenga gigante y la cortadora de césped; en un hospital el tomógrafo es una amenaza; en un estudio de tatuajes lo es el ventilador; en la calle lo puede ser una pelota de fútbol o el bote de basura. Los personajes caminan como una cuadrilla en zona de guerra por la calle, en tanto que cualquier cosa fuera de lugar podría terminar con sus vidas. Lazos de sangre insiste en lo ridículo cotidiano, en una sociedad ansiosa por tener el control de sus cuerpos y protegerlos de toda amenaza, tarea fútil, según sugiere la película, pero lo que puede explicar parte de las paranoias comunes en la media estadounidense y los constantes pánicos morales.

En cierta medida, uno podría decir que, con estas respuestas crueles, la Muerte parece castigar a Stefani y a su familia no tanto por intentar huir de ella, sino por querer saber cómo funciona. Lo que desata toda la masacre no es sino el intento de Stefani por desentrañar la tragedia familiar y entender el rol de la Muerte. En ese sentido, la película va mucho más allá de un es mejor vivir bien la vida y no preocuparse por la muerte: la lección final, según parece, es que insistir en un significado para la muerte, cualquiera que sea, es riesgoso y potencialmente trágico. No se trata de un nihilismo que abraza la inevitabilidad de la muerte, sino de la ignorancia consensuada: con una fuerza así, es mejor no hacerse preguntas.

Todo esto, sin embargo, todavía no explica por qué tantos como yo disfrutamos de este teatro de la crueldad, que Lazos de sangre lleva a su máxima expresión. Bueno, quizás sea porque, en el fondo, vivir de forma plena solo para morir de improviso suena a algo ridículo, y, como tal, una comedia que explote esto al máximo (y que estimule la curiosidad mórbida de las personas ante el peso de los objetos cotidianos en su vida) parece ser la respuesta más obvia posible. No sé ustedes, pero así como lo pinta la película, no suena tan mal.

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