Roma: ciudad de dios y del diablo – 8 de mayo
Roma ya no es la capital del mundo. Caput Mundi, decían en tiempos imperiales, hace dos mil años, cuando la ciudad era el epicentro de la civilización occidental. Hoy la suciedad y la quincalla reciben al visitante en los alrededores de la estación Termini: puestos de llaveros, imanes, figuras y otros cachivaches más o menos inútiles. Los venden inmigrantes de Bangladés, como los que ofrecen pizzas y pasta amatriciana en el recorrido hasta la cercana Santa María la Mayor, tumba del papa Francisco. El cónclave atrae a más turistas de la gloria, presente o pasada.
A la capital de Italia no le hace falta ser el centro del orbe para imantar a millones de turistas. En 2024 hubo récord: 51 millones de visitantes. Los grupos de turistas anegan las aceras: los guías usan un palo selfie al que atan un pañuelo en el extremo para conducirlos por calles, museos y restos. Todos los días parecen de juegos en el Coliseo: entran 25.000 personas al día, lo que sería media entrada en tiempos imperiales. Hoy pagan, no como entonces, que era gratis. Pan barato y espectáculos: la revolución se alimenta del hambre y el aburrimiento.
El mundo vive en un furor turístico acelerado por la pandemia. Como si el presagio de una gran catástrofe animara a la gente a viajar antes de que todo haya terminado. Las ciudades más visitadas del mundo (Estambul, París, Nueva York, Hong Kong) no tienen miedo de morir de éxito. Al contrario, quieren más: la globalización convierte a las metrópolis en polos turísticos y de empresas, de universidades y de restaurantes. Lo quieren todo al mismo tiempo. Esteban Hernández lo llama «el corazón del presente»: acumulación y muchedumbre. Y su cruz, el páramo y rabia: combustible de la reacción.
El fascismo italiano sólo triunfó cuando conquistó las ciudades, escribió Josep Pla. Los tiempos cambian: hoy Meloni gobierna y no necesita el voto de las urbes como Roma, donde fue superada por los vestigios de la izquierda. La gran belleza de la ciudad está en sus terrazas y puentes, en las luces y decadencias que rodó Sorrentino. Para Pasolini, Roma era la más hermosa y la más fea, la más rica y la más miserable, una ciudad de dios endemoniada. Era el siglo XX, y no podía sospechar la guerra que venía entre la dictadura del capitalismo turístico y el alma canalla de la ciudad que amaba.

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