Seriéfilo: abril de 2026
Por fin dejamos atrás la oscuridad, el frio, las lluvias… y llegamos a un momento más amigable, a una primavera luminosa en la que brotan nuevas series, los reencuentros con viejas conocidas son mucho más frecuentes y las sorpresas inesperadas, para bien o para mal, se multiplican.
El mayor brote verde vestido de reencuentro es, sin duda, la segunda temporada de una de las grandes alegrías del año pasado, The Pitt (HBO Max / Movistar), que se empeña en mantener la imagen de hija perfecta. No solo continúa de manera brillante la propuesta de su primera temporada mostrando que la continuación no es una mera improvisación fruto del éxito, sino que además podemos disfrutarla sin haber pasado un año del final de su primera entrega, con lo que no hace falta casi ni refrescar los personajes ni las tramas. Esta nueva tanda de capítulos nos traslada unos meses más tarde al mismo hospital de urgencias de Pittsburgh, con el mismo equipo de doctores y enfermeras, pero en el turno de día, que comprobaremos que es igual de caótico que el nocturno. Se une el último día del jefe de turno, Robby, el gran y encasillado en papeles médicos Noah Wyle, antes de tomarse un año sabático con un festivo como el 4 de julio que llevará las urgencias otra vez hasta el límite. A través de cada intervención médica vuelven a introducir una fuerte crítica social y una defensa a ultranza de la sanidad pública. Además de quemaduras, amputaciones y demás condiciones médicas, se lidiará con los seguros médicos, el ICE, los cuidados paliativos, el racismo, la importancia de los muy silenciados problemas mentales… todo bajo el frenetismo de capítulos grabados a tiempo real, sin elipsis ni flashbacks, pura adrenalina minuto a minuto en el set. Paralelamente, se desarrollan de forma muy orgánica las relaciones entre los personajes, sometidas a la tensión del momento, de pequeños detalles y decisiones instantáneas que pueden determinar si un paciente vive o muere y que van causando fricciones cada vez más acaloradas cuanto más avanza la serie. Así vemos comportamientos que pueden parecer fuera de lugar, desproporcionados o injustos, pero que hacen más humana la serie y más complejos y reales a sus personajes. Nada que objetar a esta gran serie que avanza solida hacia el pódium de las obras médicas.
Otra serie que vuelve, tras dos años de espera, es Las gotas de Dios (Apple TV), que continúa justo tras la endiablada competición entre dos hermanos por descubrir quién era el mejor enólogo y, por tanto, digno de la herencia de su padre. La serie, aunque intenta mantener la esencia de la investigación y los viajes por el mundo buscando el origen de un vino misterioso, esta vez se centra más en el interior de los dos hermanos. La obsesión e individualismo de Camille, que la llevan a distanciarse de sus seres más queridos, y los traumas infantiles de Issei, un miedo a la oscuridad que tiene tras de sí heridas más profundas. Sin llegar al excelso nivel de su primera temporada, estos nuevos episodios permiten conocer mejor a sus protagonistas y mantener el interés por un tema tan atípico en la pequeña pantalla como es el vino. Sin embargo, la llama se va apagando y parece que este podría ser un buen punto final a la historia.
El año pasado de estrenó con muy buenas críticas Paradise (Disney+) y, aunque me pareció una serie entretenida, no compartía la euforia de los medios. Puede que el personaje principal, interpretado por Starling K. Brown, me sacase algo de la serie al calcar al personaje que interpretaba en This is Us (Disney +). Esta segunda temporada sí que me ha gustado más. Se abre el foco, la cámara sale del bunker y las llanuras postapocalípticas, aunque ya no sean muy originales, le sientan muy bien a la serie. También compartir el protagonismo entre varios personajes y que Starling no esté en todos los planos. Combinar lo que pasa fuera del refugio y dentro, aporta dinamismo y rompe la monotonía de un mismo escenario una y otra vez. La aparición de nuevos personajes que parecen distantes pero que se van entrelazando en la trama principal, lanzando los característicos flashback que nos dan más contexto y explican esas relaciones forjadas hace años, completan el puzzle que va dando forma a una historia principal que cuando estaba centrada en la muerte del presidente se estaba volviendo aburrida. Ahora sí, tengo ganas de ver su tercera temporada, que ya está confirmada.
Entre tanto reencuentro se agradece alguna cara nueva. Y quizás la más esperada de estos meses era El joven Sherlock (Prime Video), por ser una adaptación de Guy Ritchie, quien ya había actualizado el personaje para la gran pantalla con buenos resultados. Ese mismo tono pendenciero y fanfarrón es el que intenta imprimir aquí, que funciona mientras el director está detrás de las cámaras (dos capítulos). Las licencias que se toma se le perdonan por el ritmo que imprime y la trama parece llevar a un caso interesante que implica a una princesa china, un robo imposible y la cooperación entre unos jóvenes Sherlock y Moriarty. Coincidiendo con el cambio de director, la trama toma un rumbo más familiar que gira en torno a la infancia de Sherlock, con una misteriosa hermana que recuerda vagamente, una madre encerrada en un psiquiátrico y un padre desaparecido. Eso, unido al irregular tono made in Ritchie, que es difícil de mantener si no es por el mismo Ritchie, convierte a la serie en una historia detectivesca de aventuras impersonal y desdibujada cuya relación con el personaje de Sir Conan Doyle se limita a los nombres y la época. La serie es entretenida y está bien ejecutada, pero no llega a los estándares del director y menos aún a los de Sherlock Holmes. Esperaba mucho más.
Un reencuentro más fugaz, y mas insulso, es el de la banda criminal más famosa de Birmingham. Peaky Blinders: El hombre inmortal (Netflix) debía de ser el broche de oro con el que cerrar para siempre las aventuras de la familia Shelby, pero la propuesta se descubre como una obra intrascendente e innecesaria. Lo primero que falla es el formato de película, que intenta darle empaque a la vuelta de Tommy (quien había cerrado su historia de forma muy digna y satisfactoria en el último capítulo de la serie) pero que, por la falta de metraje, no consigue imprimir la urgencia suficiente para sacar al personaje de su retiro entre fantasmas. Quizás si se hubiese planteado como una nueva temporada de seis capítulos pudiese desarrollar mejor al personaje del hijo bastardo que ahora lidera unos Peaky Blinders transformados en banda brutal y despiadada: podría habérsele sacado más jugo a un villano como Beckett, interpretado por un buen Tim Roth que representa los intereses del Führer en plena Segunda Guerra Mundial; o explicarse mejor el contexto de los bombardeos sobre Birmingham y la operación Bernhard, planeada en 1939 para inundar Reino Unido de libras falsas que causasen el colapso de la economía inglesa por culpa de la hiperinflación. Al final, una idea interesante, al tener que condensarla en poco más de hora y media, se queda como un fan service con escenas visualmente potentes y pomposas que no son más que cartón piedra y que no aportan nada a la leyenda de los F*cking Peaky Blinders.
Para terminar, un último reencuentro que ya se ha convertido en tradición. Vuelve la quinta y penúltima entrega de los tíos más degeneradamente graciosos e impresentablemente entrañables de los últimos tiempos: Machos alfa (Netflix) prepara su última gamberrada y, estos sí, han sabido calcular perfectamente el timing. Aunque sigue siendo una graciosa, se les coge cariño a los personajes y en seis capítulos de media hora no te da tiempo a aburrirte, se ve que los mejores momentos de la serie ya han pasado. Aun así, su visionado nos mantiene en un área de confort que sabe lo que tiene que ofrecer y no defrauda. Una comedia que se echará de menos. A ver si no fallan el último servicio.
Y hasta aquí estos meses de reencuentros que, visto lo que se viene encima, no pararán por lo menos hasta el verano. Y algunos con despedida, como es el caso de The Boys (Prime Video), que se despide tras cinco temporadas. Pero con eso ya lidiaremos cuando toque, que no merece la pena ponerse sentimentales tan pronto. Mientras tanto, ¡a seguir catódicos!






