Seriéfilo: febrero de 2026
El mes de febrero pasa raudo y veloz, aunque dejando un poso de calidad que perdurará durante mucho tiempo. Así, se mantiene el ritmo de estrenos de postín en todos los meses del año, por muy cortos que sean.
De hecho, si alguna serie debiera ostentar ese título representativo del mes, sin lugar a dudas se lo daría a la segunda temporada de Fallout (Prime Video), posiblemente la mejor adaptación de un videojuego a la pequeña pantalla que se haya hecho. Es cierto que esta temporada empieza muy dispersa, con un hilo narrativo muy fino del que tirar; ese vagar por el Yermo en busca de la ciudad de New Vegas sirve a modo contemplativo para admirar la fidelidad con la que se han trasladado muchos conceptos del videojuego a la acción real, para luego ir engordando la serie con el trasfondo mastodóntico de la saga rolera. Y para deleite general, todo esto se hace con muy buen gusto y respeto al producto original, atreviéndose incluso a explicar acontecimientos que en el juego se dejan a la deriva y que, contado como se hace en la serie, encajan como un guante. Poco a poco la serie se va encauzando y recomponiendo para convertir ese hilo fino del que tirar al principio, en una gruesa y sólida cuerda que avanza en la historia de Lucy, el Ghoul y Maximus abriendo nuevos caminos por los que continuar. Conclusión: Fallout sigue siendo obligatoria para los que disfrutaron con los videojuegos y altamente recomendable para quienes disfruten con la ciencia ficción desmadrada, anárquica y violenta.
Ahora, haciendo honor al mes en el que estamos, vamos con unas cuantas series de corta duración pero de gran calidad, binomio insuperable.
Para empezar, nada mejor que la vuelta al ruedo seriéfilo con una Marvel que empezaba a mostrar signos de desgaste en sus últimos estrenos. En casos así, nada mejor que dar un paso atrás y volver al minimalismo: historias pequeñas llenas de matices sin la presión de tener que salvar al mundo ni gastar millones en la partida de efectos especiales. Y eso es exactamente lo que nos ofrece Wonder Man (Disney+), una intrahistoria del género en la que un actor se obsesiona con protagonizar el reboot de una película de superhéroes que veía con su padre cuando era pequeño. En la serie aparecen superpoderes, pero pocos y, la verdad, podría no haberlos al tratarse de algo totalmente residual y sin importancia. Aquí lo que sí hay es mucho amor por el cine y mucho sentimiento. Sin grandilocuencias, en solo seis capítulos de no más de media hora. Así, desde lo pequeño, es como se vuelve a recuperar la ilusión.
Por su parte, la franquicia de Juego de tronos, sin estar tan quemada como la Casa de las Ideas, también necesitaba aire fresco; tanta política de altos vuelos calienta las cabezas y nos hacía falta despejar un poco. El caballero de los siete reinos (HBO Max) da un giro de 180º al Poniente que todos conocíamos: descendemos a lo más bajo del continente para seguir los pasos de un autoproclamado caballero errante y su pequeño escudero. La gran gesta del protagonista será tratar de que le permitan participar en el torneo de un pequeño pueblo perdido y, de paso, que alguien le reconozca como caballero. Lejos quedan las metas de salvar al mundo de los caminantes blancos o el cumplimiento de profecías varias: aquí se baja al barro y, aunque la serie tiene tintes cómicos, no deja de representar el drama de las clases populares sometidos a las injusticias y a los abusos de los poderosos. Eliminada la grandilocuencia, todo lo demás es Juego de Tronos: una producción exquisita, interpretaciones y personajes memorables, acción trepidante y diálogos con cargas de profundidad, quedando también lugar para la épica, que no es patrimonio de los nobles y las heroicidades aunque estas sean a menor escala.
Seguimos. Hace exactamente diez años se estrenaba El infiltrado (Prime Video), una miniserie inglesa de espionaje basada en la obra de John Le Carré y que protagonizaban Hugh Laurie (Dr. House) y Tom Hiddleston (Loki). Por supuesto, mi yo de hace una década la comentó en su seriéfilo correspondiente. Apareciendo desde la nada se anunció su segunda temporada con el nombre de The Night Manager por tierras anglosajonas, con la correspondiente sorpresa mayúscula a causa del reflote de una serie que parecía tener un inicio y un final allá por el 2016. Mayor sorpresa aún cuando cuenta con los mismos protagonistas de entonces y mas aún cuando aplican el mismo recurso que hicieron con la última temporada de Happy Valley, es decir, aprovechar ese tiempo transcurrido para situar la historia en el momento actual. La última gran sorpresa es ver que las dos temporadas encajan como un guante, que no se pierde un ápice de frescura y que la cosa funciona a las mil maravillas como serie de espías. Por cierto, la tercera temporada, esta vez sí, ya está anunciada.
Por otro lado, el East End londinense de la época victoriana vuelve de la mano del creador de Peaky Blinders, Steven Knight, con la segunda temporada de Mil golpes (Disney+). Esta continuación la esperaba, más que por la historia en sí, por la recreación y ambientación de esa época londinense que Knight domina a la perfección: los bajos fondos, la suciedad, las peleas clandestinas en pubs, las barcazas gigantes… así como sus contrastes con la alta sociedad y la realeza. Eso es lo que la serie nos da, con una historia con menos punch que en su primera temporada pero igual de entretenida con esa mezclando de boxeo y golpes clandestinos de la banda de las Cuarenta elefantas.
Con la explosión del subgénero del whodunit surgen muchas títulos que retuercen el concepto para ofrecer algo distinto y novedoso. Este es el caso de Él y ella (Netflix), adaptación de la novela de Alice Feeney en la que un policía y una reportera intentarán resolver una serie de asesinatos en el típico pequeño pueblo norteamericano en el que nunca pasa nada. La cuestión es que al final sí que pasa, concretamente unos asesinatos que destapan muchos de los trapos sucios de sus vecinos. La serie nos va soltando pistas, rememora flashbacks del pasado e introduce personajes relacionados. Todo ello poco a poco, como miguitas de pan que nos señalan el camino mientras se van introduciendo dos factores distorsionadores que, por un lado, hacen la serie mucho más divertida e imprevisible y, por el otro, dinamitan cualquier posibilidad de resolver el caso por nuestra cuenta: el primero es que ambos protagonistas mienten y ocultan cosas; y el segundo es que la propia narración también nos oculta constantemente la verdad, ya sea jugando con las cámaras, usando elipsis de tiempo o un variado etcétera. Eso sí, nos lo vamos a pasar pipa con cada sorpresa del camino en una serie para disfrutar y desechar: un gran divertimento de fin de semana.
Y hasta aquí las recomendaciones de febrero, un buen mes que, como sus series, ha sido breve pero intenso. Volvemos en marzo al formato habitual de producciones más extensas, cocidas a fuego lento desde enero y con un aroma decididamente prometedor.





