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El Seriéfilo

Seriéfilo: mayo de 2025

 

Y casi sin darnos cuenta, llegamos al abismo de junio que separa una temporada soguera de la siguiente. En medio quedarán días de áridas horas al sol, buscando las mejores series que el verano nos pueda ofrecer. Pero, además de ser el mes previo a las vacaciones de la mejor revista cultural de todo internet (incluyendo incluso la dark web), mayo también es conocido por ser el mes de Star Wars: ya saben, May the 4th Be With You.

Y nada mejor para celebrar la convergencia de ambos eventos que con una de las mejores series que esa galaxia tan lejana podría traernos: la segunda y última temporada de Andor (Disney+), que conecta con la, probablemente, mejor película de la franquicia desde que Disney tomase el mando, Rogue One: Una historia de Star Wars (Gareth Edwards, 2016), que a su vez conecta de manera magistral con la trilogía original.

En esta segunda temporada se completa el viaje que transforma a Cassian Andor, que pasa de ser un descastado piloto sin ideales a un acérrimo luchador de la Resistencia contra el Imperio. Andor es una serie esencial para entender el porqué del odio al Imperio, poniendo de manifiesto su crueldad y falta de escrúpulos, así como los medios de los que dispone el poder para mover todos los engranajes y lograr, citando a Malcolm X, que odiemos al oprimido y amemos al opresor.

El formato serie le sigue sentando como un guante, permitiendo mostrar escenas costumbristas que nos ayudan a entender mejor los entresijos de la sociedad interplanetaria del universo creado por George Lucas. Podemos ver, por ejemplo, una boda tradicional de conveniencia en Chandrila, con todos sus rituales, preparativos, ceremonia y posterior banquete; una comida cotidiana de una pareja de oficiales imperiales; o cómo Cassian y Bix hacen la compra en una tienda de comestibles en Coruscant.

El tono sigue siendo muy oscuro, lejos de las piruetas y las espadas de colores. No se romantiza ninguna facción, y se muestra cómo la Rebelión también debe tomar decisiones terribles por la causa. Esta es una de las principales fuentes de discrepancia entre un todavía idealista Cassian y su mentor en la Resistencia, el pragmático y despiadado Luthen, dispuesto a todo por dañar al Imperio: a morir, pero también a matar, incluso a inocentes, si es por un bien mayor.

En el lado oscuro, también se aprovecha para humanizar a sus representantes aunque sin dejar de mostrar la crueldad y tiranía que ejercen sobre la población. Andor aporta un contexto que enriquece y hace tridimensional un universo que va más allá de los caballeros Jedi; es la base sobre la que se sostienen todas las historias épicas de luchas entre el bien y el mal. Es Star Wars.

Para los más cafeteros, Dave Filoni nos regala también Star Wars: Crónicas del submundo (Disney+), serie de animación que nos cuenta los orígenes del enigmático cazarrecompensas Cad Bane y del renacer de la exasesina Asajj Ventress. Eso sí, aunque ambos villanos son muy carismáticos, las historias que se cuentan son bastante planas y tópicas. Se salvan por sus protagonistas, pero pasan sin pena ni gloria: lo que se presenta como fragmentos que pretenden expandir el universo, parece más bien una oportunidad perdida, sobre todo teniendo en cuenta la importancia de los personajes. Una lástima.

En cualquier caso y por muy mayo que sea, hay vida más allá de Star Wars; y es vida de calidad, en este caso. La primavera nos ha traído muy buenas series que prometen ser de lo mejor cuando estén acabadas, porque se ha instaurado una mala costumbre en el mundillo: llamar temporada a lo que es en realidad tan solo una parte de la misma. Porque una temporada necesita un final, aunque sea el de un arco menor. Ahora las últimas entregas del curso seriéfilo terminan como si fuesen un capítulo más, aunque el siguiente tarde en llegar un año (con suerte) o incluso dos si hay retrasos. Ah, y si en ese lapso de tiempo los ratings no acompañan, la serie se cancela dejando la historia truncada y sin coherencia.

Este mes, tenemos dos claros ejemplos en series que son potentes dentro de la industria. Por un lado, la segunda temporada de The Last of Us (HBO Max), que sigue los acontecimientos unos años después de una primera temporada que cerraba bien y con identidad propia. Esta vez, sin embargo, el final abrupto desluce la temporada. Y es que esto no es un final, sino un continuará que provoca una descompensación clara en el mensaje que se quería transmitir. Siguiendo la narrativa del videojuego, esta temporada deja la historia coja, al centrarse solo en Ellie y no mostrar aún la perspectiva de Abby, esencial para completar el triángulo relacional entre los tres protagonistas.

Tampoco ayuda que el clímax se produzca tan pronto (en el segundo capítulo), dejando al resto de la temporada sin un momento igual de potente. Todo está impecablemente producido: diálogos, actuaciones, fotografía, música… Pero al faltar ese ingrediente final, la serie pierde chispa y queda muy por debajo de su primera entrega. Es probable que, con el paso del tiempo, esta temporada gane peso cuando germinen las semillas que ahora apenas brotan. Pero lo cierto es que, por el momento, no destacan.

Por otro lado, la superproducción argentina El eternauta (Netflix), protagonizada por Ricardo Darín, lleva el apocalipsis a Buenos Aires. Cuando todo aparato eléctrico deja de funcionar y un aire letal invade las calles, el objetivo ya no es entender el porqué, sino sobrevivir. La serie aprovecha esta situación extrema para reflexionar sobre lo mejor y lo peor del ser humano. Muestra tanto el individualismo destructivo como el valor del colectivo frente a una amenaza superior.

Acostumbrados al fin del mundo en Wisconsin o California, solo la localización argentina ya ofrece un soplo de aire fresco. El acento y el ritmo tan característicos del país latinoamericano ayudan a crear una inmersión que resiste incluso cuando la serie vira hacia lo fantástico. Todo está tan bien planteado que la suspensión de la incredulidad nunca se rompe. No obstante, justo cuando la historia empieza a crecer, la temporada se corta en seco, dejándola descabezada hasta que Netflix decida continuarla. Una práctica que perjudica seriamente la experiencia del espectador.

Para terminar con una sonrisa, nada mejor que una buena comedia. El estudio (Apple TV+) es una sátira sobre la industria del cine en la que Seth Rogen interpreta a un nuevo director que intenta cuadrar números sin dejar de adular a sus ídolos del celuloide. Arte y negocio: una combinación imposible. La serie no deja títere con cabeza: estudios, directores, actores, críticos… todos reciben su dosis.

Pese a tratarse de una comedia, se nota el cuidado y mimo con que está hecha. Abundan los cameos de famosos riéndose de sí mismos y, como no podía ser de otra forma, los larguísimos planos secuencia, incluso aunque este recurso ha perdido impacto tras haber sido perfeccionado y llevado al paroxismo en Adolescencia (Netflix).

Y con este póker de seriazas me despido para iniciar mi travesía veraniega por el desierto, con la promesa de volver con nuevas joyas para paladares exquisitos en septiembre. Aunque el verano solía ser tierra yerma, ya hemos visto que últimamente las plataformas esconden tesoros entre la arena. Os prometo que me dispongo a excavar todo lo que haga falta. ¡A disfrutar el verano, seriefilers!

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