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Cine y TVEl Seriéfilo

Seriéfilo: septiembre de 2025

 

Como siempre, volvemos amodorrados del verano y nos damos cuenta de que entramos en la recta final del año. En esos últimos meses que van a poner la guinda definitiva al curso seriéfilo, intentando sorprender con algún que otro hit escondido que decante la balanza y haga que se hable más de una plataforma que del resto. Por desgracia, parece que en este septiembre se han alargado las vacaciones y se nos ha abandonado a los espectadores en un mes de transición. Aunque, como siempre, hay brotes verdes que nos alivian el camino hacia un octubre que parece que será lo que estábamos esperando.

Pero empecemos. Si por algo destaca este septiembre es por la consagración de una de las mayores aventuras de la ciencia ficción serializada que hemos conocido: la tercera temporada de Fundación (AppleTv) encumbra a esta opera espacial como una de las más grandes y faraónicas producciones del género. La serie consigue transmitir, de forma sencilla pero ingeniosa, la inmensidad del universo y la insignificancia del ser humano como persona concreta dentro del devenir de la Historia. El mapa trazado por Hari Seldon sigue condicionado el destino del Imperio, siempre con la sombra de la duda sobre si sus profecías se cumplen porque se trata de evitarlas o porque son, precisamente, inevitables. Con esa hoja de ruta la narración de Fundación se alarga cientos de años y nos ofrece todo lo que la ciencia ficción puede dar: batallas espaciales épicas; intrigas palaciegas cuyas repercusiones afloran décadas después; cultos olvidados; fuerzas místicas cuya comprensión está más allá del intelecto humano; tecnología que compite con la magia; razas milenarias exterminadas; política del más alto nivel que utiliza planetas enteros como peones y política de alto standing con giros de guion que dan vértigo…. La serie, una vez asentada tras tres temporadas y cientos de años de historia a sus espaldas, se convierte en una auténtica epopeya espacial llena de acción y sacrificios por un futuro incierto. Los personajes de Hari, Gaal Dornick, la trinidad de Imperio y Demerzel logran mantener una partida de ajedrez sangrienta y casi infinita.

Sin dejar el género de ciencia ficción, este mes aterrizaba la gran franquicia del xenomorfo en territorio seriéfilo: Alien: Planeta Tierra (Disney+) prometía una vuelta de tuerca a la pesadilla espacial que nos lleva atormentando casi cincuenta años. Y la verdad es que no comienza mal, con una ambientación que luce genial, unos efectos especiales a la altura y un concepto, el de los híbridos, que viene a convivir con los cyborgs y los sintéticos planteando dilemas éticos sobre los que reflexionar. Tampoco desentona la presentación de los xenomorfos. En definitiva, un buen punto de partida que, por desgracia, se va desdibujando por el torpe desarrollo de las tramas y los abundantes Deus Ex Machina que muestran las costuras de los guiones, sobre todo de la mitad de la serie hacia delante. Pero además arrastra otro problema de peso: su personaje principal, la todopoderosa Wendy (primera sintética creada por la megacorporación Prodigy Corp), está mal concebido. Sus habilidades extraordinarias trascienden los límites de lo que se supone que pueden hacer sus congéneres, echando por tierra el propio concepto de los sintéticos, uno de los mayores aciertos de la propuesta: conciencias de niños moribundos transferidas a cuerpos casi indestructibles. Mientras el resto se comporta como niños atrapados en cuerpos de adultos, Wendy exhibe una madurez impropia de su edad, algo que nunca llega a explicarse del todo. Si al problema que presentan los sintéticos añadimos que los aliens no dejan de ser meras comparsas de la protagonista, y que por momentos no se comportan como máquinas de matar despiadadas y casi indestructibles, el efecto xenomorfo se desdibuja por completo. Puede que todas estas incoherencias se expliquen en futuras temporadas, pero hasta ahora Alien: Planeta Tierra no pasa de otro intento fallido de resucitar una longeva franquicia que no termina de modernizarse.

Cambiando de tercio, tenemos que decir que la incursión de las producciones inglesas en el mundo criminal de su país parece una tónica de este año. Si ya arrastrábamos tres grandes títulos como Gentlemen: La serie (Netflix), Tierra de mafiosos (SkyShowtime) y Gangs of London (SkyShowtime / Movistar+), este mes se une a este subgénero Los amos de la ciudad (Movistar+), que se mete de lleno en una banda de traficantes de Liverpool que, como buenos ingleses, viajan mucho al sur de España y no solo a hacer turismo. En la serie, dos de sus miembros lucharán por hacerse con el control de la banda tras el vacío de poder que se crea al morir su cabecilla. Por cierto, que este muera no se puede considerar spoiler ya que lo interpreta Sean Bean. Hablamos de una serie frenética y absorbente que, por un lado, lidia con la guerra interna de la banda y, por el otro, lo hace con la relación que la propia banda tiene con los proveedores, quienes exigen sus pagos y también estabilidad suficiente para que el negocio siga funcionando. Otro acierto es el incluir una tercera arista a la ecuación como la de compaginar el tipo de vida mafioso con el día a día de una persona común, con familia y relaciones fuera del mundillo criminal. Para acabar, una recomendación: afinad bien el oído con la versión original, porque se ha cuidado mucho el scouse (acento y la forma de hablar de Liverpool) y parece otro idioma diferente al inglés.

Sin embargo, los que no parecen tener ningún cuidado con los acentos son los actores de la miniserie Dos Tumbas (Netflix), producción que hace hincapié en su ambientación en el pueblo de Frigiliana (Málaga) pero que, salvo Álvaro Morte, carece de actores y actrices que se tomen en serio la caracterización. El guion del colectivo Carmen Mola (es decir, Agustín Martínez, Jorge Díaz y Antonio Mercero) parte de la idea potente de la desaparición de dos jóvenes durante las fiestas del pueblo, pero, aparte de dos o tres giros que sorprenden, el resto de la trama transcurre siguiendo los cánones del género, sin sorpresas. Aunque entretenida, no es una serie ambiciosa en ninguno de sus apartados, por lo que se perderá sin que nadie la eche de menos en el mar de las miniseries de thriller.

Tampoco han tenido suerte los responsables de La casa de papel (Netflix) con su nueva creación, El refugio atómico (Netflix), serie que recuerda a su antecesora pero que falla en lo que hizo que destacase aquella: la potencia de sus personajes. Aquí, es imposible empatizar con ninguno de los ellos; ni con los ricachones que viven en el bunker ni con los miembros del personal de mantenimiento del mismo, por lo que con el paso de los minutos cada vez importa menos lo que les pase. La trama se desparrama continuamente hacia el culebrón de salsa rosa pringosa en el que todos se lían con todos… y si ya no nos interesan sus devenires vitales, imaginaros sus líos de falda. Una vez se cae la careta de los personajes, el resto de la broma cae por su propio peso. Aléjense de esta serie: material radioactivo.

Menos mal que para salvar el orgullo patrio no hace falta ninguna producción grandilocuente, sino unos pocos pildorazos, de no más de veinte minutos, contando la vida cotidiana de una pareja de lo más corriente. Poquita fe (Movistar+) sorprende con una segunda temporada mejor que la primera, con una comedia costumbrista de andar por casa, sacando sonrisas de los problemas a los que puede enfrentarse cualquier trabajador medio español. Raul Cimas y Esperanza Pedreño vuelven a ponernos frente a un espejo y sacan punta al problema de la vivienda, la familia, la conciliación laboral, los amigos, los bulos, las alarmas… Una genialidad vestida de cotidianidad que nadie se puede perder.

Y hasta aquí el resumen del mes de la vuelta a la normalidad. Ojo: no hay que confiarse, porque una vez que esto coge carrerilla es imposible de parar y octubre promete velocidad crucero y arrasamiento. Se acercan algunas de las vacas sagradas. No os lo podéis perder.

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