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Cinefórum XXXIX – Comanchería

Tiene mucho de revelador que sea un escocés, David Mackenzie (Starred Up, Perfect Sense), quien haya pintado un fresco tan certero y preciosista de la América profunda como Comanchería (Hell or High Water, 2016). En estos tiempos de globalización capitalista, el lienzo del oeste norteamericano, otrora lejano, ha sido asumido por el espectador occidental como un escenario reconocible donde ver reflejadas las pinceladas que dan forma a algunos de los mitos más importantes de la sociedad contemporánea.

La premisa argumental con la que arranca la película, con guión de Taylor Sheridan (Sicario, Sons of Anarchy), se enmarca en los postulados típicos del thriller fronterizo: dos hermanos, un padre divorciado (Chris Pine) y un ex presidiario (Ben Foster), recorren el oeste de Texas atracando pequeñas sucursales bancarias, mientras una pareja de veteranos policías (Jeff Bridges y Bill Birmingham) intentan darles caza. El objetivo de los ladrones es conseguir el dinero suficiente para que la entidad financiera a la que roban no se quede con su rancho familiar.

Ante esta presentación, podría pensarse que con Comanchería nos vamos a encontrar una nueva relectura idealizada del cuento romántico del forajido que juega a ser Robin Hood, y con un nuevo vistazo al torturado horizonte vesperal de los veteranos que se agarran a la ley como único asidero de un mundo que ya apenas reconocen. De hecho, es fácil detectar la impronta de John Steinbeck en la suicida cruzada personal de los hermanos, así como la de Cormac McCarthy en el desencanto del personaje del (siempre) inmenso Jeff Bridges, erigido aquí en alma gemela del sheriff de No es país para viejos. Sin embargo, la mayor virtud de la cinta de Mackenzie es condensar los tópicos del western crepuscular y reescribirlos de acuerdo a los nuevos tiempos; porque Comanchería no solo habla del final de la vida de la frontera, si no de cómo la ambición financiera y la libertad de armas pueden hoy cuestionarnos sobre quiénes son realmente los héroes y villanos de una historia.

El discurso del film viene acompañado por una pericia técnica que apuntala certeramente el resultado final: al contenido pero efectivo lirismo visual (inevitable destacar la fotografía de Giles Nuttgens y los sugerentes planos y movimientos de cámara de Mackenzie), hay que sumarle la apropiada banda sonora (especialmente la presencia de Nick Cave) y las reminiscencias cinematográficas que trufan el metraje (Raoul Walsh, Sam Peckinpah…); virtudes todas estas que logran hacer trascender al film de simple (pero sentido) homenaje del género, a uno de sus más vigorosos renovadores.

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