NELINTRE
Cinefórum

Cinefórum CCCXX: «Marketa Lazarová»

La semana pasada nos paseábamos por una filmografía exótica como la finlandesa y por un terreno tan fértil como era el de las creencias paganas y su reflejo sobre la realidad. Lo hacíamos de la mano de El reno blanco, una cinta que presenta algunas de las características que posteriormente se adjudicarán al folk horror. Incidiendo en esa misma línea, encontramos una producción de la ya desaparecida Checoslovaquia que, también, es considerada muy a menudo precursora de algunas de las líneas del folk horror. Estamos hablando de Marketa Lazarová.

El cine checoslovaco siempre ha contado con una extraña fortuna crítica que deriva de una generación gloriosa que se enmarcó en la llamada nueva ola checoslovaca. El director más famoso que surgió de aquel momento fue el posteriormente oscarizado Milos Forman, pero junto a él destacaron otros como Juraj Herz, Jaromil Jireš o Věra Chytilová. De allí surgieron obras como Las margaritas, Valerie y su semana de las maravillas o, incluso, una vieja conocida de nuestro cinefórum como El incinerador de cadáveres. También en ese momento de riqueza artística fue cuando František Vláčil realizó la que para muchos es la mejor película checoslovaca de la historia y que hoy nos ocupa. Se estrenó en 1967, un año antes de la Primavera de Praga y del inicio del fin de un cine que hablaba de una sociedad a la que, a la vez, intentaba influenciar.

A primera vista, Marketa Lazarová puede parecer una de esas cintas grandilocuentes que se realizaban en la Europa de aquel momento. Estas aprovechaban sin reparos la abundancia de extras y el beneplácito y la ayuda de los gobiernos y los ejércitos. Estamos hablando de producciones como la polaca Faraón, estrenada en 1966. Pero si aquella usaba todos los medios posibles para tratar de devolver a la vida el Antiguo Egipto, esta iba incluso más lejos en sus intenciones y giraba la mirada hacia el propio territorio checoslovaco, pero allá por el siglo XIII. Esto nos pone en alerta ante la posibilidad de encontrarnos, quizá, ante una proclama nacionalista, una cinta que puede buscar la creación de una identidad nacional. Un miedo que la película disipa rápidamente gracias a su naturaleza poética y abstracta, por un lado; y a su habilidad para mostrar a toda una serie de personajes taimados y faltos de la más mínima cualidad heroica, por el otro.

Vláčil construye una cinta reflexiva en la que cada plano tiene importancia y peso por sí mismo. Emplea también los intertítulos con generosidad, un punto de contacto con el cine mudo, para construir una narración que parece seguir el ritmo de los capítulos de una novela. Esto se debe en gran parte a que partía del texto de Vladislav Vančura con el que comparte título, pero también, seguramente, a que se estaba teniendo en cuenta la experiencia de una obra cercana en el tiempo como la magistral adaptación polaca de El manuscrito encontrado en Zaragoza, que se había estrenado en 1965. Al igual que en aquel caso, Marketa Lazarová destaca porque, al traducir la letra a la gran pantalla, se permite construir un nuevo artefacto que solamente puede funcionar como película y en la que esa magia del cine de la que siempre se habla pero nunca se puede definir, hace aparición. En Marketa Lazarová parece que cada escena, cada plano, cada mirada, tiene un peso en la narración y funciona por sí mismo. Construyen así un significado propio que luego es ampliado por las siguientes escenas, en un proceso acumulativo que hace que la unión de las partes cree algo mayor, pero todavía divisible.

Por su parte, la relación con el folk horror se encuentra en el uso del paisaje, construido a partir de la idea de la inmensidad despoblada de los bosques y campos del este de Europa. El mundo de Marketa Lazarová parece situarse en la frontera entre lo humano y lo salvaje. Las fortalezas son los últimos enclaves de la humanidad, lugares casi salidos de una cinta postapocalítpica; los lobos persiguen a quienes se atreven a salir de ellas y el propio entorno se convierte en un personaje más de la historia. No hacen falta, para esto, elementos fantásticos. De hecho, en la cinta solamente aparecen alucinaciones más o menos religiosas; lo real basta y sobra para construir un mundo diferente al convencional, un territorio nuevo en el que parece existir algo más allá de lo físico, por mucho que no se presente realmente ante nosotros.

Es curioso que, para poder mostrar esa condición casi visionaria, ese adelanto de un género futuro, tuviesen gran importancia los problemas presupuestarios de la película. Así, en el guion original se presentaban varias escenas que tenían lugar en la corte del rey Wenceslao I de Bohemia, lo que habría permitido un mayor peso de lo político y la exploración de nuevos escenarios. Se volvieron inviables por la combinación de su prohibitivo coste y el hecho de que la duración de la cinta habría pasado de las tres horas. Pero su desaparición, que ciertamente obliga a que alguna trama se cierre de manera muy apresurada, contribuyó a que el entorno incivilizado se erigiera como un miembro más del reparto de la película.

Marketa Lazarová
Filmové Studio Barrandov

Aunque ahora nos parezca mentira, esta cinta de más de dos horas y media, dotada de un ritmo lento y un aliento poético casi en cada minuto, llevó a más de un millón de espectadores checoslovacos al cine y se convirtió en una referencia del cine del país. Posteriormente, en una parte ineludible del cine checo.

Marketa Lazarová siempre aparece en las partes altas de todas las votaciones a mejor película checa o checoslovaca y es un ejemplo claro de cómo, en un momento dado, el cine artístico se dio la mano con el éxito de público. Resulta curioso que, para ello, hiciera falta una situación única, como la de Checoslovaquia a mediados de los años sesenta del siglo XX.

 

Ismael Rodríguez Gómez
Últimas entradas de Ismael Rodríguez Gómez (ver todo)

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba