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Cine y TV

Un paisaje llamado Robert Redford

 

Cuando en una ocasión le preguntaron a Sydney Pollack por su gran amigo Robert Redford, respondió que el actor era «una metáfora interesante de América: un chico de oro con cierta oscuridad dentro de él». Tal vez sea en esa complejidad (la de un hombre que no es exactamente lo que parece) donde resida parte de la fascinación que el actor suscita.

Para entenderlo, habría que empezar por aceptar que en este mundo hay hombres guapos, hombres muy guapos y hombres irresistibles; Redford, no inventamos la pólvora al decirlo, pertenecía a esta última categoría. La diferencia entre unos y otros podría situarse precisamente en la distancia: esa que existe entre la imagen que proyectan de sí mismos y lo que realmente son. Porque el magnetismo (esa palabra tan cursi) no tiene tanto que ver con la belleza como con la sospecha y así como cada persona tiene sus razones para quedarse embobada mirando las cimas y los hermosos colores de un paisaje, en Redford era posible intuir también los pasos más difíciles y aquel lugar donde quizá, tal vez, con suerte, pudiera haber un río.

Por eso yo podría decir que a mí me gusta por los bultitos del lado derecho de su cara, por su cara entera, la forma de su mandíbula, el borde un poco árido de sus labios y la voz calmada de sus entrevistas distinta a la de sus películas, esas que conviene ver si se le quiere conocer un poco. Además de por esa foto en esmoquin con el Óscar a mejor dirección en sus manos y esa otra a caballo sin camiseta en su rancho de Nuevo México.

Pero también por el miedo que pasa cuando cree que lo están siguiendo en una escena de Todos los hombres del presidente y la lucidez que hay que tener para haber empezado a preparar una película sobre Nixon antes incluso de que se supiera la verdad sobre el caso Watergate. La misma que se necesita para defender con uñas y dientes el medioambiente cuando no estaba de moda hacerlo o para criticar a la CIA interpretando a un personaje cuyo trabajo se basaba en leer libros de espías[1]. Para ser cada una de las letras de Jeremiah Johnson.

Admiro que de todas las cosas que podía haber sido ese chico atlético nacido en Santa Mónica (Los Ángeles) y con beca de béisbol para estudiar en la Universidad de Colorado, escogiese no ser la encarnación del sueño americano sino su conciencia, con ese arrojo que le llevó a decir en más de una ocasión que de todos los colores que representaban a su país su preferido no era ni el azul, ni el rojo, ni el blanco, sino el gris. El empeño de toda una vida en ser un forajido, aunque no sea fácil ser un pistolero solitario y de primera.

Reconozco que me gusta entender que fuera un actor tan excepcional cuando lo que en realidad deseaba era ser pintor, razón por la que vino a Europa con diecinueve años y también la que lo trajo de vuelta más tarde, cuando ya empezaba a labrarse un nombre en la Meca del cine y necesitó pararlo todo para pensar qué hacer con su vida. La decisión la tomó entre Málaga y Creta e incluía aceptar lo que se le daba bien, vivir en Utah y la determinación de rodar El descenso de la muerte y El candidato como parte de una trilogía sobre el poder para acabar ambas con la misma pregunta, «¿Qué hacemos ahora?», después de que sus protagonistas hubiesen alcanzado un éxito rotundo y dudoso. Por cierto, algo que se cuidó mucho de que no le ocurriese a él haciendo varias veces esa cosa tan difícil como es empezar de cero cuando ya se ha conseguido todo.

Parte de mí le adora porque en sus películas ama como aman los hombres que me gustan, como me imagino que uno debe de contemplar ese Oeste americano que él tanto quería: con humildad y sin aspavientos; afeitándose cuando toca, estando orgulloso de tu chica hasta la comicidad o reconociendo la imposibilidad de hacerle una visita[2]. Por sus relaciones largas (veintisiete años con su primera mujer y madre de sus hijos, la historiadora Lola Van Wagenen; casi treinta, hasta su muerte el pasado 16 de septiembre, con la pintora alemana Sibylle Szaggars) lejos de un Hollywood banal al que nunca le contó sus tragedias personales (tan dolorosas, tan privadas), en esa lista de todas las cosas que jamás permitió que se supieran de él. Bien lo sabe Michael Feeney Callan, que tardó quince largos años en escribir su biografía.

Me conmueve la ternura de que su primera película como director fuera tan complicada como para titularse Gente corriente o que Sundance exista gracias a su convicción de que, si la vida te trata bien, tienes la obligación de devolverle el favor. Incluso la obsesión que se intuía en su trabajo por los problemas de comunicación entre generaciones, que desease ser Gatsby porque lo consideraba un hombre desesperado y que costara sangre, sudor y lágrimas convencerle para que interpretase a Hubble Gardiner en Tal como éramos (pocos personajes muestran mejor la diferencia entre lo que se proyecta y lo que se es).

Que sea él la banda sonora de Memorias de África y esa línea de guion en la que dice: «Can I move? I’m better when I move[3]». La escena en la que se queda sin aliento al subir al quinto piso sin ascensor de su apartamento en Descalzos por el parque o esa otra en la que intenta mantenerse leal al personaje de Paul Newman en El golpe; la grieta en la que dejó caer que, al parecer, era habitual que se tropezase con todo, se dejase las llaves dentro del coche y se le cayesen las bolsas de la compra continuamente[4].

Sin olvidar esa tremenda declaración de principios que supone que una de sus últimas apariciones en pantalla sea una historia casi muda de un hombre solo frente a la inmensidad del mar[5], ni la elegancia que hay que tener para que no se le conozca ni un arrepentimiento de sus películas más criticadas o para que sus exigencias en los rodajes se mantuvieran intactas durante sus seis décadas de carrera cinematográfica: una silla, un ejemplar de The New York Times.

Pero por encima de todo lo que más me gusta de Robert Redford es que haya tenido la decencia de darme ventaja, a pesar de que yo no haya sabido aprovecharla: soy profesora, sé hablar español y nunca he estado en Bolivia, ese lugar al que por lo visto hay que ir cuando el final de la película empieza a acercarse demasiado. Fue él quien me pidió en un momento dado que le acompañara en la aventura, y yo la que no supo irse antes de que la muerte le diese alcance[6].


[1] Los tres días del Cóndor.

[2] Jeremiah Johnson, El golpe y Tal como éramos, respectivamente.

[3] “¿Puedo moverme? Soy mejor cuando me muevo”, de Dos hombres y un destino.

[4] En alguna ocasión admitió que esas escenas de Peligrosamente juntos fueron improvisaciones basadas en sí mismo.

[5] Cuando todo está perdido.

[6] Prácticamente todo el párrafo está basado en una escena de Dos hombres y un destino.

Saray García
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