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Una vida que suene a rock: 25 años de «Casi famosos»

 

Años después de verla por primera vez asistiendo a una función conmemorativa por los 25 años de su estreno, me di cuenta de que Casi famosos (2000) es, por sobre todas las cosas, una película sobre el asombro. Por supuesto, si uno pregunta por allí, el film de Cameron Crowe, una reconstrucción histórica del auge y caída de la escena rock estadounidense de los setenta, es comúnmente considerado un coming of age y un rito de pasaje entre la infancia y la adultez para su protagonista; un relato testimonial sobre la industria musical que el director filma con apego y melancolía, una suerte de defensa del rock and roll como estilo de vida. Estoy de acuerdo que Casi famosos es todas esas cosas. Aun así, si lo pensamos bien, todos esos elementos responden a una misma condición, o, para ser más preciso, una misma disputa: ¿es acaso posible (y deseable) dirigir nuestra vida desde el asombro? Y si es así, ¿valdría la pena que sigamos asombrados por la música rock?

En la película, Lester Bangs, exitoso y temido crítico de rock interpretado por Philip Seymour Hoffman, se atreve a sugerir una respuesta: «No me pregunten por qué busco obsesivamente en las bandas de rock ‘n’ roll algún tipo de modelo para una sociedad mejor. Supongo que es solo que una vez vislumbré algo hermoso, como un foco que se le ilumina en un instante, y quizás confundiéndolo con una profecía, he estado buscando se cumpla desde entonces».

Para Bangs, a diferencia de lo que sugieren muchos de los músicos a los que entrevista con regularidad, no hay nada tan especial en el rock, ninguna suerte de motivación trascendental o altruista para dedicarse a él. Es más, si le preguntan cómo son los artistas de rock, Bangs no tiene dudas sobre lo retorcido de sus intenciones: «son crueles y se aprovechan de ti», menciona en algún punto de la película. No existen, según sugiere el crítico, mayor profecía o mandato moral detrás de hacer música rock, aunque él se pase toda la vida buscándola. Quizás por eso, conforme avanza la historia, exhibe un semblante cada vez más melancólico e incierto: el rock es cruel, obsesivo y decadente, pero no se le ocurre otra cosa de la que escribir y no le queda otra opción que intentar mantenerlo con vida.

Esta disputa se ve bien reflejada en William Miller, el protagonista, un periodista semiprofesional quien tiene por encargo seguir la gira de Stillwater, una banda hard rock en ascenso a la que escucha regularmente. William, precoz adolescente de quince años criado por su liberal, aunque estricta, madre en San Diego, admite que no quiere hacer otra cosa que escribir sobre rock. «El rock está muerto», insiste Bangs al verle en una cafetería, sugiriendo que William se dedique al Derecho o algo similar. William, con cierta tenacidad ingenua que nunca se torna en arrogancia, insiste que no, que quiere seguir en la música, y la audiencia le cree cuando lo dice. Luego de mandar numerosos artículos a la Rolling Stone, William consigue que lo llamen de vuelta, y, tras convencer al editor de la revista de que los roqueros no se lo comerán vivo, consigue una crónica de 3000 palabras sobre la gira de Stillwater. Si sale bien, le asegura el editor, su historia podría volverse la portada del siguiente número de la revista, para sorpresa de William. ¡Y le insistían en que el rock clásico había muerto!

En este punto, William confía en que podrá acercarse a la banda de forma íntima y confidente para tener la mejor crónica posible. En la ruta, interroga a Jeff Babe, el cantante de la banda, quien admite que está en el negocio por el potencial efecto transformador del rock en la vida de las personas… y si no, también por las chicas. William es el «traidor», según sugiere Jeff desde el inicio, pero no por eso la banda lo excluye de sus reventones: con su asombro permanente, el chico parece inofensivo para la banda. «Es nuestro amigo, nos hará quedar bien», insiste Russell Hammond, el guitarrista y líder creativo de la banda, a quien el protagonista admira como a ningún otro. A lo largo del film, Russell, con su acento cálido y su sonrisa amable, hace todo lo posible por ignorar al periodista cada vez que este le insiste para una entrevista personal. «¿Qué es lo que amas de la música?», es la pregunta que William suele hacer y que el artista siempre ignora, una suerte de leitmotiv para el film que revela la profunda inseguridad del guitarrista, quien parece incapaz de sugerir una respuesta.

Este leitmotiv, simplón y trillado como el estribillo de una canción pop rock, define bastante bien al personaje principal y sus pretensiones. A pesar de todo, William cree en Stillwater. Cuando se acerca a ellos, aún con cierta inquietud periodística, lo hace más como fanático que como un reportero profesional. Cuando pregunta por sus vidas y por lo que implica la música para ellos, no lo hace con la intención de desbaratar sus razones y acusarlos de pretensión, sino con la genuina disposición de comprender sus vicios y manías, de darle cierto sentido a su historia como grupo, de convertir el caos en la ruta en un retrato coherente e inspirador en todo a sus canciones. El guion de Crowe jamás recurre al truco común de ver retratar a William con condescendencia. Todo lo contrario: su punto de vista, inocente, pero incisivo, dispuesto a la intimidad y sobrepasar las impresiones obvias, parece demasiado afinado para un chico de su edad y una carga imprevisible para los miembros de la banda.

Al asistir a sus reuniones privadas y fiestas en hoteles, y al seguir su historia desde la ruta, William conoce un lado de Stillwater que es difícil de acceder para otros fanáticos, pero insiste en no usarlo a su favor: la banda sigue creyendo que se trata de otro chico devoto al rock que escribirá lo que ellos necesitan, una pieza celebratoria sobre su carrera. Conforme William se acerca más, eso sí, la mirada de asombro implica una responsabilidad en Stillwater: ¿cómo sostener la fachada de estrellas de rock despreocupadas y groovy cuando el chico viaja con ellos en el mismo autobús y duerme en la habitación del costado? ¿Puede Russell seguir siendo la versión cool, dominante y hard rock con la que se ha presentado al protagonista? La mirada de William sobre la banda pronto colisiona con la mirada que los Stillwater tienen de sí mismos, y, de pronto, el film vira a una tensión mucho más interesante: la forma en que Russell y demás miembros de la banda creen que William los mira, y, por tanto, la forma en que la Rolling Stone (y el resto del mundo) los recordará en el largo plazo. De esta manera, el asombro de William por el rock y Stillwater no se basa en la simple contemplación, sino en saber más sobre los músicos y lo que implica ser uno de ellos. Irónicamente, esta parece la peor pesadilla para un grupo que ha hecho todo lo posible por evadir esa pregunta.

Esta misma mirada de asombro la comparte una de las musas de Stillwater y la futura confidente de William, Penny Lane, una destacada fanática que sigue a la banda en la ruta y que se rehúsa a revelar su edad y su verdadero nombre. Penny Lane, interpretada por Kate Hudson a partir de cierto encanto alicaído y mirada displicente, está bien al tanto del rol que le toca cumplir dentro del intricado sistema social de la industria rock, y lo cumple a la perfección. Cada vez que Russell le pide que estén ellos dos solos, ella cumple sin quejarse. Cada vez que la banda está de malas, ella organiza al resto de las fanáticas y se presta para el reventón. No hace preguntas de más ni se queja demasiado, y en más de una ocasión, y aunque ella quisiera lo contrario, termina pasando bastante desapercibida. Eso no quiere decir que a Penny Lane se le olvide de valerse por sí misma: por algo le exige a Russell y a la banda la atención razonable que merece como su fan número uno, y se pavonea por el backstage de los recintos musicales con la misma confianza que el cantante del acto principal.

La relación entre William y Penny es la más memorable del film, no solo por ser la más genuina, sino por ser la única que se sobrepone al asombro, aún si sigue dependiendo de él. Ninguno niega su admiración por el otro: William está perdidamente enamorado de ella y Penny lo sabe; aunque no lo admite, ella sabe que él es más inteligente que el resto y que su forma de mirarla, aunque inocente, es consciente de los extremos y contradicciones a los que le lleva su relación con la banda y su líder. En la escena más famosa de la cinta, cuando todo el cast canta Tiny Dancer en plena carretera, ante la posibilidad de que él la abandone Penny insiste a William que «ya está en casa». Cuando lo dice, no parece estar siendo sincera. Penny sabe que tanto William como ella son invitados de corto plazo dentro de la compleja trama Stillwater, y que, a diferencia de la banda, William no quiere que ella le diga lo que quiere escuchar. Cuando Penny intenta lo mismo con Russel poco después, la reacción es otra: Russell empieza a dudar de ella, en tanto que su asombro por él y la banda, como el de William, deja de ser un acto contemplativo y se torna, más bien, una exigencia.

Este dilema sobre el asombro se complementa, además, con las características intrínsecas a la gira musical. En la ruta, William no tiene un minuto libre. Todo se mueve mucho más rápido que en el mundo real y distintos eventos (cada uno más impensable que el anterior) se superponen entre sí: Black Sabbath haciendo destrozos en una habitación de hotel; un hombre sospechosamente parecido a David Bowie que avanza sigilosamente hasta el ascensor; un fanático desquiciado de Led Zeppelin que promete no volver a limpiarse el brazo luego de haber recibido un autógrafo; una avalancha de groopies que se avecinan a William con la promesa de quitarle la virginidad; y un cantante con la cabeza frita en hongos que promete que se lanzará desde la azotea de una casa directo a una piscina iluminada. Crowe filma esas escenas con cierta espontaneidad, con una cámara libre y un montaje poco intrusivo, manteniendo la sensación de que estamos viendo distintos hitos únicos suceder frente a nuestros ojos, como una gran novela que cobra vida en la pantalla.

Hasta cierto punto, la vida en la ruta implica cierta barrera de entrada (muchas veces autoimpuesta) para comprender el mundo real. Casi no se hace mención del tumultuoso proceso político en EE.UU. en ese momento, desde la caída de Nixon hasta el fin de la guerra en Vietnam. Ningún evento político es retratado en el film y el bus de Stillwater parece transitar por un país paralelo. Los personajes casi nunca hablan de otras cosas que no sean ellos mismos. Cuando William insiste en la forma en que la banda ha tratado a Penny Lane y la vergüenza que deberían sentir por hacerlo, su prédica parece más la de un chico enamorado que la de alguien preocupado por la evidente misoginia de la industria. Este egoísmo inherente al mundo del rock empieza a afectar a William y llevarse hasta el descrédito. Aquí es donde el factor coming of age toma un giro evidentemente irónico: para crecer de verdad y hacerse adulto, William no tiene que salir de casa y seguir una vida de rock, sino volver a ella.

Así, la pregunta fundamental que se hace Almost Famous es si acaso se puede mantener el asombro en circunstancias como esas. ¿Se puede creer en el espíritu rebelde y contestatario del rock and roll cuando las estrellas se pelean por jugosos contratos con disqueras millonarias y ceden su creatividad artística al poder desmedido de la industria? ¿Tiene sentido idolatrar a músicos que no parecen ser capaces de definir qué es lo que les gusta de la música en primer lugar? ¿Acaso vale la pena creer en la pureza moral del rock and roll entre tantas disputas entre las bandas, el maltrato y olvido a la groopies y la ausencia de remordimiento de sus protagonistas? Este es el principal dilema de William a lo largo de la película, y la sinceridad con la que lo escribe Crowe sugiere que se trata de un dilema bastante universal, posiblemente el suyo propio, y, gracias a su film, uno que nosotros compartimos también.

No es sorpresa para nadie que Crowe escribió Casi famosos a partir de sus propias experiencias como periodista musical. Desde joven, siguió la escena de los 70, sobre todo como cronista de la Altman Brothers Band en la ruta. Esta cercanía le permite filmar con cercanía e inmediatez, como un conjunto de memorias que parecen traspasarse directamente de su cabeza a la pantalla. Esto también le permite mantener un genuino interés por sus personajes, y, en cierta manera, alcanzar con ellos un punto medio: como personas de su pasado los músicos, managers y groopies nunca son tratados con excesiva crudeza o cinismo, pero también se resisten a una mirada santificadora y lineal.

Con la ventaja de la nostalgia, Crowe se permite contar su historia a partir de una muy cuidadosa selección de canciones, una suerte de soundtrack-capricho que funciona también para él y sus memorias como para la audiencia. Por supuesto, Tiny Dancer, con la brillante introducción de piano de Elton John, es perfecta para emular la necesidad de consuelo y cierta esperanza de la banda luego de su enésima pelea en la ruta. Pero la curaduría del cineasta va más allá: es The Wind con la voz de Cat Stevens azuzando a William y Penny ante el descrédito frente a la banda; es America, de Simon & Garfunkel como primera canción, insertando al film en la gran tradición estadounidense del viaje por carretera; son los coros de Brian Wilson, Todd Rudgren y David Bowie, tres voces incomprendidas del rock con la misma condena del asombro que William. Y, por supuesto, es otra canción de Elton John la que mejor destaca en el film: Mona Lisas and Mad Hatters, oda a los jóvenes incomprendidos de un Nueva York que nunca existió del todo y que William y Penny siguen buscando.

El estilo de Crowe, su pasión detrás de la cámara y el trabajo de la música hacen que la tesis sobre el asombro en Casi famosos sea aún más evidente ahora que vuelvo a verla. Por supuesto, también soy consciente de las limitaciones de la historia, una suerte de cuento de hadas sobre el rock que nunca abandona una narrativa clásica y llega a una conclusión bastante previsible. Aun así, como una canción favorita que podemos escuchar en vivo, aquí importa la ejecución, aún si hemos escuchado las mismas notas una y otra vez. Al final, el director filma desde el mismo asombro que William y deja una lección bastante memorable. Nada mejor que la conversación entre el periodista y Russell antes de que suene Tangerine:

« William: Así que Russel, ¿qué es lo que más amas de la música?

Russell: Para empezar, todo».

Tiene razón. El rock, como género de asombro, hace que todo a nuestro alrededor pueda verse y sentirse de manera distinta, intensa, muy nueva. Solo hay que seguir escuchando.

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