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Cinefórum CCCLXXVI: «Mad Max: Furia en la carretera»

Una de las mejores cosas que se puede decir de cualquier obra de arte es que abraza su propio tema sin estridencias, con naturalidad; casi sin que se note y sin que este sea lo único que le importa. Sucedía, en cierto modo, con el Eclipse total (Dolores Claiborne) de la semana pasada, en la que Taylor Hackford adaptaba el homenaje que Stephen King le había escrito a su madre, ahondando en el misterio y la narración fragmentaria de una historia que ponía a la mujer en el centro. Y desde luego sucede hoy con Mad Max: Furia en la carretera (Mad Max: Fury Road, George Miller, 2015), que la pone en el ojo de un huracán formado por arena del desierto, gasolina, persecuciones y guitarras eléctricas.

Visto con perspectiva, esta película parece un nuevo párrafo en la historia de Max Rockatansky, mítico personaje fílmico de los ochenta que durante décadas tuvimos asociado al rostro de Mel Gibson y que aquí encarna un rudo del siglo XXI, Tom Hardy, con el encargo (propio del nuevo siglo) de ir cediendo parte de su protagonismo. Y a una mujer, ni más ni menos: Imperator Furiosa, un personaje que se hizo mítico en una sola película y que, de nuevo, quedó automáticamente asociado a un rostro que pronto tendrá que superar. Dentro de unas semanas será Anya Taylor-Joy quien tenga la tarea de hacernos olvidar, aunque sea un poquito, a una legendaria Charlize Theron.

Alrededor del actor británico y la actriz surafricana, George Miller (australiano) pegó una patada al tablero del cine de acción norteamericano, desperdigando todas sus fichas por los géneros colindantes, que observaron con asombro la obra que acababa de facturar aquel veterano director al que quizá tenían un poco olvidado… Sacar adelante el proyecto no había sido fácil: primero, tuvo que desarrollar la película (entre 1987 y 1998); luego, la preproducción se topó con el impacto de dos aviones en las Torres Gemelas y en los grandes temas del cine (también, todo hay que decirlo, con la degradación de Mel Gibson); finalmente, el nuevo protagonista convirtió el rodaje en Namibia en un infierno para Charlize Theron, que llegó a pedir protección personal para entrar en el set[1]. Pero a la vejez, viruela y a pan duro, diente agudo: Mad Max: Fury Road ganó seis Oscars, recaudó casi 400 millones de dólares (costó algo más de 150) y, lo que es más importante, se convirtió en una de las películas de acción más populares de todos los tiempos.

Mad Max: Furia en la carretera
Mad Max: Furia en la carretera. Warner Bros

En fin, cojamos la guitarra eléctrica y persigamos una sinopsis con la que concluir este texto. Porque así funciona esta cinta: mucho trabajo previo antes de llegar a la pantalla; una escena inicial en la que vemos cómo el pobre loco de Max es capturado por los secuaces de un señor de la guerra llamado Immortan Joe; y un desparrame persecutorio de casi 100 minutos, con breves paradas para recuperar el aliento y en el que caben muchas más cosas de las que parecen. No solo la guerra por el agua y la gasolina, sino el cambio climático, el populismo, la diplomacia, los cuidados y, sí, ya lo habíamos dicho, la cuestión femenina, que aquí cabalga a lomos de Furiosa y un cargamento secreto… Estamos viendo La diligencia postapocalíptica, enloquecida, atravesando el desierto con la arena arañándole la carrocería, pértigas explosivas, motos voladoras, seres deformes, top-models ibicencas y solos de guitarra en directo. Un cóctel que parece absurdo pero funciona gracias a una fotografía y un trabajo artístico prodigiosos, el escaso empleo de los efectos especiales y, sobre todo, el pulso narrativo de un director casi anciano que venía de hacer Babe, el cerdito valiente y Happy Feet: Rompiendo el hielo

En fin, una joya que recordaremos siempre y a la que volveremos más veces, porque, con ella, Miller unió dos épocas: el pasado y el futuro, pasando por encima de todo lo que en medio había presente.


[1] Tom Hardy y Charlize Theron limaron un poco sus asperezas al final del rodaje y durante la promoción, así que, como en la película, cada uno ha seguido su propio camino, pero presumimos que ambos han sido más o menos felices y estamos seguros de que habrán comido perdices.

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