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Alejandro Magno y el mito fallido del héroe en el cine

Recrear la historia y el mito grecolatino ha sido, como con casi todas las obras clásicas, una de las grandes ambiciones del cine norteamericano e inglés. Muestra de ello es 300 (2006) de Zack Snyder o Troya (2004) de Wolfgang Petersen, las múltiples puestas en pantalla de las hazañas de Hércules (desde la versión de Disney de 1997 hasta La leyenda de Hércules de 2014, pasando por el Hércules protagonizado por Dwayne Johnson ese mismo año o las decenas de ejemplos del cine más clásico), sagas que cubren las aventuras de otras figuras míticas del panteón griego como la de Furia de titanes (2010), Inmortales (2011) e Ira de titanes (2012), o incluso las adaptaciones de las novelas de Rick Riordan. Pero puede que el mayor esfuerzo (y también el más fallido) sea el Alejandro Magno (2004) de Oliver Stone. 

Si un pecado puede achacársele a esta versión del personaje es el de caer en el mismo romanticismo que Plutarco cuando describía a Alejandro como alguien que casi nunca se equivocaba y estaba más cerca de la divinidad que de lo mortal. De hecho, el director incorpora a la película no pocas escenas con célebres citas, casi todas extraídas directamente de la versión del biógrafo latino. Probablemente, el único punto en el que acierta Stone es el de acercar la historia a la gran pantalla al no diluir la importancia de las relaciones homosexuales en la Antigüedad. Punto que, por ejemplo, no se atreve a mostrar la Troya de Petersen al abarcar la relación entre Aquiles y Patroclo. Stone, sin embargo, deja claro que Alejandro y Hefestión, su compañero desde niño, eran tanto amantes como amigos.

Pero hay dos puntos en los que falla estrepitosamente la película. El primero es su elenco: si bien el film cuenta con un reparto estelar para cada uno de los muchos personajes, Stone parece errar en su elección con un Colin Farrell que, pese haber demostrado dar la talla en muchos papeles (últimamente, por ejemplo, con el maravillo Pingüino de The Batman, 2022), no tiene el carisma ni la entereza que hubiera necesitado el papel de Alejandro Magno. Ocurre lo mismo con Jared Leto para Hefestión o Angelina Jolie para la reina Olimpíade. Esta última, recusada en una naturaleza bárbara, por alguna extraña razón habla a medias y no como se esperaría de una mujer de su posición. Los únicos que parecen mantenerse decentes son Val Kilmer como el rey Filipo II (aunque tampoco se podría calificar como la mejor opción) y Anthony Hopkins como Ptolomeo en su vejez, quien hace de narrador de la historia de Alejandro. Tal vez hubiera sido más aconsejable que intercambiara el papel con Christopher Plummer, al que apenas vemos durante cinco minutos interpretando a Aristóteles.

El segundo fallo de la película es el peor y, a la vez, el más extraño: la elección de los momentos que Stone decide enseñarnos de la campaña y de la vida del personaje, así como su orden. Véase por ejemplo que, después de que Alejandro ya hubiera sido rey durante más de media película, por alguna razón volvemos a ir hacia atrás y vemos el asesinato de su padre, el rey Filipo II. Esta decisión resulta cuanto menos rara, teniendo en cuenta que esa escena perfectamente podría haber ido antes de toda la campaña contra Darío y el resto de sus conquistas.

No obstante, los problemas de la película parecen casi universales cuando se comparan con los errores en muchas películas de corte clásico. La mayoría de estas cintas parecen cojear al menos en alguno de las siguientes cuestiones: mostrar de forma adecuada el retrato de la época; mantener una historicidad viable en cuanto a lo que se cuenta (Troya); o no comprender el formato o las herramientas cinematográficas necesarias para contar esa historia/mito (Alejandro Magno). De hecho, son curiosamente las películas que más divergen de lo que se considera como correcto o bueno cinematográficamente y que se adscriben a un género de acción/aventura más cercano al entretenimiento (caso el de la saga de Titanes), las que más se acercan a la reinterpretación correcta de dichos relatos. Sobre todo, en cuanto a que son las que más tratan de incidir en la narrativa del viaje del héroe, imprescindible (e inalienable) para la épica que caracteriza cualquier historia grecolatina, sea real o legendaria.

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