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Cinefórum CCLXXVI: «El hombre con rayos X en los ojos»

Pocas cosas más primarias (pero esperables) que usar la capacidad de ver más allá de los visible para disfrutar de las anatomías ocultas bajo la ropa de la gente. Esto es exactamente lo que hace el doctor Xavier (no confundir con el profesor del mismo nombre y la misma x en la frente) cuando comienza a conocer las posibilidades de su descubrimiento; a saber, unas gotas que aumentan la capacidad de visión humana. Nos encontramos en el tramo inicial de El hombre con rayos X en los ojos (1963), cuando la película de Roger Corman aún se mueve entre el cachondeo y las coordenadas clásicas de la sci-fi norteamericana. Luego la cosa se pone chunga.

Pero nosotros, los espectadores, ya sabíamos que aquello no podía acabar bien. Doscientos años de ficciones moralizantes y dos mil de sustrato mitológico grecolatino son suficientes para tener claro que, cuando el ser humano juega a ser Dios, este le enseña que sus caminos son menos inescrutables de lo que parece. Vamos, que si le robas el fuego a Zeus te mete un rayo por el culo, que diría el filósofo Samuel L. Jackson. Porque la cinta invitada de esta semana, como la de la anterior, nos convida al enésimo retrato del científico que sucumbe a los peligros del saber irresponsable. El susodicho, concretamente, es un doctor de prestigio internacional (el oscarizado Ray Milland) que, ante la presión de la fundación que financia sus investigaciones, decide hacer de cobaya humana y probar consigo mismo su propio experimento. Error.

Lo que viene a continuación no te sorprenderá.

Todo poder conlleva una gran responsabilidad, lo sabemos, y esta idea parece tenerla clara el mejor amigo del protagonista, quien, a causa de recordárselo a su colega, acabará plantando geranios tras hacer balconing involuntario de un décimo piso. Y es que en cuanto el científico loco ve la primera nalga parece nublársele la vista, valga la paradoja, y su ambición desmedida y las infinitas posibilidades de su descubrimiento lo llevan a chutarse colirio radiactivo como si fuera metadona. De hecho, algo de esto hay en el libreto de Ray Russell y Robert Dillon: el estigma de la adicción está presente en un doctor Xavier que, desde entonces, y sin poder separarse de su particular mandanga, caerá en una espiral de desgracias propias y ajenas que le llevan, como prófugo de la justicia, de vidente raticulino a tuerto epifánico, pasando por curandero y tahúr con Wayfarer psicodélicas. Y todo ello con una capacidad de visión que cada vez se va pareciendo más a la pantalla codificada del Plus. Un cuadro.

Con estos mimbres narrativos, su factura modesta y su corta duración, la cinta de Corman podría pasar como un capítulo de The Twilight Zone venido arriba. Sin embargo, la siempre efectiva artesanía del director y la inspiración de algunos de sus pasajes, amén de su impactante (y traumático) final, elevan la película a clásico incontestable de la ciencia ficción. Y no hacen falta rayos X en los ojos para ver esto.

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