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Cinefórum CCXXXIV: «El almuerzo desnudo»

De una película canadiense a otra, ambas ganadoras de sendos premios a mejor película del país (aunque entre una y otra los premios cambiaron de nombre). Poco más en común, para abandonar Antigone y detenernos en El almuerzo desnudo (Naked Lunch, David Cronenberg, 1991).

Cronenberg es un autor de marcado estilo personal que, a lo largo de su carrera, nos ha sorprendido con una filmografía muy particular y cambiante, con elementos de estilo que suelen manifestarse en formas variadas, pero casi siempre bien identificables. Maestro de la tensión psicológica y, al mismo tiempo, de un horror corporal, carnal e ineludiblemente material, sus obras producen en el público una mezcla de repulsión y atracción. Pocos directores (y en su caso habitualmente también guionista o coguionista) han conseguido igualarle en este aspecto.

Para 1991 había dirigido ya una serie de películas, principalmente de terror, ciencia ficción o situadas en un viscoso punto intermedio. Entre ellas quiero destacar, por mera preferencia personal Scanners (1981) y La mosca (The Fly, 1987), así como un thriller malsano como Inseparables (Dead Ringers, 1988), protagonizado por partida doble por un desasosegante Jeremy Irons. También había rodado un film de acción, Tensión en el circuito (Fast Company, 1979), que debo admitir no haber visto.

Entonces, en el paso de los 80 a los 90, decide lanzarse a un proyecto aparentemente imposible: adaptar lo inadaptable. En este caso, la novela El almuerzo desnudo, publicada en 1959 por William S. Burroughs. Inseparables había supuesto ya la adaptación de la novela Twins, de Bari Wood y Jack Geasland;  pero llevar esta obra a la gran pantalla era algo completamente diferente. Burroughs, en sí mismo, era algo completamente diferente.

El escritor norteamericano es una figura contradictoria que no podría resumir más que acumulando una colección de calificativos que no encajan entre sí y que darían una imagen caleidoscópica y engañosa de una persona que, siempre, será más que las suma de sus partes. No obstante, ninguna descripción podría obviar la paradoja de ser, al mismo tiempo, pilar de la contracultura, autor respetado (aunque no le fue fácil) por la crítica seria e influencia fundamental de la cultura pop.

Sin una narración lineal, sin una verdadera trama, El almuerzo desnudo nos presenta una serie de personajes sumidos en el estupor de las drogas y el sexo y que vagan en un universo absurdo. La novela parecía, de este modo, la antítesis del cine narrativo. La yuxtaposición de elementos absurdos, horribles y el lenguaje mágico, a menudo deconstruido por medio de técnicas de composición como el collage y el azar, complicaban aún más la tarea de Cronenberg. La de Burroughs es, de hecho, una obra que depende mucho del lenguaje y su desconstrucción, algo difícilmente transmisible al cine convencional, pese a los intentos más o menos afortunados de cineastas experimentales y el propio interés del director por los medios sonoros y visuales.

 

A pesar de ello, no fue este el primer intento de adaptación de la obra del norteamericano: ya en los 60, el británico Antony Balch, colaborador de Burroughs en unos cuantos cortos muy cercanos a su estilo literario, había intentado levantar varias veces un proyecto sobre su texto. Incluso, se llegó a hablar de convertir la historia en un musical y se dijo que Mick Jagger interpretaría el papel protagonista.

El interés de Cronenberg por esta película venía de principios de los 80. Llegó a realizar un viaje con Burroughs a Tánger, modelo de la ficticia interzona del libro, en busca de localizaciones en 1985. Finalmente, el director canadiense decide hacer una adaptación parcial, conscientemente poco fiel, que toma elementos de otros fragmentos de la obra de Burroughs y de la propia vida y mitología del autor, para construir una especie de historia que mantenga unido, aunque sea mínimamente, el todo. La adaptación de El almuerzo desnudo se convierte, de esta forma, en una historia sobre la escritura de El almuerzo desnudo, a caballo entre la metáfora y la alucinación.

 

William Lee (interpretado por Peter Weller) es el trasunto del autor, que mata a su mujer Joan (Judy Davis) de la misma forma que Burroughs mató a su propia esposa, Joan, en México. Es la imagen del drogadicto perdido en una tierra de nadie del norte de África y del escritor que discute con sombras de Kerouoac y Ginsberg, bajo los disfraces de sus amigos Hank (Nicholas Campbell) y Martin (Michael Zelniker), y que encarna también a un narrador poco fiable, llevado al extremo en una realidad que parece ajustarse a sus delirios. Por el camino, otros personajes excéntricos e igualmente desenfocados se cruzan bajo el rostro de Ian Holm, Roy Scheiner, Julian Sands o, de nuevo, Judy Davis. Nueva York y Tánger se convierten en escenarios irreales, pero reconocibles, en los que la obvia condición ficticia, con decorados artificiosos y artificiales, solo inyecta más paranoia e irrealidad al relato.

El almuerzo desnudoHacer un resumen del argumento, intentar decidir qué contar y qué dejar fuera, distinguir qué es importante y qué es accesorio, resulta imposible. Estamos ante una sucesión de escenas hilvanadas por el personaje principal, inaprensible y escurridizo, con un aspecto desconcertantemente convencional y ataviado con un traje barato y un sombrero, como el mismo Burroughs. Entre la alucinación y la fantasía, impregnado de drogas y sexo, por muchos rincones se filtran los diseños orgánicos y grimosos de Cronenberg. Organizaciones secretas, anos parlantes, confesiones telepáticas, referencias ocultistas, alienígenas, sexo en todas sus variedades y drogas de toda clase, reales y ficticias.

El almuerzo desnudo es una película más interesante que apreciable. Quizás demasiado dispersa para conseguir dejar huella más allá de algunas de sus imágenes más impactantes.

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