Arte y Letras

«Los años extraordinarios» de Rodrigo Cortés. Absurdo destilado en forma de novela

2021 fue un año extraordinariamente prolífico para Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Orense, 1973). La publicación en junio de su novela, Los años extraordinarios (Literatura, Random House), la reelaboración de La broma, uno de los relatos de Historias para no dormir de Chicho Ibáñez Serrador (disponible en Amazon Prime Video) y el estreno en diciembre de su última película, El amor en su lugar, dan cuenta de su capacidad creadora y cabe preguntarse si no manejará alguna técnica para esculpir el tiempo a su antojo, también en el mundo real.

Quien solo conozca a Rodrigo Cortés por sus películas se va a encontrar en esta novela con una faceta sorprendente, que poco tiene que ver con el estilo de su cine.  Más familiar les resultará, sin embargo, a aquellos que le escuchen en los podcast Todopodersosos y Aquí hay dragones, sigan su sección Verbolario en el diario ABC, o hayan leído sus colecciones de aforismos A las tres son las dos (Delirio, 2013) y Dormir es de patos (Delirio, 2015). En concreto, cabría entender estas dos últimas como el germen del universo inverosímil, a la vez que reconocible, de Los años extraordinarios.

La obra surge de la necesidad de crear sin ningún condicionante, como un espacio donde verter su imaginación con libertad y espontaneidad, lejos del encorsetamiento del cine. Cuando comenzó a escribirla no tenía una idea clara de lo que iba a terminar contando, según ha confesado en las incontables entrevistas que ha concedido desde su publicación en junio de 2021. Esa falta de itinerario previo impregna toda la narración a través de la manera en que afronta la vida su protagonista, Jaime Fanjul, que termina el primer párrafo, su carta de presentación, con una frase a la vez ilustrativa del mencionado génesis de la obra y anticipatoria de lo poco previsible que va a ser: «Sin ningún plan concreto».

Así comienza Jaime a contarnos sus memorias con un formato que encaja en la tradición de la novela de formación, desde su nacimiento e infancia en Salamanca hasta su senectud, pasando por su juventud, cuando comienza una etapa itinerante que le lleva a tener varios trabajos, algunos de aprendiz y más tarde como dueño de su propio negocio, al tiempo que vamos asistiendo a su evolución y crecimiento personal hasta alcanzar la madurez.  Pero esto es solo una estructura formal, una caja bien compartimentada que contrasta con la divertida locura que encierra, tanto en lo que cuenta como en el manejo del lenguaje.

Ya en la primera página nos anticipa el marco inverosímil en el que se va a desarrollar toda la historia, al situarnos en 1902 en una España en la que se alternan de forma pacífica la monarquía y la república y en una Salamanca a la que un día, de pronto, llega el mar. A continuación, nos va introduciendo en su infancia, en un contexto familiar marcado por la personalidad de la madre, sus viajes astrales, su temprana muerte y la posterior presencia de su fantasma (muy comunes en la Salamanca de la época y presentes en todo el libro); después, huyendo del deseo paterno de que se haga cargo de la mercería familiar, comienza una nueva etapa en Espuria, una de las dos capitales de esa España inventada. Y, a partir de ahí, un sinfín de extrañas aventuras que llevarán a Jaime a recorrer medio planeta, a lugares de Europa, África, América y Asia que el autor transforma en escenarios insólitos, dando cabida a cualquier idea absurda que se le pase por la cabeza; sirva como ejemplo el renacer del protagonista, después de una gestación de nueve meses congelado en los Alpes con «un brazo medio alzado», episodio que pareciera inspirado en el descubrimiento de la momia de Özti, el hombre de hielo.

Como lectores, paralelamente al deambular del protagonista por lugares y situaciones de lo más dispares, emprendemos un viaje por innumerables referencias literarias, cinematográficas y del imaginario colectivo que nos van llevando, sin descanso, desde El Principito hasta La Historia Interminable, pasando por Miguel MihuraJosé Luís Cuerda o el realismo mágico, mientras resuenan en repetidas ocasiones ecos de Alicia en el país de la Maravillas y Big Fish. Inabarcable. Los años extraordinarios es un auténtico caleidoscopio de imágenes evocadoras que nos hacen sentir partícipes de un mundo cuyas alusiones reconocemos sin mucha dificultad.  Un mundo fantástico, en ocasiones vuelto del revés como el del poema de Goytisolo, sin lobito bueno, pero con brujas y piratas poco ortodoxos; un mundo construido a partir de exageraciones y paradojas, cargado de un humor que se esconde entre sinestesias imposibles y contradicciones inesperadas, contado con un estilo que, siempre elegante, refuerza el carácter extraordinario de lo narrado. Como si un compendio de breverías tejieran el entendimiento de Jaime y el escenario donde se desarrolla su vida: una telaraña que nos atrapa y embriaga, hasta tal punto que podemos llegar a perder el hilo de la acción, que entonces se pliega a la forma. Rupturas ramonianas, requiebros verbales y semánticos que trufan todo el texto sin dejar apenas respiro, que le dan la vuelta a las realidades más cotidianas provocando la carcajada y estimulando continuamente nuestra atención, evitando así que nos anticipemos a nada.

Ante este monzón de vivencias y resonancias (no en vano, algunas de las cosas más increíbles le sucedieron a Jaime durante los meses del monzón en Camboya, episodio central que inspira la ilustración de la portada de Random House), pudiera parecer que Jaime Fanjul es un tipo intrépido, sediento de nuevas experiencias y dispuesto a exprimir el mundo.  Nada más lejos de esta ficción. Todo lo que sucede ocurre más bien a pesar del desinterés crónico del protagonista, al que le sobrevienen las más disparatadas aventuras sin que tenga ninguna intención de nada. Podría decirse de él que es una especie de anti-Fausto, un individuo carente del hambre de prosperar o de conocer; incluso se encuentra con el que podría ser su Mefisto, el enigmático maestro Gurdejeff, a la vez santo y diablo, compendio de todas las contradicciones, quien, resignado, describe a Jaime como una persona de una indiferencia insultante, que «ni entiende, ni quiere entender».

El flujo incesante de libertad creadora encuentra de forma natural su estructura y equilibrio internos en la contradicción, que surge en ese dejarse llevar, y a la que el autor da rienda suelta sin tapujos hasta el final. No es la primera vez que encontramos en la obra de Rodrigo Cortés realidades contrarias a la lógica. Ya en su primera película vemos que un golpe de suerte puede arruinarte la vida y en la última asistimos a la representación de un sainete musical en medio del horror del gueto de Varsovia.  Pero en esta novela lo lleva al extremo, lo convierte en un estilo narrativo que abraza «con agallas la paradoja» para mostrarnos el fantasma de la realidad. Esto mismo, por cierto, es lo que hace Jaime con los objetos en su taller en París, donde «se estropean aparatos de toda clase». Este libro nos lleva a romper con la inercia de nuestra percepción a través de la contraposición constante de opuestos, de esa contradicción que, además, reivindica de forma explícita en frases como «solo la contradicción nos salva».

En esa búsqueda de ruptura de la realidad más evidente, el tratamiento del tiempo también juega un papel importante. Dentro de un marco temporal lineal, con un recorrido en orden cronológico por la vida de Jaime, la manipulación del tiempo nos lleva a explorar nuevas dimensiones de sucesos de lo más cotidianos; episodios y escenas muy dilatadas contrastan con otras vertiginosas, que contribuyen de una y otra forma a dotar al texto de profundidad, consiguiendo muchas veces un efecto humorístico en tanto que deformador. Este juego con el manejo del tiempo nos propone un cambio de perspectiva, como «leer el periódico con retraso», según nos dice Jaime en una ocasión, porque «las noticias están mejor de un día para otro». Y no solo es una técnica narrativa; la distorsión del tiempo es un tema recurrente, e incluso tiene un personaje propio y de capital importancia en la evolución del protagonista: Zamora, una niña que se desarrolla de golpe hasta los diecisiete años y cuyo proceso de envejecimiento se acelera de forma galopante.

Con todo esto Rodrigo Cortés logra, como si estuviese detrás de la cámara, «(…) desenfocar el mundo para que accedamos a uno nuevo», como reza uno de los tantos antiaforismos cortesianos que aderezan el texto. Un mundo cuya lectura es recomendable por ser entretenida en lo que respecta a las historias que cuenta, siempre que estemos abiertos a dejarnos asombrar por la fantasía del disparate. Una lectura cuyo disfrute premium está en saborear el estilo ingenioso y el despliegue de recursos lingüísticos que hacen de Los años extraordinarios una novela divertida. Con esto estamos servidos. Pero su naturaleza poliédrica esconde más (eso sí, seguramente sin intención); nos brinda la oportunidad, por un lado, de legitimar nuestra propia naturaleza contradictoria y, por otro, de reconciliarnos con la parte de nosotros que ni tiene planes ni quiere tenerlos, que no sucumbe al ritmo frenético que nos rodea. Quizás sea demasiado esto de atribuirle tal desafío al Zeitgeist de nuestro tiempo a una novela que nació sin ningún propósito concreto; o quizás la contradicción que esto entraña, precisamente, encaje con su esencia.

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