«Sleeper», de Ed Brubaker y Sean Phillips: el nacimiento de la mejor pareja de autores de la actualidad

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El mundo del cómic está, como el de casi toda la cultura, dominado por el culto al artista, al nombre. Todo buen aficionado se llena la boca con sus artistas favoritos, ya sean estos Moebius, Stan Sakai, Grant Morrison o incluso, válgame Dios, Rob Liefeld. Esto lleva a que muy a menudo se hable de etapas de un personaje a través de las del autor principal, normalmente el guionista según la concepción popular de que un cómic es como una novela que se ilustra. Que esa concepción sea totalmente falsa es algo que meritaría una reflexión mucho más larga que esta, pero lo cierto es que este mecanismo hace que hablemos del Superman de Morrison, de La Cosa del Pantano del Alan Moore, de la Wonder Woman de Rucka… Por suerte, a veces el cómic se reivindica como el arte mestizo que es gracias a la existencia de un equipo creativo cuya unión supera a las partes y eleva los resultados a alturas inesperadas. Es el caso de Claremont y Sienkiewicz en Los nuevos mutantes, de Fraction y Aja en Ojo de Halcón o, en el que posiblemente es el mejor ejemplo actual, de Ed Brubaker y Sean Phillips en todo lo que tocan.

Porque Ed Brubaker ya era un peso pesado de la industria con su trabajo en Batman antes de que sus caminos se cruzaran y Sean Phillips ya nos había maravillado en Hellblazer; pero ahora sabemos que los dos estaban esperando coincidir en el camino. Phillips había entintando a Michael Lark en La escena del crimen y después lo haría en Gotham Noir, ambas antesalas de un necesario encuentro. No es extraño que los dos digan que profesionalmente la relación fue maravillosa desde el principio porque, como precisamente Brubaker le diría a Phillips, le «encanta dibujar el tipo de cosas que a mí me encanta escribir».

El caso es que Brubaker estaba trabajando entre DC y Wildstorm. Ya había dejado Batman y preparaba Gotham Central, además de continuar su etapa en Catwoman. Y tuvo una idea para una historia de misterio en el universo de Wildstorm, llamada Point Blank. Se la mandó a Jim Lee y Scott Dunbier, y a estos les encantó, tanto que le encargaron una secuela inmediatamente tras leer el primer número. Querían algún tipo de continuación. Brubaker dijo que no tenía ninguna idea, pero corrió a llamarles poco después con un nuevo material: Holden Carver es un agente secreto, uno de los mejores; se ha infiltrado en una organización criminal y ahora no puede salir de ella porque la única persona del mundo que sabe que es un infiltrado, el jefe de su todopoderosa agencia de espías, está en coma. Había nacido Sleeper.

El género negro como brújula

Oficialmente, Sleeper tiene lugar en el universo de superhéroes de la editorial Wildstorm, una de las múltiples que conformaron la Image clásica. Era el mundo de Stormwatch, WildC.A.T.s, Gen13, Wetworks… un popurrí de copias de personajes clásicos y cómics supuestamente cercanos a la juventud de aquel entonces (tenían incluso un personaje llamado Grunge). El proyecto había ido ganando una cierta pátina de credibilidad gracias a su capacidad para captar talento y comprender que, al final, todo funciona mejor si a unos buenos dibujantes les sumas guionistas con talento. De ahí que Warren Ellis acabara en Stormwatch y diese vida a The Authority y Planetary, que Alan Moore llegase a guionizar para la compañía y que se decidiera que Ed Brubaker tratase de hacer una línea de cómics «para adultos», en su vertiente de crimen y violencia; no en el mismo sentido en el que a menudo se entiende, por ejemplo, en el cine español.

Si algo separa a Ed Brubaker del resto de los grandes autores de cómic de la actualidad es que parece que siempre está mirando de reojo al mundo del espionaje y el crimen. No es extraño que su obra más famosa se llame Criminal, porque el suyo es un mundo de bares oscuros, de criminales que acaban mal, héroes que no lo son y villanos que terminan llevándose su merecido de una manera en extremo retorcida. Da igual que estés en el universo de Wildstorm, en el de unos superhéroes con reminiscencias pulp o en el supuesto mundo real: siempre hay unas coordenadas que se hunden en una comprensión y un aprecio casi enfermizo por los códigos del cine negro y sus derivados.

Esto no quiere decir, por suerte para nosotros, que no haya lugar para la maravilla en el trabajo de Brubaker; más bien al contrario: la maravilla se convierte en un necesario contraste contra la cruda realidad en la que se suelen mover nuestros protagonistas, que siempre echan una mirada entre cansada y escéptica que no oculta que, en el fondo, querrían que el mundo fuese como quieren los verdaderos héroes. Así pasa en Sleeper o Incógnito, cómics en los que los superhéroes son vistos a través de la mirada de un desencanto que, sin embargo, no les arrebata sus elementos más idealizados; en realidad, los potencia para enfrentarlos con la oscuridad de la vida de la mayoría de la gente. Un Superman podría existir en el universo de Incógnito o de Sleeper, incluso debe hacerlo para que ese submundo en el que se mueven los personajes gane verdadera gravedad y se erija en el oscuro rincón que pretende ser. Por supuesto, eso no quiere decir que si un héroe a la manera tradicional se encuentra con los protagonistas no vaya a pasarlo mal, pero desde luego en todo momento sabremos que su brújula moral al menos está mejor orientada que la de Holden Carver o Zack Overkill.

En la misma línea transcurre el trabajo de Sean Phillips. Su arte ha ilustrado desde los WildC.A.T.s a la JSA, pasando por Marvel Zombies o el mismísimo Conan… pero nunca ha brillado tanto como en sus paseos por un mundo propio como el que ha ido construyendo junto a Brubaker. Su dominio de la expresividad de los rostros, de la oscuridad y de la acción no han hecho más que aumentar con los años. Tal vez la mayor diferencia entre el Phillips de Sleeper y el del resto de las colaboraciones con Brubaker sea el diseño de página, en el que ha viajado hacia un estilo más clásico y unas composiciones más limpias frente a las de esta primera época. Aquí, las viñetas se pisan unas a otras a menudo, narran en diagonal, ocupan esquinas de la página… El resultado se acerca más a la película de acción que en el resto de las obras de Phillips, creando un caos controlado que nunca pierde el hilo de la narración, pero que quizá resulta menos limpio que el de obras posteriores.

De la misma manera que en Incógnito acudirán a la literatura pulp, en Fatale al terror y lo fantástico, y en Criminal a la serie negra más pura, en Sleeper la inspiración directa eran las novelas de autores como John Le Carré, historias de espías llenas de giros de la trama, mentiras, secretos y muchos grises en el terreno moral. Es una pena que Sleeper no fuese un proyecto propietario sino de encargo para la editorial, porque de ser así puede que hubiera venido acompañado de artículos como los que han ido presentando en sus colecciones posteriores y que habrían arrojado luz sobre las influencias que han ido alumbrando la nueva trama.

Una obra en dos temporadas o el adelanto a la tendencia

Actualmente, pensar en las colecciones de cómics como algo formado por temporadas es muy sencillo y habitual. De hecho, en España tenemos el caso de la editorial ECC, curiosamente también encargada de publicar la edición integral de Sleeper, que emplea esa terminología para algunas de sus publicaciones. El poder de las series televisivas es tal que nadie se sorprende y todo el mundo es capaz de entender a simple vista que la idea de una temporada es la de una sucesión de capítulos que van configurando una historia mayor, a lo largo de la cual podremos disfrutar de un conjunto de subtramas que darán color a la historia, desarrollarán a los personajes y confluirán en un gran final. Es lo que fueron toda la vida las sagas del cómic de superhéroes, pero con un nuevo nombre.

Pues bien, en 2003, cuando se empezó a publicar Sleeper en los EEUU, esto no era tan habitual. De modo que el hecho de que, tras doce números, todo parara para volver cinco meses más tarde con lo que se llamó «segunda temporada», debió resultar bastante chocante. El caso es que con Sleeper el resultado fue orgánico y todo quedó bien resuelto gracias a que existe un auténtico punto de ruptura en la trama, que hace que incluso el descanso nos venga bien. Nos sirve para comprender que las apuestas pueden estar cambiando delante de nuestros ojos, configurando una nueva historia sobre las mismas bases que la original, pero que la expande y trae nuevas complicaciones. En ese sentido, Brubaker y Phillips tienen una virtud muy difícil de encontrar en todas las expresiones artísticas: saber cuándo parar. Sleeper permaneció finalmente dos temporadas, tras las que el lector se queda con ganas de más. Algo parecido sucede con el resto de sus obras, todas ellas culminadas en un punto álgido, sin dejar que la historia se alargue en exceso.

Así, Sleeper se construye en realidad en base a dos situaciones diferentes y los actos de Holden Carver en ambas. Primero, a través de su condición de infiltrado atrapado. Después, tras una gran traca final en la que el protagonista parece obligado a decidir realmente de qué parte está en la guerra que se está produciendo a su alrededor, sus problemas cambian, precisamente, porque Contacto ha regresado de su aparente muerte… y eso no son buenas noticias.

Decía Charles Chaplin que para él hacer guiones era muy fácil. Que solamente tenía que ponerle problemas al protagonista y hacer que este los superase. Algo así pasa en el fondo en todas las narraciones y más que nunca cuando estas tienen una naturaleza seriada. Holden Carver se encuentra continuamente metido en problemas cada vez más graves y, mientras tanto, la trama se va enriqueciendo con sus relaciones con otros personajes; sobre todo a través de su romance con Miss Misery, una femme fatale con más de un esqueleto en su armario y que configura el modelo de mujer que a menudo aparecerá en la obra de Brubaker y Phillips.

Miss Misery responde, aparentemente, al canon de la mujer fatal más clásica: es atractiva, sexualmente activa, seductora, violenta, amoral… y, sin embargo, termina demostrando una capacidad de redención que ella misma se niega a aceptar. Es en parte un reflejo del propio protagonista, en el que se refleja para tratar de evitar un ascenso hacia la luz, mientras él intenta no caer en la oscuridad. Carver se ve obligado a recordarse a menudo que es de los buenos; ella no puede olvidarse nunca de que es de las malas, algo que se subraya de manera muy efectiva con el origen de sus capacidades superhumanas: Miss Misery no puede ser realmente feliz, no puede ser buena persona, porque entonces su propio cuerpo enferma, mientras que cuando actúa de manera egoísta e inmoral se va haciendo cada vez más fuerte, más capaz.

Es fácil empezar a ver en ella trazas de los futuros personajes femeninos que han ido creando los autores, algo que nos habla de la construcción de un mundo todavía más compartido en lo ideal que en lo textual. De hecho, el bar al que acude Carver no deja de ser una versión primeriza del que está en el centro de las tramas de Criminal o del que frecuentan los villanos de Incógnito. Como todos los grandes autores que han sido y serán, Brubaker y Phillips no buscan tanto epatar al lector como ir construyendo una historia que le resulte agradable de leer, le trate como un ser inteligente y que le sorprenda de manera natural. La narrativa, tanto en el terreno del guion como del dibujo, está siempre supeditada a contarnos algo. No tiene un sentido exhibicionista.

En ese aspecto, Sleeper nos presenta ya a una pareja creativamente madura, aunque esta sea todavía su primera colaboración. Algo así solamente es posible, en realidad, porque ambos entienden perfectamente qué quieren contar y cómo quieren hacerlo. Logran así esa extraña simbiosis de forma y fondo en la que guionista y dibujante trabajan como uno solo. Al conjunto solamente le faltaba, por aquel entonces, la llegada de alguno de los maravillosos coloristas con los que han trabajado desde entonces, con Dave Stewart y Elizabeth Breitweiser a la cabeza.

El inicio de una gran amistad

En realidad, es una pequeña trampa decir que con Sleeper empezó mi gran amistad con Brubaker y Phillips, porque es la última de sus obras que he leído. Eso tiene sus cosas malas, como que desaparezca la sorpresa al descubrir a semejante pareja de autores. Pero también tiene cosas buenas, como poder reflexionar sobre la constante calidad de su trabajo.

Ed Brubaker y Sean Phillips han funcionado siempre como un reloj bien engrasado. Sus colecciones no tienen números de relleno realizados por otro artista, ni suelen retrasar su fecha de salida. Trabajan de manera constante y son fiables, lo que por sí mismo ya sería un mérito; pero es que además son geniales en lo que hacen. Construyen historias que se leen de manera sencilla, en el caso de Sleeper usando con mesura y mucho cuidado los textos y evitando que estos diluyan la acción en una trama que realmente los necesita. La imagen es clave, transmitiendo todo aquello que las palabras nos dicen, y haciendo que, como pasa en los buenos cómics, nuestra memoria confunda lo que ha leído y lo que ha visto, construyendo un nuevo todo.

Pero el triunfo definitivo de Sleeper, más allá de la entretenida trama de traiciones, espías, mujeres fatales o criminales superpoderosos, son sus personajes: Holden Carver, Miss Misery, Genocidio, TAO… y sobre todo, esa maravilla en la que se convierte John Lynch en manos de Brubaker, tan diferente al que conocimos en las páginas de Gen13 y que consigue que realmente tengamos miedo al hombre que en la actualidad ejerce de Mycroft Holmes; que temamos a ese poder que se esconde tras el gobierno, que todo lo sabe y todo lo controla. De la mano del dibujo de Phillips y su dominio de la expresión, comprendemos cuándo los personajes dudan, se enfrentan a sus demonios o tratan simplemente de seguir adelante con sus vidas. El verdadero triunfo de Sleeper es que no va sobre un agente de los buenos infiltrado en una sociedad criminal malvada. No, Sleeper va sobre Holden Carver.

Ismael Rodríguez Gómez

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Lovecraftiano con solera y sherlockiano tardío. Veo demasiadas películas. Twitter: @Darth_Azirafel

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