Arte y Letras

Kafka y el sexo

Gregor Samsa, protagonista de la La metamorfosis de Kafka, está anulado sexualmente. Es habitual, al tratar de esta novela, hablar de cómo el trabajo alienante ha convertido a este comerciante de pañuelos en un insecto y de cómo su nueva condición le hace incapaz de mantener a su familia y, por lo tanto, lo torna un estorbo para ellos. Sin embargo, la insectificación de Gregor Samsa, como también se ha dicho muchas veces, se opera antes de su misma transformación física; es el lento proceso capitalista que convierte a los hombres en seres inferiores a su potencial creativo. Este proceso consta de una multiplicidad de aristas, una de las cuales es la sexual, que creo ha sido poco trabajada.

Si situamos con más detalle el contexto de la narración, vemos que Gregor Samsa es lo que se llamaba antiguamente un viajante, un vendedor que cierra tratos comerciales yendo de un lugar a otro. Lleva una vida ajetreada para pagar las deudas hipotecarias de sus padres y la educación de su hermana, que nunca se ha visto en la obligación de trabajar. Gregor es, por lo tanto, el sustento económico de su familia, lo que en claves económicas significa ser el padre de esta. Efectivamente, Kafka es cercano en sus planteamientos críticos de la sociedad y la represión a Freud, y aquí podríamos ver un ejemplo de cómo los roles familiares y de poder no son biológicos, sino psicológicos. Es decir, quien ejerce las funciones de padre es padre de a quien educa. Sin embargo, la afirmación de que Gregor Samsa es el padre de su familia es solo parcial: en lo que concierne a la posición de autoridad, el padre biológico es el padre psicológico. Por lo tanto, el protagonista está anclado a una posición impotente: teniendo las cargas del padre, carece de su autoridad. Esta situación le impide ser efectivamente padre de la familia que ya tiene, pero también le imposibilita construir una nueva familia. Se halla, por lo tanto, trabado mentalmente. Esta traba tiene sus consecuencias en todos los ámbitos que tienen que ver con el desarrollo; no puede dejar su empresa porque sus padres dependen de su sustento económico, y las relaciones sexuales, que en esa época están atadas fuertemente al compromiso matrimonial, son impracticables por la misma situación.

Las alusiones que encontramos en el relato al tema erótico son escasas y tangentes, pero de crucial interés. En la primera página del relato, Kafka describe cómo «de la pared colgaba una estampa recientemente recortada de una revista ilustrada y puesta en un marco dorado. La estampa mostraba a una mujer tocada con un gorro de pieles, envuelta en una estola también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía un amplio manguito, asimismo de piel, que ocultaba todo su antebrazo»1.

Esta imagen es el único detalle estético que se encuentra en la habitación de Gregor Samsa. El resto es útil, transitivo. El hecho de que Gregor tenga una imagen de una mujer que no conoce en su cuarto, como los adolescentes tienen posters de actrices, nos da una muestra de la idea que tiene el protagonista del sexo opuesto. Se da una mitificación, fruto del misterio, tal vez. O tal vez la imagen está ahí del mismo modo que los calendarios en los talleres mecánicos. En cualquiera de los dos casos, las mujeres no implican para Gregor Samsa ningún tipo de compromiso vital.

El otro texto que cabe sacar a colación es en el que el protagonista, ya convertido en insecto, y pasando por la peor etapa del proceso (pues ha sido vapuleado por sus familiares y está aislado en una habitación llena de suciedad) recuerda épocas mejores: «Volvió a acordarse, tras largo tiempo, del director y el gerente del almacén (…) una camarera de una fonda provinciana… También le asaltó el recuerdo dulce y pasajero de una cajera de una sombrerería, a quien había cortejado formalmente, aunque sin empeño suficiente…»2. La camarera y la cajera, que salen levemente a la luz. A la segunda la cortejó, pero ¿por qué le faltó ímpetu? Tal vez Gregor veía como una quimera fútil intentar cualquier empresa con una mujer, más allá de furtivos encuentros.

La relación que tiene el protagonista de La metamorfosis con las mujeres es harto parecido a la que tiene el autor de este cuento con el género femenino: «no mostré clarividencia alguna en cuanto a la importancia y a la posibilidad de un matrimonio; ese terror, el mayor de mi vida hasta ahora, se apoderó de mí de un modo casi completamente inesperado. El niño había tenido un desarrollo tan lento que esas cosas estaban fuera de él, demasiado lejos; de vez en cuando había que pensar en ello; pero que en aquel terreno se estuviese preparando una prueba permanente, decisiva e incluso la más amarga de las pruebas, eso no se podía percibir. Pero en realidad, los intentos de contraer matrimonio fueron el más grandioso y esperanzador intento de salvación: grandioso en la misma medida fue después, por otra parte, el fracaso».3

¿No encontramos aquí también una mistificación del sexo opuesto? Kafka fue un hombre tímido y temeroso, en el cual las mujeres (o mejor dicho, la imagen que el escritor se hizo de ellas) tenían un poderoso influjo. El pensar una pareja sexual como la salvación o el fracaso de uno mismo es algo que se achaca más a las ínfulas de la adolescencia que a un amor adulto. Como el protagonista de su novela, Kafka tuvo también una relación tormentosa con su padre; ambos son paradigmas del autoritarismo, jueces que nunca estarán satisfechos con el trabajo de sus condenados. En esta situación de servilismo, un ser humano no puede tener la seguridad en sí mismo necesaria para confiar en el resto de personas y acercarse a ellas sin formar una imagen ficticia de las mismas, sobre todo en el tema amoroso.

La diferencia fundamental entre Kafka y el protagonista de su cuento es que este no tiene que sufrir los peligros del matrimonio, porque su creador le pone a salvo de ellos. Y Kafka no es un padre amable con su creación literaria: expone a Gregor Samsa a mil penurias, le hace sufrir dolores innumerables, lo sitúa en el punto álgido de la negación capitalista del ser humano. Justamente por este maltrato de su personaje, resulta todavía más curioso la asepsia con que trata el tema erótico en su relato. No hay huella real en la biografía del personaje en este asunto, como si Kafka hubiera querido evitar el mayor peligro para Gregor. Sin embargo, los retazos que permean hacen que, necesariamente, el lector construya una imagen del protagonista en relación con este tema y que lo unifique con el sentido general del relato. Y es que sí, creo que la cuestión sexual en Gregor Samsa es también un aspecto descriptivo de su proceso alienante, aunque sea más por sus ausencias que por su presentación.

El sujeto humano, sometido al trabajo capitalista, va haciéndose incapaz de comunicarse con sus semejantes: la única relación real que Gregor mantenía con su familia, como se ve a lo largo de la obra, es la económica. En cuanto el protagonista deja de ser útil se convierte en una molestia, en un insecto cuya presencia estorba, para quien es mejor la muerte que la vida. Así pues, en esta mudez impuesta por el trabajo asalariado, ¿cómo va a relacionarse eróticamente Gregor Samsa? Y digo eróticamente porque sexualmente pueden relacionarse hasta los mayores alienados, (es decir, nosotros), pero en unas relaciones que reproducen la distancia que hay entre los trabajadores que cooperan en una misma empresa, unidos bajo la sospecha de que el compañero de enfrente es el enemigo que puede quitarnos el salario.

Si Gregor Samsa tuvo relaciones sexuales de algún tipo, padecían de la misma impotencia que su entera vida. Sexo de insecto.


1 Kafka, Franz (1992): La metamorfosis y otros relatos, trad. de Julio Izquierdo, RBA editores, Barcelona, España, p.9.

2 Íbid, p.58.

3 Kafka, Franz: Carta al padre y otros escritos, p.23

Alberto Wagner
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