Arte y Letras

Todas hemos sido Annie D

Desde que era bastante pequeña me han gustado mucho las películas slasher. En ellas un asesino sanguinario, normalmente con un disfraz cutre y la cara oculta, persigue a un grupo de adolescentes incautos que han acudido a un lugar en el que se produjo una tragedia similar, de la que justo se celebra ese día el aniversario. En casi todas ellas las personalidades de los miembros del grupo de amigos suelen ser muy similares, además de planas y manidas hasta la saciedad: si son cuatro, normalmente hay dos chicos y dos chicas. Uno de ellos es atlético, deportista, el típico guaperas arrogante. El otro es guarro, asqueroso, habla de los atributos sexuales de todas las mujeres con las que se cruza y hace bromas desagradables sobre enrollarse con sus amigas, incluso en los momentos más inoportunos en los que todos están a punto de ser asesinados. Básicamente, su personalidad es ser un machista baboso. En cuanto a las chicas, una de ellas es rubia, tiene lo que en este tipo de películas denominarían un cuerpo de infarto o de escándalo y siempre lleva camisetas ajustadas y escotes nada prácticos para ir de acampada o para huir de un psicópata. Esta chica suele aceptar las bromas sexuales del machista (como si a alguna mujer del mundo pudieran agradarle esos comentarios) y es abierta hablando de sus experiencias en la cama. La chica que falta, aunque igual de guapa y con un cuerpo muy parecido, viste de forma recatada, o, al menos, con jerseys de manga larga y cuello alto, aunque convenientemente ceñidos. Esta chica suele ser virgen (por algún motivo, todo el mundo conoce este detalle de ella), se siente incómoda cuando los demás hablan de sexo y, tanto para sus dos compañeros masculinos como para su amiga femenina, es el blanco de todas las bromas por estrecha, por puritana.

Normalmente, esta última chica es la que sobrevive, dando a la película un grimoso carácter moralizante: solo si eres casta y pura puedes salvarte. Pero antes, para ello, ha tenido que soportar que todos hablen del hecho de que no haya tenido relaciones sexuales como si fuera un tema de dominio público, que sus supuestos amigos se metan con su ropa, con sus elecciones y con la forma en la que decide vivir su vida (que, por supuesto, incluye que al final se morree, al menos, con el futbolista guaperas). Pareciera que las chicas tenemos que elegir, por tanto, entre ser insultadas y ridiculizadas por puritanas o ser asesinadas por un maníaco con la cara deformada por casquivanas.

Este fue seguramente mi primer contacto con esas dos imágenes de la figura femenina, que posteriormente comenzaría a ver reflejadas en las conversaciones de los chicos de mi edad y con las que me reencuentro ahora que he decidido leer a Annie Ernaux tras la reciente concesión de su Premio Nobel. En este caso, descubro cómo estas dos imágenes, dañinas ambas para cualquier mujer, pueden en muchos casos encontrarse de forma violenta, friccionar entre ellas, causar desagradables tensiones en la imagen que los miembros de un grupo se hacen de una chica a la que en realidad acaban de conocer.

En Memoria de chica (Cabaret Voltaire), Ernaux se retrotrae a sus diecisiete años, cuando aún se llamaba Annie Duchesse y cuando, en una colonia de verano a la que fue como monitora, vivió lo que en ese momento consideraba una suerte de despertar sexual, así como los prejuicios del grupo al que estaba desesperada por pertenecer. Tal y como la Annie adulta explica, la joven Duchesse creerá durante años que ese campamento veraniego era su sitio en el mundo, el lugar en el que había sido más feliz, aunque con el tiempo se dé cuenta de que allí solo fue ridiculizada, rechazada y juzgada severamente por los demás.

Annie D, como se llama a sí misma en muchas ocasiones, se sentía al principio desplazada del grupo por ser una chica inocente de provincias, por ser la única que provenía de un internado católico en lugar de haber acudido a un instituto normal, porque nunca había hecho cosas tan normales para el resto como darse un baño. Ella consideraba amigas a todas las chicas con las que había hablado al menos una vez, como los niños pequeños en el parque, hasta que una de ellas le aclara asqueada que no son amigas, que «nunca han comido del mismo plato». Está deseosa por vivir una historia de amor de verano como en las películas. Aquí cumple, por tanto, el estereotipo de la mojigata de la película de terror: nunca ha visto siquiera el cuerpo de un hombre, no se relaciona con ellos (su internado es femenino), y sus ideas del amor y del sexo provienen seguramente de ficciones azucaradas y de novelas románticas, en las que estos dos términos están siempre unidos, son indisolubles.

Sin embargo, hay una noche en la que el jefe de monitores se fija en Annie. Se fija tanto en ella que la conduce a su habitación, a su cama, y la desnuda mientras ella responde a todo lo que sucede (y, sobre todo, a lo que él hace) con pasividad, sin comprender del todo lo que está pasando, teniendo solo la leve sensación de que tiene que hacer lo que él quiera, de que su papel en el plano sexual es complacer al hombre. Lo que ocurre se encuentra a años luz de la imagen que la propia Annie tenía de un amor de verano, pero aun así le parece un paso adelante, una entrada en la adultez de la que sentirse orgullosa. Su placer ni siquiera se le pasa por la cabeza, pero aun así está exultante de felicidad a la mañana siguiente, sintiendo que se ha convertido en una mujer nueva (en una mujer, de hecho), y empieza a basar sus relaciones en la colonia (y la imagen que tiene de sí misma) en ello, en la aprobación masculina, en la posibilidad de usar su cuerpo para complacer a sus compañeros. No obstante, nunca llega a tener relaciones sexuales con penetración con ninguno de ellos, y eso es algo que saben todos, al parecer, porque comienzan a llamarla «medio puta». De nuevo, igual que en la película de terror, sus elecciones, sus preferencias y lo que hace con su cuerpo puede ser comentado por todos. Tienen derecho a hacerlo, ella como «medio puta» les ha dado motivos para ello.

Annie D, no obstante, sigue creyendo a pesar de esto que es una más del grupo, que la valoran. Sin embargo, mirándolo como una mujer adulta y escribiendo sobre ello se da cuenta de que estaba por debajo de las otras monitoras para todos, que creían que su conducta sexual era suficiente para degradarla, para presuponer que la conocían y que lo sabían todo de ella. Que podían humillarla colgando en el tablón de anuncios una carta personal que escribió a una amiga y que luego rompió, en la que hablaba de su loco amor por H, el monitor con el que había compartido aquella noche incómoda que ella sigue considerando romántica.

Esa chica de diecisiete años llega a un grupo nuevo y siente en su propia piel la fricción entre los dos estereotipos en los que se encorseta a las mujeres, que normalmente no responden de hecho a ninguno, o pertenecen a los dos en cierta medida, dependiendo del momento, de la situación, de la persona y de mil factores más que determinan el comportamiento sexual de alguien y sus elecciones en esta materia. La paleta puritana choca con la «medio puta», y cualquiera de las dos imágenes parecen justificar el hecho de tratar mal a Annie, de descalificar a la pobre niña que solo quiere ser una más.

Todas las mujeres hemos tenido que vivir en algún momento luchando con estas imágenes, o, lo que es peor aún, teniendo que encajar en ellos para entrar en el grupo, igual que Annie D, para que hablen de nosotras y nos consideren una más, aunque esa supuesta integración incluya que se discutan tus temas íntimos en el plano público y, sobre todo, que tengas que poner una sonrisa, fingir que todo es una broma, que no tiene importancia.

Lo más valioso de este libro es, en mi opinión, que Ernaux explora cómo algo así puede afectar a tu futuro. Cómo el ser la chica con fama de libertina en un campamento de verano y haber tenido relaciones sexuales de consentimiento, como poco, dudoso, puede llevarte a marcar el resto de tu vida, a acabar en el establecimiento de una abortera unos años después, a padecer bulimia, a rechazar a la que fuiste en ese verano en el que, en realidad, solo tratabas de encajar, como todas las adolescentes en todos los lugares del mundo. Tal y como la propia autora explica, hablando sobre la trascendencia de todo lo que ocurrió aquel verano, que ha llegado a marcar incluso a la mujer de más de sesenta años que es ahora: «He querido olvidar a aquella chica. Olvidarla de verdad, es decir no querer escribir más sobre ella. No pensar más que debo escribir sobre ella, sobre su deseo, su locura, su estupidez y su orgullo, su hambre y su sangre cortada. Nunca lo he conseguido».

A menudo creemos que las cosas pasan y terminan sin más, que la niñez y la adolescencia son un compartimento estanco que no afecta a nuestro futuro, que lo que sufrimos entonces son lances de la edad, crueldades de críos que luego dejamos atrás para convertirnos en adultos funcionales, aparentemente desconectados de esas vivencias. Nada más lejos de la verdad, sin embargo, y por ello hay que leer a Annie Ernaux: porque se plantea que escribir sobre la propia vida es una forma de revivir, de comprender, de reconciliarse con el pasado, de analizar lo que tuvo que sufrir aquella lejana niña por el hecho de querer encajar, por haberse ido con ocho monitores a la cama durante un verano, por haber querido ser mayor. Por haber sexperimentado, en definitiva, lo que todas hemos sufrido en algún momento, en algún grupo, a los ojos de alguien que, probablemente, ni siquiera nos conocía en realidad.

Sofi Guardiola
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