Perdices mareadas

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En el principio era la Palabra. Andrew C. Bullak, del Departamento de Ciencias Computacionales de la Universidad de Monash, publica en 1996 un artículo titulado Sobre la simulación del postmodernismo y la debilidad mental empleando redes repulsivas transacionales; su intención es demoledora: «Es posible generar textos aleatorios sin significado alguno con apariencia realista sobre postmodernismo prometiendo resultados espectaculares». Bullak desarrolla un software para redactar esta clase de artículos, como el juego para montar discursos políticos en el que se lanza un dado y se lee una casilla. Su aporte crea un texto que parece decir algo, pero no es más que «un pastiche de jerga postmodernista, reseñas aduladoras, citas grandilocuentes fuera de contexto y todo él absurdo de arriba a bajo». Hasta incorpora citas y bibliografía. (Por si quieres montar tu propio artículo: http://www.elsewhere.org/pomo)

Uno de los best seller más leídos del nuevo milenio, Cincuenta sombras de Grey, presenta frases como «su voz es como un bombón de chocolate y caramelo»; «una masa temblorosa de embravecidas hormonas femeninas»; «me abrazo a mí misma con silenciosa alegría»; «la diosa que llevo dentro baila merengue con algunos pasos de salsa»; «un abrazo hollywoodiense que enseguida se convierte en un apasionado estrujón europeo». Además, nos regala inolvidables descripciones de un pene: «una erección lánguida» y «como acero cubierto de terciopelo». Según Marcos Taracido, editor de Libro de notas, la novela usa una «primera persona tan directa y poco profunda como el diario de una adolescente que quiera participar en Gran Hermano».

En el principio era la Palabra y hasta esto hemos llegado.

Viñeta publicada en The New Yorker

La rama de los filósofos

Bertrand Russell se formula una pregunta: «Si la gente no entiende qué dicen los filósofos, ¿para qué sirve la filosofía?».

Si desconoces quién es él, te lo resumo: un genio. Entra en Cambridge tras superar el examen con el profesor Whitehead, reputado matemático, y a partir de aquí se desencadena la bestia: un Russell irónico, brillante en matemáticas y lógica, implacable en retórica y coautor, junto a su mentor Whitehead, de Los principios de las matemáticas, obra fundamental de la ciencia. También cursa Ciencias morales, dándose rienda suelta para hablar de ética, política y filosofía; además escribe una narrativa tan buena que gana el Nobel de literatura.

Volviendo la pregunta, Russel responde: «Si habláis tanto y no se os entiende, es porque quizá no tengáis nada que decir»; sabe lo que dice por su formación en ciencias y letras, y añade: «Un filósofo puede decir las más grandes insensateces sin que nada le ocurra, mientras que un científico se ve obligado a pasar toda clase de pruebas para demostrar que lo que dice es cierto». Con esto apunta y dispara a Hegel, Heidegger y el Círculo de Fráncfort, especialistas en estar encantados de conocerse y en el uso de una retórica retorcida, abstracta e ininteligible, que casi nadie entiende pero queda bien citar y aplaudir. Un ejemplo de su discurso es: «El punto de vista moral está ya implícito en la constitución ontológico-social de la praxis argumentativa pública, esto es, en aquellas complejas relaciones de reconocimiento que tienen que admitir (en el sentido de una necesidad transcendental débil) los participantes en la formación discursiva de la opinión y la voluntad acerca de las cuestiones prácticas».

Si has llegado hasta aquí, el texto te parece lo más y aplaudes hasta con las orejas, ya puedes parar de leer; lo que sigue no te va a gustar. Si casi sufres una hernia cerebral intentando comprender algo, no te preocupes; no estás solo. La traducción es: «La gente opina sobre si una decisión ha sido buena o mala». Simple y llano, ¿no? Entonces, ¿es necesario este denso párrafo para esta idea?. Según Russell no.

Pasemos a Ludwig Wittgenstein, alumno de Russell y profesor en la misma universidad. Debe añadirse a su currículo: matemático, filósofo, lingüista y contrincante de su maestro. Su punto fuerte es la lengua y su uso; en Tractatus logico-philosophicus presenta la lógica como el esqueleto sobre el que colocar el lenguaje descriptivo, es decir la ciencia, y el mundo; en sus palabras: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo»; solo se puede hablar con sentido de la realidad que se percibe. Más adelante matiza su perspectiva; en Investigaciones filosóficas estudia cómo se comportan los usuarios de un lenguaje, cómo aprenden a hablar y para qué sirve; lo considera una caja de herramientas: cada una de ellas puede usarse para varias cosas o solo para una y es necesario conocerlas bien, pues no todas valen para un propósito determinado.

Por si no ves qué pinta en este pastel, él mismo lo deja escrito: «Los problemas filosóficos aparecen cuando el lenguaje está de vacaciones; de lo que no se puede hablar, hay que callar». Para Wittgenstein hay quienes no piensan realmente nada y se enredan en un loco juego del lenguaje sin reglas establecidas y haciendo trampas; para él la misión de la filosofía es «luchar contra el embrujo de nuestro entendimiento por medio del lenguaje».

Hay una expresión que dice: «Donde comen dos, comen tres». Esto funciona también en Cambridge, pues a Russell y Wittgenstein se les une Karl Popper con su palmarés de epistemólogo y pensador político, aunque destaca en filosofía de la ciencia; en La lógica de la investigación científica, argumenta que una teoría en la ciencia empírica nunca puede ser probada, pero sí refutada, lo que significa que la teoría debe examinarse, mediante continuos experimentos, para distinguirla de la no-ciencia. ¿Qué es la no-ciencia según él? Pues toda aquella afirmación que se presenta como factible pero que se salta el método científico, se caracteriza por afirmaciones vagas, contradictorias, sin refutarse y nula predisposición a aceptar críticas.

Visto el empeño de Hegel, Heidegger y el Círculo de Fráncfort en que nadie sepa de qué hablan, estos tres personajes se lo hacen pasar mal, atacando sin tregua ni piedad. Eso cuando no están despellejándose entre sí; según parece poner a Russell, Wittgenstein y Popper bajo el mismo techo es «juntar un barril de pólvora, una mecha y una cerilla». Si te pica la curiosidad, busca la disputa en la que interviene un atizador de chimenea como estrella invitada.

La respuesta el Círculo de Fráncfort es sacarse de la manga la Teoría crítica: «el análisis críticodialéctico, histórico y negativo de lo existente en cuanto es y frente a lo que debería ser desde el punto de vista de la Razón histórico-universal». Sí, la hernia, lo sé. No sufras que lo traduzco: ¿por qué el mundo va de mal en peor en vez de ir a mejor? Es fácil de escribir, y te preguntarás si no es mejor decirlo así de entrada.

Durante la Segunda Guerra Mundial el Círculo de Fráncfort se exilia en los Estados Unidos y allí su segunda generación le da vueltas a la Teoría crítica hasta alcanzar cotas de absurdidad demenciales. Tanto se les va de las manos que admiten «haber desarrollado un discurso demasiado abstracto y poco práctico»; es decir, que son incapaces de explicarse de manera simple, ni ellos mismos se entienden y no tocan de pies en el suelo. Tiene su ironía: la única vez que escriben de manera clara y concisa es para decir que todo lo que han escrito antes no hay forma de entenderlo, ni llevarlo a la práctica.

Lo que sigue te sorprenderá: nadie les hace el mínimo caso, ni sus fans más acérrimos. Ya pueden entonar el mea culpa y retractarse, que el mal está hecho y su forma cala tan hondo que se extiende como un virus, bastante cabrón, y se convierte en el modelo de referencia con el nombre de postmodernismo.

La rama de los escritores

Veamos los autores norteamericanos de la Generación perdida y los rasgos comunes en Ernest Hemingway y Raymond Carver, principales representantes del minimalismo. El primero, con su Teoría del iceberg, innova en la forma de escribir: «Yo siempre trato de escribir de acuerdo al principio del témpano de hielo. El témpano conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua por cada parte que deja ver. Uno puede eliminar cualquier cosa que conozca, y eso solo fortalece el témpano. Es la parte que no se deja ver».

La idea es prescindir de adjetivos, adverbios, descripciones innecesarias y lo abstracto, pues el lector ha de formarse una imagen subjetiva de cada escena. Hemingway quiere implicar al lector en el relato y que entre en el juego; por esto debe escribir sin darlo todo masticado. Dicho de otra manera: quiere hacer pensar.

Carver, y la mano de Gordon Lish, afila el método; además de evitar adjetivos, adverbios y elementos innecesarios, elimina la anécdota argumental, el retrato psicológico del personaje y resalta algo irrelevante que se vuelve importante, como si en una película la cámara enfoca, desde distintos ángulos, un objeto que ha ignorado para que el espectador descifre el significado. Según el crítico Jaime Priede: «El impacto de sus relatos suele centrarse muchas veces en una sola imagen: un caballo en la niebla, un pavo real, una catedral, un cenicero… La imagen organiza la historia, conduce las reacciones del lector hacia una serie de complejas asociaciones». De nuevo se obliga al lector a pensar por sí mismo.

Llega Amy Hempel, le sigue Tom Spanbauer y Chuck Palahniuk los destila y extrae nuevas características del estilo. La historia de causa y efecto es: Amy Hempel publica unos relatos que dejan a más de un lector con la mandíbula por los suelos. Uno de ellos es Spanbauer, un tipo que quiere ser escritor y que, ante la realidad del oficio, trabaja de cualquier cosa y da clases sobre escritura creativa en la cocina de su casa; mientras, no deja de probar suerte con sus relatos, influenciados por Hempel. Palahniuk no pasa una buena racha: licenciado en periodismo logra, casi de milagro ante el alto índice de paro de su generación, un trabajo instalando ejes motrices en camiones. Para evadirse de su día a día se mete en distintas chaladuras de las que no sale muy bien parado; ve un anuncio sobre un taller de escritura y así conoce a Tom y descubre a Amy.

En sus clases Spanbauer disecciona La cosecha, uno de los relatos más conocidos de Hempel. Su manera de escribir, el uso del lenguaje, las piezas indispensables y, sobretodo, lo que no hay: lo superfluo e inútil. En Error humano Palahniuk lo cuenta con detalle. El primer punto del análisis es el de los caballos. «La metáfora es la siguiente: si vas en carromato de Utah a California, usas los mismos caballos para todo el camino. Si en lugar de caballos ponéis motivos recurrentes o ideas repetidas, os haréis a la idea». El segundo punto es la lengua quemada, decir una cosa pero retorciéndolo para obligar al lector a que baje el ritmo y se centre. Otro punto es evitar los términos abstractos: «Nada de adverbios como somnolientamente, irritantemente o tristemente, por favor. Y nada de medidas, nada de centímetros, metros, grados o edad. La frase una chica de dieciocho años, ¿qué quiere decir?». Por último queda el registro de ángel: «escribir sin emitir juicios; ningún personaje es gordo, o feliz, solo de describen sus acciones y pensamientos» y el lector hace sus deducciones y juicios.

Visto así puede parecer una escritura seca y parca, pero hay mucho trabajo detrás de la elección de las palabras y la construcción de las frases, pues resultan tan profundas como para recordarlas durante años: «La cosecha parece una lista de la compra llena de detalles. Y al final de las siete páginas uno no tiene ni idea de por qué está llorando. Uno se siente un poco confuso y desorientado. No es más que una simple lista de hechos presentados en primera persona, pero de alguna forma esta lista consigue componer algo más que la suma de sus partes». Según Palahniuk «Hempel es una línea que tal vez no quieras cruzar; si pasas este punto casi todos los libros que leas en adelante te parecerán una mierda. ¿Todos esos gruesos libros en tercera persona donde lo que importa es seguir la trama y están sacados de las páginas de sucesos del periódico de hoy? Pues bueno, después de Amy Hempel te vas a ahorrar un montón de tiempo y de dinero».

En resumen: el minimalismo se caracteriza por la economía de las palabras, los autores evitan la paja y prefieren sugerir a decir, esperan de los lectores una participación activa y que elijan qué pensar en lugar de tragarse representaciones directas. Ernest Hemingway y Raymond Carver sientan las bases del estilo y Amy Hempel las refina y las presenta «como galletas con virutas de chocolate pero sin la base más sosa de la galleta, hechas únicamente a base de virutas y nueces trituradas».

Hasta aquí hemos llegado

Los filósofos y los escritores que hemos visto coinciden en luchar contra la pomposidad hueca; los primeros critican el rodeo del lenguaje hacia un mensaje que no existe y los segundos desnudan la escritura de los elementos que no aportan nada. Cuidado: ni unos ni otros defienden que sus métodos sean únicos, sino que explican por qué algunos individuos marean la perdiz. Los de Cambridge no critican a Nietzsche, aunque no es una lectura fácil, porque tiene un propósito y se entiende; Hempel, Spanbauer y Palahniuk no cargan contra El nombre de la rosa, pues Umberto Eco escribe muy bien y no le sobra ni una coma ni una palabra. Todos ellos, con sus trabajos, nos dan herramientas para ver qué es lo que no funciona.

Tengo mi teoría sobre el dominio de esta cháchara incomprensible. Desde que estamos en el colegio se nos mete en la cabeza el discurso de los listos para ciencias y los tontos para letras, algo absurdo, pues de ambas especies los hay en todas partes, pero la idea cala en nuestra cabeza; de esta manera los de letras arrastramos un complejo de inferioridad que nos tienta a presentarnos como individuos brillantes para desmentir el dicho. El problema está cuando el tonto es un idiota: un individuo de poca inteligencia, engreído y nada consciente de sus limitaciones; a partir de este punto todo lo que sigue va a peor y entra en escena lo que un amigo define como el Síndrome del impostor.

Si este idiota ha de redactar un texto sin tener ni idea del tema ni las formas, lejos de admitir su incompetencia, usará la técnica de marear la perdiz para no decir nada y llenar páginas mediante artificios y tópicos redundantes, intentando que suene culto, profundo y cercano a la genialidad de postín; sin saberlo siquiera puede elaborar un texto en la línea del Círculo de Fráncfort. Luego cabe la posibilidad de que quien lo lea para su aprobación sea o bien otro idiota, o bien un tonto que no sepa qué está leyendo pero crea que el autor es un genio. Justo igual que los fans del Círculo: no se entiende, luego es lo más grande. Este es el Síndrome del impostor.

A veces he de digerir textos que requieren para su comprensión de ese tipo de mente capaz de doblar cucharillas. Por supuesto no tengo ese poder, pero da igual; no hay por dónde cogerlos. Sospecho lo que ocurre: el Síndrome del impostor se ha convertido en la regla imperante; da igual que uno sea idiota, solo importa que parezca brillante. Veamos unos ejemplos; no sufras, hemos sobrevivido a peores cosas en lo que has leído.

Vamos a por un curso que ofrece cierta institución: «Es un dispositivo de aprendizaje cuyo objetivo fundamental es movilizar el pensamiento crítico y activar la imaginación política desde la intersección de prácticas artísticas, ciencias sociales e intervenciones político-institucionales y desarrollar la capacidad crítica para facilitar el libre tránsito entre paradigmas de pensamiento. En este sentido, más allá de ser un espacio para la afirmación de representaciones e identidades, pretende cuestionar las categorías cerradas para activar una imaginación antagonista que elabore sus frentes de lucha estética y política desde nuevas formas posibles. La naturaleza parainstitucional permite romper con la idea preconcebida de lo que es un espacio de alta formación y facilita escapar de la lógica de adquisición de competencias o profesionalización. Considera la organización del saber como un espacio político en el que los contenidos se vinculan a diversas tradiciones de experimentación pedagógica y discursiva, entendidas no solo como materias de estudio, sino como un conjunto de prácticas vivas capaces de configurar nuevos espacios para el conocimiento. El programa supone un desafío intelectual y vital tanto para los estudiantes como para la dirección académica, el profesorado y la institución que lo promueve. Las fisuras que abren los estudiantes, con sus aportaciones de epistemologías y tradiciones de pensamiento diversas, sitúan el programa en un continuo reequilibrio, en el que la radicalidad solo puede entenderse como un «ir a la raíz de las cosas» y practicarse desde la empatía y un espacio de compromiso con el mundo y no como un desarrollo del sujeto-yo-marca semiocapitalista. Respondiendo a este compromiso con la vida, se preocupa en especial de activar una imaginación política conectada con las bases materiales de la supervivencia, y desde posiciones ecofeministas piensa la interdependencia y la vulnerabilidad para responder a las formas neoliberales de capitalismo que suponen una movilización total de la vida y que estallan cada día en múltiples y distintas crisis. Para ello se sirve de las herramientas de la teoría crítica, las investigaciones artísticas, el materialismo cultural, el pensamiento y las prácticas feministas y queer y la crítica decolonial, así como las pedagogías, las narrativas visuales y los saberes indisciplinados».

Traducción: «Unos amigos vendrán a charlar, ni ellos saben sobre qué, pero les va la Teoría Crítica, así que no importa. Hablaremos sin sentido sobre temas sin relación pero que son cool y trendy. Ya que nadie nos toma en serio para avalar el programa y convalidar el título haremos ver que te evaluamos aunque el aprobado ya viene con el comprobante de pago, por el módico precio de 3000 euros».

Si lo tuyo es la narrativa a ver qué te parece este texto:

«El sol estaba próximo al ocaso, las estrellas se mostraban tan maravillosas como siempre en la creciente oscuridad que se cernía sobre el bosque, el cielo cada vez más negro ganaba terreno a la claridad que se extinguía tras las cumbres, era una batalla ganada por la velada, el agradable frescor del anochecer hacía sentir una perfección desbordante, el repicar de campanas en la lejana ermita anunciaba que ya llegaba el tiempo de guarecerse de las tempestades nocturnas que rondaban los lugares solitarios y vírgenes.

Shara cubría su largo pelo, oscuro como el embrujo del sur, con la caperuza de su amplia capa negra, serían las once, no podía regresar a casa, era tarde y la dama de las tinieblas le podía deparar alguna falacia. El viejo refugio de los leñadores se encontraba próximo y concluyó en retirarse allí. Un fugaz rayo quebró el cielo iluminando la casi totalidad de la foresta antaño en penumbras, Shara levantó la vista y rápidamente su cara se empapó, corrió velozmente hacia el refugio, tenía miedo. En la carrera perdió el ramillete de flores que había segado en la laguna y cuyo destino hubiese sido un vulgar florero de arcilla.

Sus pies se llenaron de barro y las sandalias, inútiles, fueron pereciendo por el abrupto sendero. Al fin distinguió la choza entre un cúmulo de gigantescos árboles que dejaban caer la lluvia entre sus ramas transformándola en una cascada. Entró, abatida sucia y temblorosa, una hoguera alumbraba la tosca estancia de madera sin muebles ni objetos, totalmente vacía, se quitó su capa calada y se despojó del vestido manchado y rasgado, limpióse el lodo que la impregnaba hasta las rodillas y secóse de arriba a abajo».

Traducción: «Era una noche oscura y tormentosa». (Sí; lo digo con ironía, usando la peor y más tópica frase inicial de una novela).

En el final era la Nada

Puedes pensar que las letras están mal pero que no es tan grave. Eso creía yo, pero me encuentro con que sí lo es. Así está el tema y así funciona; el mal está hecho y bien arraigado. Y la verdad, no me convence para nada. Una amiga mía, editora y negra para otros, me dice que lo mejor que puedo hacer al escribir es pasar el cepillo y el papel de lija una vez y otra, quitando todo aquello que no significa ni aporta nada. Y me fío de su criterio al igual que fío de Russell, Wittgenstein, Popper, Hempel, Spanbauer y Palahniuk. Les hago caso, creo que llevan razón; trabajo un texto, lo entrego y alguien dice: «Se ve pobre. ¿No puedes adornarlo un poco?». Y se me llevan los demonios.

Hay días en que me preocupo; no soy el más listo de la clase, pero no me considero tonto del todo y me esfuerzo en no ser idiota, y ver que en el mundo académico y cultural esto pasa, que en el trabajo hay monos tecleando barbaridades, que hay gente con seso que ve los errores y que pocos escuchan el sonido de las alarmas… Hay días en que me lo tomo a risa, pero la mayor parte del tiempo no le veo la gracia. Charlatanes de feria, prestidigitadores de medio pelo y embaucadores. Y con la suerte de cara, además; por lo visto los idiotas desafían la gravedad y caen hacia arriba.

No pretendo que esto sea un alarde de pedantería; no soy un fundamentalista que aboga por una narrativa con unos estándares de calidad mínimos, ni rechazo los productos para el consumo de masas. Lo que destaco es la nula crítica que tenemos respecto al mundo de las letras. El mal endémico de este es la devaluación que sufre, y en lugar de presentar un discurso directo que llegue al mayor número de personas caemos en la trampa de querer mostrarnos brillantes en la forma, de manera ridícula, y dejando de lado el contenido. Y lo hacemos de la peor manera posible, tanto que apenas nos entendemos a nosotros mismos.

Tal vez la respuesta esté en la filosofía del lenguaje y en el minimalismo de ir al grano. No lo sé de cierto. Como poco nos dan unas pistas. Y podemos, mediante ellas, separar el grano de la paja. Supone un esfuerzo, por supuesto, pero es algo que debemos hacer para que las letras recuperen el terreno que pierden día tras día.

Tal vez necesitamos hacer una autocrítica y revisar qué consideramos bueno y qué creemos malo. Y, más que nada, ser conscientes de cuándo nos venden la moto.

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