La modernidad, o de las memorias de un poeta bárbaro

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¿Cuál es el país más moderno del mundo?

¿Cómo se mide la modernidad?

Pero, principalmente ¿Qué es la modernidad?

Una discusión entre pensadores que indubitablemente se estancó en el anquilosamiento hace bastantes años. Entre los intelectuales que más aporto a este debate durante su apogeo, destaca el llamado gran poeta de América, Octavio Paz. Lucido e incisivo como nos tenía acostumbrados en su obra, llegó a la íntima conclusión de que México en particular, si quería ser como nación, estaba obligado a ser moderno; aunque nunca pudo dilucidar si la modernidad era una bendición o una maldición. No obstante, es otra de las afirmaciones de Paz la que considero se asemeja más a la realidad, misma tesis que poca o ninguna influencia tiene sobre los principales medios actuales; los que han difuminado la delgada línea conceptual referente a la modernidad, aseverando que esta hace referencia a la tecnología, las energías renovables y la infraestructura.

Hoy mi propósito es a hablarle a usted sobre uno de los debates pendientes más frivolizados de nuestros tiempos: la modernidad. Y por supuesto, la brillante pero olvidada teoría que sostuvo Paz al respecto.

El diccionario de Oxford sostiene que la modernidad se refiere a lo «que es innovador, avanzado, o sigue las últimas tendencias o adelantos». Una definición que como podemos analizar no obedece a un rubro en específico como la infraestructura o la calidad de vida. Por tanto podemos puntualizar que conceptualmente hablando, la definición de modernidad no está contextualizada. Sino que más bien a la luz de los panoramas contemporáneos, se universaliza.

Me explico: al buscar los países más modernos del mundo  en el navegador de su preferencia, podrá apreciar lo que anteriormente mencionaba. Conceptos tales como: modernidad, innovación, tecnología, entre otros que siguen la misma línea lógica, terminan por confundirse y en algunos casos hasta tergiversarse.

Si obedecemos a los primeros lugares, en la mayoría de listas que engloban estos conceptos, podemos coincidir en casi todos los resultados: Corea del Sur, China, Suecia y Estados Unidos por mencionar algunos. Evidentemente, en los primeros dos países, a la par de su basto poderío militar se toma en cuenta el desarrollo de su tecnología reflejado en la arquitectura y las calles de sus metrópolis. En la tierra de las barras y estrellas, el estadío de modernidad al cual hace referencia la comunidad internacional así como los mismos locales versa sobre el desarrollo de inteligencia casi inverosímil. Ejemplo de ello, la que se concentra en Silicon Valley, California. Suecia por su parte es un paradigma completamente diferente. Por las calles de Estocolmo, evidentemente, no podemos encontrar los rascacielos y los grandes monumentos que en los otros países sí. Con respecto a la fuerza militar, Suecia es una de las naciones más pacificas de Europa; de hecho, es precisamente la seguridad de la que goza el país, así como su libertad de prensa la que la posiciona entre los primeros lugares.

Inobjetablemente se dejan de lado incontables factores al momento de medir la modernidad; inclusive hay contradicciones evidentes en los juicios a calificar. Son los mismos aspectos que se rescatan de Suecia los que son exiguos, en países como China donde el autoritarismo se manifiesta claramente en el control del gobierno sobre la sociedad, siendo este el tercer país con menos libertad de prensa a nivel global. El modelo de vigilancia e intromisión descabellada en la vida de los ciudadanos roza la ficción; inclusive, vagamente, me hace recordar la «cárcel sin barreras» que narraba Aldous Huxley en Un Mundo Feliz. En Estados Unidos, aunque tampoco se encuentra entre los primeros lugares con respecto a la libertad de prensa (48), la contradicción en los lineamientos calificados se puede ver claramente en la división social que se vive tanto dentro como fuera de las fronteras del país. Siendo un foco de atención radical con respecto a la discriminación, la intolerancia, el inexistente control de armas entre muchos otros aspectos. Simplemente en este último rubro, Estados Unidos encabeza la lista de tiroteos escolares desde 2009. Cabe destacar que con una avasalladora diferencia (288), seguido de México (8) y Sudáfrica (6). Las problemáticas en Suecia por otra parte, radican precisamente en la falta de autoridad de su gobierno con respecto a la migración; al menos así lo asegura gran parte de la población. Pese a que este país nórdico encabeza la lista de los países más racistas del mundo, es a la vez el Estado que más migrantes por año recibe en toda Europa. Varios locales aseguran que uno de los principales problemas en dicha nación es la falta de criterio al desglosar este tema, pues la más mínima oposición al fenómeno migratorio masivo es automáticamente catalogada como racismo. Un tema estigmatizado en esa confederación.

Y es ante la luz de estos hechos que podemos contrastar la tesis de Octavio Paz:

Quien aseguraba que la modernidad no se puede medir ni exclusiva ni primordialmente por el número de fábricas e industrias, sino también por la agudez en la crítica intelectual del país. La cual, según su postura, se podría dividir desde dos vertientes:

1) La modernidad es sinónimo de desarrollo. A nivel de lo político significa libertad y democracia; a nivel de lo económico, es el acceso a la producción capitalista.

2) El desarrollo significa avance en los niveles productivos, la instauración plena y amplia del capitalismo. A partir de él, los problemas inherentes a una sociedad no desarrollada (pobreza, y la desigualdad económica) desaparecerán.

Para Paz, la modernidad está lejos de representar un concepto aislado. Aunque, como señalé al principio de este artículo, incluso para un pensador de su nivel intelectual este tema resultó tan complejo que hay una evolución radical en sus reflexiones al comparar las dos principales obras en las que analizó este tópico: El laberinto de la soledad (1950) y En corriente alterna (1966).

En los últimos quince años de su bibliografía podemos encontrar que la crítica del autor se centraba en señalar que un país bajo ninguna circunstancia podía considerarse moderno si primero no se había instaurado un sistema político donde el vituperio jamás alcanzara a opacar la paz y la democracia. En esta nomenclatura, el autor hace una comparación entre sociedades que no han alcanzado el punto más álgido de la modernidad a consecuencia de factores socioeconómicos diferentes: el análisis de Paz sobre la modernidad estadounidense señala que, en términos de producción, progreso y abundancia, esta sociedad aparentemente infinita, ha creado los monstruos que ahora la amenazan: el consumo por el consumo mismo, la pérdida de valores extraeconómicos, la producción sin fin, sin objetivo; la búsqueda del carácter utilitario de todo. Para los pueblos latinoamericanos, la modernización buscada desde hace siglos debe significar instauración de la democracia y de la libertad, insiste: el ejemplo a seguir son los Estados Unidos.

Aunque durante la última década del siglo XX fueron muchos los autores que se centraron en desglosar la teoría de la modernidad establecida por Paz, la realidad es que esta se encuentra muy distante de las características que se toman en cuenta al momento de establecer el nivel de modernidad. Bajo dichos argumentos es inadmisible tan siquiera discutir haber llegado a este estadio cuando la situación política del país es inestable interna y externamente; cuando la libertad de opinión se ve absorta ante tiranía de la invasión al pensamiento; y cuando ante la dualidad de la estabilidad externa e interna se opta por actuar con condescendencia a los ojos de la comunidad internacional a costa del descontento de la sociedad local.

Inapelablemente vivimos en un mundo extasiado por la sobredosis de tecnología, los avances con respecto a la inteligencia artificial son el principal tema a desarrollar de las potencias económicas e industriales. Sin embargo, las naciones siguen cayendo en la hosca incertidumbre que entreteje las palabras; aspirando vagamente la modernidad pero luchando únicamente por el poder. Paz muy a su manera nos enseña con sus repasos penetrantes que pese a que el poder recae en las manos de los gobernantes, las consecuencias directas son sobre los gobernados a corto y largo plazo. Por ello nos corresponde en estas instancias recordar que nadie en lo individual es patria porque ella somos todos; si es nuestra ambición encarrilar la patria (a grandes rasgos el mundo) hacia la plenitud, primero nosotros debemos ser conscientes, innovadores, abiertos y sagaces. La modernidad en sí, gira en torno a la crítica; porque esta representa una cualidad particularmente difícil de adquirir. La historia nos dice que lo fácil rara vez termina por dar frutos; por consiguiente, las semillas del presente representan una complejidad agobiante. Pero es la convicción de que esas semillas serán cosechadas algún día la que nos llegará a alcanzar la modernidad.

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