María Antonieta, ideas tontas y zombis

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Detestada por la corte y el pueblo por igual, María Antonieta es conocida como «L’autre-chienne / L’autrichienne» (retruécano que significa «La otra perra / La austríaca») y «Madame Déficit» (no hace falta aclarar nada). Durante la Revolución francesa se difunde una frase suya: cuando el pueblo falto de pan se encara con ella, responde: «Que coman pasteles». Aunque la frase es apócrifa (Rousseau afirma que es una versión de algo que dice María Teresa de Austria, esposa de Luis XIV), refleja lo que no es una respuesta acertada ante una crisis, menos aún si se es consciente de lo que se cuece y se intuye lo que viene a continuación; así, esta anécdota muestra la percepción equivocada y hasta nula, de una élite sobre los problemas reales de la ciudadanía.

Un artículo publicado en el Financial Times revela una gran disfunción de nuestro sistema: la incapacidad de quienes lo dirigen de tomar las decisiones correctas. En El momento Maria Antonieta de las élites, Wolfgang Münchau señala la ceguera y la gestión errónea de quienes toman las decisiones y que acaban instigando aquello de lo que quieren protegerse. Algo que, como en el caso de María Antonieta, no es infrecuente en la historia. Y hoy en día, subraya el autor, estamos en uno de esos instantes: las tensiones económicas y sociales, las dudas sobre la inmigración y demás elementos de actualidad, por ejemplo el caso de la COVID-19 y la crisis derivada, obligan a un giro en las políticas y a acercarse a unos temas que antes no han tocado; sin embargo, la capacidad de autocorrección del sistema, algo básico en cualquier régimen político y económico para su supervivencia, parece estar bajo mínimos.

«Un fantasma recorre el mundo: el fantasma del populismo», podemos decir ahora sobre la sociedad y la política actuales. Y nos asombra su emergencia por el mundo. Por lo común se lo suele vincular a una política de derechas, con un acusado sentimiento antiestablishment, que copia fórmulas del pasado y genera miedo en la población. En este entorno (poco empleo, precariedad, pocas prestaciones sociales y una perspectiva de futuro negativa), revive una idea clave: «Nuestro país, para sus nacionales». Esta pasión desbordante y las ideas sobre una alternativa están al alcance de la mano de cualquier individuo lo bastante hábil como para usarlas a su favor; un líder que se hará eco de las reclamaciones. Este sentimiento popular y su líder despliegan su poder de masas y se contraponen a un Estado que les ha defraudado y dejado de lado. Y, aunque rechazan la política democrática, saben que han de entrar en juego y convertirse en un poder institucional. La atracción mediática contribuye a que su voz llegue a más individuos descontentos quienes, aunque no compartan del todo el mensaje, terminan por unirse. Y no hay nada mejor que crear un show mediático de polémicas y bombardear con fake news para llamar la atención: así se logra que sus temas y tópicos se incluyan en las agendas mediáticas y políticas.

Es un error adjudicar el populismo y sus métodos exclusivamente a la derecha: el espectro político de las izquierdas también lo usa como herramienta; la diferencia reside en que, mientras la derecha interpela a la indefensión y a la protección ante el peligro (inmigrantes, comunistas, homosexuales, mujeres), el populismo de izquierdas quiere guiar al oyente y enseñarle lo correcto, no sin antes hacerlo aparecer como culpable; por ejemplo, su tipo de discurso suele ser: «Si no piensas/crees/ves X, entonces eres Y» (algo negativo, claro, o no lo bastante X). Por supuesto, la ideología detrás de este populismo de izquierda es, como en el caso del de derechas, más simple que el mecanismo de un botijo: bajo la forma de movimiento político y social contestatario no opera con racionalidad, sino como impulso de las pasiones individuales que se hacen fuertes en la multitudes; en ambos casos hacen sentir incómodo respecto a algo y con ganas de correr a sus brazos para salvarse. El populismo de derechas culpabiliza al otro; el de izquierdas culpabiliza respecto al otro. En ambos subyace la idea del «o estás conmigo, o contra mí». Este es el telón de fondo y esta es la clase de sentimientos y aspiraciones a los que las élites no saben dar salida, en gran medida porque sus formas de reaccionar resultan sorprendentemente torpes. 

«Este es el momento de mayor peligro para nuestro planeta», dijo Stephen Hawking en una carta publicada poco antes de fallecer y que hoy retoma actualidad: «Dentro de la comunidad científica podría sentirme tentado de considerarme como la cima del mundo. Con el aislamiento que mi enfermedad me ha impuesto, siento como si mi torre de marfil se estuviese haciendo más alta». Y, como parte de una élite, siente que este rechazo también se dirige a él.

Sin embargo, Hawking no reacciona como María Antonieta; en ningún momento dice «que coman pasteles»; tampoco se pregunta sobre qué sucede realmente. Él es consciente de que los votantes encuentran otras voces y rechazan el consejo y la orientación que les da la élite: «Lo que importa es cómo reaccionan las élites. ¿Deberíamos rechazar estos votos de populismo crudo que no tienen en cuenta los hechos, mientras intentamos eludir o circunscribir las decisiones que representan? Yo diría que este sería un terrible error». Lo que Hawking quiere es que esta élite reconozca sus fracasos, sus fallos, sus errores. Y que sea consciente de que los repetirá. Para empezar tiene que saber que las preocupaciones de los votantes son comprensibles: «Nos enfrentamos a desafíos impresionantes: el cambio climático, la producción de alimentos, la superpoblación, la desaparición de especies, las enfermedades epidémicas, la acidificación de los océanos. Tal vez en unos cuantos cientos de años habremos establecido colonias humanas entre las estrellas, pero en este momento solo tenemos un planeta y tenemos que trabajar juntos para protegerlo». También presta atención a la desaparición no solo de empleos, sino de industrias enteras y se siente responsable en ayudar a la gente a capacitarse para un nuevo mundo y apoyarlos financieramente mientras lo hacen: «Si las comunidades y las economías no pueden hacer frente, debemos hacer más para fomentar el desarrollo global».

No obstante, Dick Morris (asesor del matrimonio Clinton durante veinte años), dice: «Los políticos se limitan a dar golpes de efecto y los medios solo cubren la retórica más negativa, simplista, distorsionada y partidaria posible. Las elecciones son una carrera a lo más bajo, una competencia para ver quién puede hundirse más. Y esto no solo es mal gobierno; es política estúpida: no son ideas, son sentimientos básicos». Y nos basta un vistazo a cualquier debate electoral para constatar este hundimiento. Por si queremos reforzar esta idea, tenemos la actitud y discurso de los políticos respecto a la actual crisis de la COVID-19: ya sea en el gobierno o en la oposición, se identifique con una bandera o con otra, apenas hay propuestas constructivas, solo la voluntad de llevar la contraria por sistema y aunque suponga un grave peligro para la ciudadanía, todo bajo la idea de «hagamos por nosotros lo que no está haciendo el gobierno».

Parece pues que, a pesar del idealismo y la autocrítica de Hawking, la élite va a la suya y juega en otra liga. Incluso a un deporte distinto. Y es que la naturaleza del cambio al que asistimos contiene una paradoja: inmersos en los procesos de cambio a nuestro alrededor, no alcanzamos a ver ni comprender la dimensión de este.

«No existe mayor perversión que aquella que niega la realidad asumiéndola como si ella misma no estuviera siendo negada, dándole una pátina superficial que la camufla de lo contrario». Alguien dijo esto y estoy bastante seguro de que lleva razón y significa que todos somos tontos.

El individuo es tonto. Maticemos: el individuo es más tonto de lo que cree. Sea como sea, cualquier tontería se vuelve invisible para la mente cuando esta se comparte con un número suficiente de individuos, y es aquí donde aparece el populismo. Es decir, que la gente, colectivamente, puede ser tonta sin matices: las principales fuerzas de las más grandes tonterías son las muchedumbres y el sesgo endogrupal. ¿Cómo es posible que una idea tóxica, que hace daño a los demás e incluso nos daña, puede propagarse con tanta facilidad? ¿Por qué ideas que consideramos ridículas anidan en otros grupos de personas? ¿A qué se debe que consideremos nuestras ideas como más progresistas o más auténticas?

El psicólogo evolutivo David Sloan Wilson cree que las ideas falsas no solo se perpetúan a través de la cultura, sino también mediante la herencia genética. Para describir el éxito de la xenofobia, el racismo y el fanatismo escribe el siguiente ejemplo en su artículo Species of Thought: «Se presenta un gen mutante que hace que su portador crea sinceramente en cierta imagen distorsionada de la realidad. Podría suponer que sus rivales son gentes despreciables cuando, en realidad, son personas como él (y por lo tanto lo tienen a él por despreciable) y solo son enemigos suyos porque compiten por los mismos recursos restrictivos. Aun así, el miedo y el odio que se profesa a las gentes aborrecibles resulta más motivador que la percepción acertada de que los enemigos de uno son idénticos a uno mismo».

Así, las ideas tontas se propagan porque promueven la supervivencia de quienes las enarbolan, aunque sean falsas e incluso absurdas; de hecho, las ideas más delirantes son las que mejor sobreviven y acaban por instalarse cómodamente en la sociedad. Recordemos la frase que aún hoy en día hace fortuna: «No nos dirigimos a la gente más inteligente, sino a la mayoría de la gente». Y quien dice ideas tontas, dice fake news.

En resumidas cuentas: que somos tontos y nos volvemos profundamente tontos si nos coordinamos con otros tontos. Los colectivos, si no poseen de un instrumento externo que monitorice el grado de tontería generalizada y zumbe en alerta roja, seguirán siendo tontos, tontos hasta la médula. Por su parte, la psicología social explica que las personas que individualmente no serían crueles ni violentas lo pueden llegar a ser según el contexto que les rodea; así, individuos pacíficos pueden cometer actos violentos impelidos por su entorno sin cuestionarse esta paradoja. También que las disidencias y las críticas internas se desvanecen para no ser cuestionados y expulsados del grupo y así algunos individuos abrazan idearios que no comparten al cien por cien por puro miedo al qué dirán. En cualquier caso, nada que tranquilice.

El estudio de los movimientos sociales describe sus contenidos, aspiraciones, organización y relación con el poder. Esta lectura interdisciplinar integra categorías de análisis y permite comprender el momento actual y su futura dirección. La sociología actual sugiere que estos movimientos son polos gravitacionales que concentran y orientan grupos bajo un mensaje significativo. La ciencia política los entiende y define como corrientes ideológicas en donde la cuestión identitaria es básica: la identidad colectiva es compartida por varios y así anula a la individual.

Y si algo está de moda que refleja esta tontería común son los zombis.

El monstruo, la representación de lo que nos asusta, posee unas características concretas según los miedos existentes. Conforme el zombi se asienta en el imaginario cultural observamos un proceso por el que los discursos políticos se convierten en historias que exponen nuestros temores. Así, el zombi es una metáfora que representa una serie de problemáticas y un discurso inflexible que conduce al totalitarismo absoluto; los zombis son la imagen distorsionada de las masas, sobre todo de la clase trabajadora, que se siente engañada por el estado y que ha cambiado su capacidad crítica por un discurso contundente y sin matices.

La zombificación del pensamiento ha crecido gracias a las ideas tontas y, a la par, todo aquel que no se adhiera al ideario es un enemigo al que hay que combatir. No hay escapatoria al argumentario zombi. El psicólogo Leon Festinger desarrolla para ello la teoría de la disonancia cognitiva, una idea que alude a la tensión que surge en un individuo al tener que afrontar dos ideas que están en conflicto y que afectan a sus creencias y valores poniendo en cuestión su coherencia interna: la manera en la que el cerebro asume esas incoherencias es atribuir a un enemigo externo un ataque, seguramente infundado, a sus valores e ideas; proyectar en el adversario la capacidad de destruir nuestra zona de confort ayuda a reforzar más aún los posicionamientos previos.

Históricamente, las clases bajas son representadas como una masa desordenada, depravada, sedienta de sangre y fuera de la civilización; en momentos de tensión y conflicto, esta visión se agudiza y es aún más peyorativa. «Que el público es de una ralea sucia y repulsiva. Es estúpido, una eterna raza de esclavos que no puede vivir sin yugo ni bastón», Leconte de Lisle. «Los sabiondos de pueblo, todos los descontentos, los desclasados, los tristes, los retrasados, los incapaces», Téophile Gautier. «Pasaban las masas ya revueltas; obreros de mirada estúpida. Toda la hez de los fracasos; el mundo inferior y terrible, removido por aquellas banderas siniestras», Agustín de Foxá. Una ilustración de James Gillray, titulada Un Petit Souper a la Parisienne, lo muestra: en un infecto piso de París, vemos a una familia de sans-culottes (mujeres y niños semidesnudos incluidos) sentados sobre restos humanos, alimentándose bestialmente de un aristócrata descuartizado. Años atrás es Durero quien caricaturiza en orgías caníbales a los anabaptistas de Münster. ¿No los podríamos catalogar como zombis?.

«Que coman pasteles», dijo María Antonieta. «Son populistas», decimos nosotros. ¿Y es que acaso no somos más listos que ellos? Todas estas palabras salen de la boca de las élites de su época; opiniones de personas que se creen más listas y mejores que la plebe. La ironía reside en que uno de los motivos fundamentales de la existencia del pensamiento zombi es la incomprensión de la realidad desde una vergonzante soberbia intelectual, a menudo hueca, de los que pueden ponerle remedio.

En el momento actual, y con la amenaza bien real del virus, la sociedad no necesita de ningún monstruo; ya tenemos a uno que, sin tener el aspecto efectista del zombi o el vampiro (el fascinante monstruo de una sociedad en bonanza), nos mata día a día. En los últimos meses las plataformas de contenidos audiovisuales, que desde luego no son nada tontas, recuperan para sus catálogos películas sobre pandemias, contagios letales descontrolados y apocalipsis víricos, y se convierten en los productos más vistos. Y las televisiones y radios despliegan a tertulianos que pontifican como profesionales entendidos sobre el tema, con el mismo aplomo con el que ayer departían sobre el cultivo de la patata en Mongolia y anteayer sobre la mejor manera de afrontar la carrera espacial extrasolar. Ya tenemos a un nuevo monstruo: invisible, sigiloso pero más temible, si cabe, que un pelotón de zombis o un elegante vampiro; a diferencia de estos dos, el virus sí existe y sí nos afecta. Podemos ver día tras día sus estragos (hasta seguirlos en tiempo real) y, tal vez, nos toque vivirlos de muy cerca.

Y en la sociedad tenemos la paradoja de dos grupos distintos y opuestos: los absolutamente convencidos de un negro pesimismo para el futuro («ya nada será como antes») y los convencidos de lo contrario («saldremos siendo mejores»); sin argumentar, ninguno de los dos, nada que dé soporte lógico a su idea y dando rienda suelta al sentimentalismo más elemental. Los que aplauden a las ocho cada noche y los que toman nota de que vecinos no lo hacen; los que se saltan las reglas del confinamiento porque ellos lo valen y los que son abucheados por verse obligados a salir a la calle. Las opiniones sobre la nueva normalidad y el distanciamiento social: los que dramatizan y aquellos a los que les da igual.

Y debemos sumar a esta polarización el que desde hace unos años y ante cualquier conflicto, las medias tintas no están bien vistas en la sociedad. Desde la política se ha gestado y esparcido la nociva idea de abrazar una idea o la contraria; en las ideas grupales no hay disidencias ni críticas y la desafección o no implicación se catalogan como traición. Con todo esto, tenemos un nuevo sentimiento antiestablishment que comparten derecha e izquierda: las soluciones no solucionan nada, todo se hace mal, pero no proponen nada más allá de sus ataques.

En su carta, Stephen Hawking termina: «Podemos hacerlo, soy tremendamente optimista con mi especie; pero requerirá que las élites, de Londres a Harvard, de Cambridge a Hollywood, aprendan las lecciones. Aprender, sobre todo, una porción de humildad».

Hay unas palabras clave en este cierre: aprender y humildad; unas cualidades de la que las élites no andan muy sobradas. Claro que nosotros, como sociedad, dejamos mucho, muchísimo que desear. ¿Aprovecharemos esta oportunidad para aprender, reflexionar y manejar valores e ideas elaborados o bien caeremos en la simplicidad del populismo, aupando a demagogos oportunistas? ¿Seremos realmente constructivos y exigiremos a los gobiernos que lo sean también o nos contentaremos solo con destruir por destruir? ¿Para qué tomaremos como excusa a la COVID-19? ¿Seremos capaces de quitarnos esta simple dualidad del conmigo o contra mí y poder crear un marco de diálogo y tolerancia a los que no opinan al dedillo como nosotros? «Que coman pasteles», ojalá siga siendo solo una anécdota falsa.

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