La dificultad de ser ciudadano en el siglo XXI

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Lo que ayer podía ser considerado un comportamiento cívico, hoy día está en cuestión. Nuevos tiempos plantean nuevos retos, no solo a las organizaciones, sino también a los individuos de la moderna sociedad globalizada capitalista.

Para los hombres del Paleolítico el problema era la naturaleza hostil. El comportamiento de los individuos estaba sujeto a normas y tradiciones en interés del grupo. Fuera de ese estrecho margen marcado por el clan o la tribu el individuo no podía sobrevivir. Cuando la civilización humana se asentó y crecieron las ciudades, las posibilidades de comportamiento humano se multiplicaron y con ellas los dilemas a los que se tuvieron que enfrentar los ciudadanos de las polis o los imperios. Pensadores como Confucio ya ofrecen unas normas que sirvan como guía moral y espiritual a los individuos de estas sociedades cada vez más complejas. El filósofo y político chino hace sobre todo hincapié en el respeto a los padres y las autoridades. Razonablemente, Confucio entiende que sin estos pilares de respeto la sociedad se descompondría y los seres humanos se encontrarían en situaciones que les alejarían del ideal de felicidad. Sin embargo, en época presumiblemente anterior otro gran guía espiritual y político, Zoroastro, clama a su dios, Aura Mazda, por las injusticias del mal gobierno, y avisa de los castigos que sufrirán todos aquellos que realicen el mal, dejando claro que el asunto podía ser más complejo a como lo planteaba Confucio.

Otro gran pensador del mundo antiguo, Aristóteles, considerando que el problema moral es eminentemente un asunto político, propone cuáles han de ser las condiciones en las que se efectúe ese buen gobierno que traiga paz y prosperidad al mayor número de humanos. El filósofo griego, que ha impregnado el pensamiento occidental, aboga por la libertad y se decanta por formas democráticas en las que la autoridad sea detentada por turnos. Ya en la Edad Media, Maquiavelo se aleja de ese ideal democrático de Aristóteles o moral de Confucio, y justifica el gobierno por el miedo y la manipulación en interés de la colectividad, siempre que sea el poder el que lo realice. Sin embargo, con posterioridad Thomas Hobbes, aunque tampoco cree en un gobierno basado en ideales morales o democráticos, apela a un contrato en el que como mal menor el individuo ceda al Estado ciertas prerrogativas como el uso de la violencia.

En los países occidentales y cada vez más en el mundo entero, siguiendo el pensamiento liberal de filósofos como John Locke, se garantiza la libertad de los individuos y la democracia en las formas de gobierno. Según la tradición del Derecho romano hasta la creación de Estados de derecho, la mayoría de países del mundo se rigen por leyes de obligado cumplimiento para todos los individuos, que han sido escritas por gobiernos elegidos democráticamente y que son aplicadas según la separación de poderes. Al menos es así sobre el papel. Quiere esto decir que en el mundo occidental el individuo está sujeto a leyes establecidas democráticamente y en lo demás es libre de hacer lo que quiera. No obstante, ¿cuáles deberían de ser los principios rectores de ese comportamiento libre de los individuos de las sociedades modernas en la actualidad? Por desgracia, las palabras de Confucio quedan demasiado alejadas en el tiempo y los referentes morales religiosos, o inclusive filosóficos, han quedado obsoletos para sociedades que se han vuelto demasiado complejas y enrevesadas.

Lo que sí es cierto, aún más si cabe que en los tiempos de Aristóteles, es que lo moral sigue siendo sobre todo un asunto político. Pero definir cuál debe de ser el comportamiento político de los individuos es un problema de concepción del mundo antes que una cuestión de ideología. No sabremos cómo comportarnos hasta que no sepamos cómo es o qué pasa en el mundo en el que vivimos. Dejando de lado filosofías orientales que dudan de la esencia de la realidad o que dejan entrever posturas de no intervención o no participación, el ciudadano de hoy tiene la obligación moral, en primer lugar, de conocer el mundo. Nos encontramos aquí ya ante una gran dificultad, pues en el cambiante mundo moderno no solo no podemos acudir a la tradición, sino que en la actual sociedad de las telecomunicaciones la información se ha convertido en el campo de batalla de distintos intereses y puntos de vista. No podemos detenernos en la incertidumbre y hemos de tratar de obtener fuentes de autoridad y consensos acerca de lo que está sucediendo y cuáles son los principales problemas a los que nos enfrentamos. Tenemos además que considerar que, hoy día que todos somos partícipes de las redes sociales digitales, existe una responsabilidad añadida de buscar y transmitir información lo más fiable y veraz posible.

Si en épocas del Paleolítico el principal problema era sobrevivir frente a los requerimientos del medio natural, hoy día el planteamiento sigue siendo esencialmente el mismo: sobrevivir, pero no ya ante una naturaleza llena de peligros, sino ante el peligro que hemos constituido nosotros, los seres humanos, en nuestro desarrollo y proceso de dominación de la naturaleza. Paradójicamente, el aumento de la conciencia individual de los sujetos y la emancipación de las estructuras sociales más cercanas, la tribu, el clan, la familia, la polis, el Estado, nos ha ido convirtiendo en más dependientes de una colectividad difusa representada en última instancia por el mercado global de productos y servicios de la economía capitalista. También, paradójicamente, nuestra desidentificación con esas estructuras sociales o políticas más cercanas ha ido dando lugar a una nueva pertenencia global, representada en ese mercado económico planetario que nos aproxima a una identidad de especie, más allá de filiaciones raciales, nacionales, religiosas o ideológicas.

Hasta hace unas décadas el problema ecológico no ha existido. No significa que desde sus orígenes la acción del hombre no haya tenido consecuencias en la naturaleza. Estudios paleontológicos han comprobado que allí donde llegaba el Homo Sapiens, ya en su época de cazador-recolector, a continuación se producía una desaparición de la megafauna. Sin embargo, las reflexiones acerca de la interacción del hombre con el medio en el pasado se han centrado sobre todo en aspectos nostálgicos, una añoranza en pensadores como Henry Thoreau de una naturaleza pura, que se pudiera experimentar sin la mediación de la sociedad humana corrupta. Como bien han señalado algunos antropólogos, esta concepción de una naturaleza prístina es un ideal ingenuo, pues todos los lugares accesibles para el Homo Sapiens fueron severamente transformados por la acción de este.

Algunos sitúan el punto de inflexión en la toma de conciencia del hombre sobre su influencia en los ecosistemas con la publicación, en 1972, del informe encargado al MIT por el Club de Roma sobre los límites del crecimiento. Podemos decir que en las últimas décadas el asunto medioambiental se ha ido volviendo más relevante, y de entre los distintos temas ecológicos el calentamiento global se ha convertido en el principal problema que los seres humanos hoy día nos encontramos como colectividad. De manera reciente, tras la última cumbre intergubernamental sobre el clima, hemos vuelto a comprobar que las administraciones públicas no están tomando medidas suficientes para solucionar este, según las voces científicas, gravísimo problema. La cuestión es: ¿qué podemos hacer nosotros individualmente como ciudadanos del siglo XXI, al margen de la acción de los gobiernos o las organizaciones políticas, para tratar de enfrentarnos al problema ecológico y otros problemas de nuestro tiempo?

Hay quien, y no precisamente desde posturas de no intervención taoístas, dice que es inútil, que la causa está perdida, que ya hace tiempo que pasó el momento de frenar el cambio climático y el deterioro medioambiental, y que además, dada la dinámica de nuestro sistema lo que no contamines tú, lo contaminará otro. Solo queda encomendarse a la fatalidad o cifrar las esperanzas en nuevas tecnologías, que esta vez sí, vengan a solucionar nuestro problema sin crear uno mayor. Según este punto de vista estrechamente racionalista y un tanto cínico, lo único que queda es seguir como si nada, disfrutar de nuestra existencia y que los que vengan detrás se ocupen de lo que sea. Hay, sin embargo, una manera de ver las cosas que no comparte esta desresponsabilización individual apoyándose en la imposibilidad o en la única acción desde el grupo. Después de todo, el grupo es también la suma de sus individuos. ¿Acaso no estamos en la era del empoderamiento, la libertad y las decisiones individuales? ¿De verdad no pueden los individuos solucionar los problemas de la especie? Al menos tendremos la tranquilidad moral de haber hecho lo posible y, quizá, haber dejado testimonio de nuestras acciones.

Hace ya tiempo que los términos obrero o proletario han caído en desuso. Aunque sigamos siendo trabajadores lo que nos identifica ahora es ser ciudadanos. A fin de cuentas nuestras vidas occidentales, por muy precarias que sean, están llenas de comodidades que en otro tiempo hubieran sido aristocráticas. Desencantados de la política o escépticos ante el comportamiento cívico, ahora inclusive antes que ciudadanos lo que somos es consumidores. Nos sentimos inclinados a aceptar esta nueva condición cuando se habla de nuestros derechos y nos agrada si nos depara los disfrutes que nos promete el sistema. Esta situación no es ajena a la publicidad, que cuando lo cree conveniente apela a nuestro poder como consumidores, eso sí, para reclamar un producto o servicio concreto. Sin embargo, apenas hemos tomado conciencia de nuestro poder como tales, ni querido enfrentarnos a la responsabilidad que implica. Para algunos se encuentra aquí la próxima revolución, la que hagan los ciudadanos merced a su acción como consumidores. De manera razonable cabe pensar que, efectivamente, no habrá producto o empresa que tenga futuro si no cuenta con el beneplácito de los compradores y que en última instancia, mediante las prácticas de consumo y nuevas organizaciones, sea posible reestructurar la cadena productiva. Tal vez no seamos capaces de llegar tan lejos, pero si queremos tener una actitud moral como ciudadanos del siglo XXI, al menos tenemos que tomar conciencia de la trascendencia de todas nuestras acciones de consumo, especialmente en lo relativo a nuestro impacto medioambiental.

¿Cuál ha de ser, por tanto, nuestro comportamiento como consumidores y, sobre todo, cuáles son las herramientas que nos pueden ayudar en esta labor? Aunque se trata de una iniciativa que ya tiene más de medio siglo y que contó con el apoyo de las Naciones Unidas, el denominado comercio justo sigue siendo una iniciativa testimonial. El volumen de negocio y la cantidad de productos que podemos encontrar que lleven este distintivo es a día de hoy insignificante. No obstante, el planteamiento nos puede ser de utilidad a la hora de tomar nuestras decisiones como consumidores y debería ser un punto de vista que reclamásemos a las organizaciones políticas, sobre todo a la hora de fijar impuestos y las posibles exenciones fiscales. Para que un producto obtenga el certificado de comercio justo tiene que haber sido elaborado en condiciones que no sean de explotación, comercializado pagando un precio equitativo a sus productores, y en todo el proceso tenido en cuenta los criterios de sostenibilidad que limiten su impacto ecológico. Si consideramos estas pautas, nos percataremos de lo lejos que están nuestros productos de ser justos y de lo poco que sabemos sobre los mismos.

Ilustración de Betto

Otro indicador que puede servirnos a la hora de tomar decisiones es la llamada responsabilidad social corporativa. En este caso se trata de un concepto no tan claro como el de comercio justo, que hace referencia a las empresas en lugar de a los productos. La responsabilidad social corporativa marca unas pautas que ayuden al empresario a valorar la incidencia social de su empresa. Tanto el aspecto ecológico como las condiciones laborales son tenidas en cuenta, pero también otros factores como la democracia interna o el grado de reinversión de los beneficios. En este punto debemos estar alerta para saber que no es oro todo lo que reluce, que son pocos los empresarios que se preocupan de verdad por la responsabilidad social de sus empresas y que con frecuencia las grandes compañías realizan campañas de marketing para mejorar su imagen. Especialmente en el tema ecológico, nos encontramos con el denominado greenwashing, que consiste en predicar lo contrario de lo que se hace. Un buen ejemplo de greenwashing lo hemos tenido en la última cumbre del clima, en parte financiada y que han aprovechado las empresas más contaminantes para publicitar sus buenas prácticas medioambientales. En este punto es preciso mencionar a las grandes empresas tecnológicas, que como Netflix o Google, no pagan impuestos mediante ingeniería financiera y paraísos fiscales, u otras como Amazon que además de condiciones laborales indignas utilizan su situación de privilegio para abusar de productores y suministradores, con la consecuencia de la desaparición del tejido comercial tradicional.

Especialmente como indicador que pueda guiarnos y motivarnos en nuestro comportamiento en relación al impacto medioambiental, está la denominada huella de carbono. Este índice sirve para contabilizar el CO2 que tras nuestras acciones se ha emitido a la atmósfera, contribuyendo por nuestra parte al calentamiento global. Aunque hay aspectos que no contabiliza y otros que son complicados de cuantificar o inclusive discutibles, existen elementos claros y algunas pautas sencillas. Hay actividades altamente contaminantes como el transporte, especialmente el aéreo y también por carretera, sobre todo con pocos ocupantes. En esencia todo producto genera emisiones y, por tanto, la norma es consumir menos. En este apartado merece destacarse el deporte-espectáculo, que con desplazamientos aéreos semanales es un ejemplo de modelo irracional que, sin embargo, nadie cuestiona.

Llama la atención que estos distintivos como el del comercio justo o pautas e indicadores como la responsabilidad social empresarial y la huella de carbono estén teniendo tan poca relevancia. Cabe preguntarse por qué los economistas con su afán matematizador y empírico siguen anclados en el crecimiento económico y no desarrollan nuevos índices que midan el impacto medioambiental o las consecuencias sociales de la actividad mercantil. Podemos encontrar muchos discursos sobre lo mal que van las cosas o la ineficaz acción de los gobiernos, pero pocas propuestas concretas sobre reformas fiscales para gravar las actividades contaminantes, la necesidad de una administración planetaria que regule el mercado financiero e imponga normativas medioambientales, y la necesidad del control de población, porque el impacto ecológico no solo tiene que ver con nuestro nivel de vida sino con cuantos estamos disfrutándolo. Finalmente, se echa en falta una conciencia en el ciudadano del siglo XXI, que contrapreste las libertades individuales que trajo el liberalismo con la responsabilidad como consumidor en la moderna sociedad globalizada capitalista.

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